- JAVIER AYUSO
- Editorial Expansión. Castilla y León reclama un gobierno estable
- Elecciones en unos tiempos turbulentos
- Los votantes han perdido el miedo al lobo
Como siempre tras una cita electoral, los partidos políticos dedicaron ayer la jornada a reflexionar sobre los resultados y buscar los puntos fuertes obtenidos para intentar sacar rédito ante las nuevas convocatorias. PP y PSOE encontraron razones para vender su triunfo, mientras que Santiago Abascal seguía encerrado en su laberinto y las fuerzas de la izquierda radical (o alternativa, como prefieren definirse ellos mismos) se lamían unas heridas anticipadas en las encuestas por su torpe empeño de acudir separadas a las urnas.
En Génova, ya desde la madrugada del lunes querían mostrar una cierta euforia tras la tercera victoria consecutiva en apenas tres meses. Tras ganar en Extremadura y Aragón, los populares han vuelto a triunfar en Castilla y León, con el trofeo añadido de haber frenado la escalada de Vox. Pero las sonrisas y los aplausos no pueden evitar la dura realidad de que vuelven a depender del partido ultra para poder gobernar y que siguen pendientes los pactos en las otras dos comunidades autónomas.
Alberto Núñez Feijóo lanzó ayer un nuevo aviso a Abascal, exigiéndole que deje de bloquear las investiduras y diga de parte de quién está, si de Pedro Sánchez o del PP. El líder de Vox respondió diciendo que están dispuestos a gobernar con los populares, aunque insistió en que éstos deben aceptar unas exigencias demasiado radicales para un partido democrático. Saben que el bloqueo les ha empezado a pasar factura después de dos años de éxitos tras el portazo tacticista de 2024, cuando abandonaron todos los gobiernos regionales. El partido verde tiene que decidir ahora si quiere volver a las instituciones o seguir avanzando hacia una fuerza antisistema.
La realidad muestra cada día más la deriva hacia la derecha del electorado en toda España. Tras obtener el 45,8% de los votos en las generales de 2023, PP y Vox siguen sumando mayorías en la gran mayoría de las comunidades autónomas. Tan solo son minoría en el País Vasco (11,3%), Cataluña (19,7%) y Navarra (39,8%). En el resto representan juntos la fuerza más votada. El 54,4% en Castilla y León; el 59,9% en Andalucía; el 47,5% en Castilla-La Mancha; el 62,1% en Murcia; el 47,3% en Asturias; el 53,4% en Aragón; el 51,1% en Baleares; el 49,6% en Galicia; el 49,5% en Canarias; el 53,9% en La Rioja; el 48,8% en la Comunidad Valenciana; el 60,3% en Extremadura; el 49,2% en Cantabria, y el 56,2% en Madrid. La racionalidad política diría que el centroderecha y la derecha radical deberían entenderse para convertir esas mayorías en gobiernos estables, dejando a un lado los enfrentamientos y las exigencias inaceptables. En Génova saben que Vox es un partido tóxico y que pactar con ellos les puede pasar factura, como sucedió en las generales de 2023. Pero siguiendo el lema de Sánchez de hacer de la necesidad virtud, no les queda más remedio que asociarse con ellos para consolidar su poder autonómico. O es que acaso las coaliciones con Abascal son peores que las del PSOE con EH Bildu o los independentistas catalanes condenados por sedición e indultados o amnistiados por el Gobierno a cambio de su apoyo parlamentario.
La polarización y la fragmentación de la política en España obliga a los partidos mayoritarios que se han turnado en el poder durante todo el proceso democrático a buscar peligrosos compañeros de viaje. Lo que hay que exigir tanto al PP como al PSOE es que sus acuerdos con esas fuerzas enemigas del orden constitucional incluyan unos límites razonables y que nunca traspasen las líneas rojas de la democracia, como vienen sucediendo en los últimos años. El bipartidismo ha resucitado en las elecciones de Castilla y León y ha conseguido fijar un techo a Vox y matar definitivamente a la izquierda alternativa. Por supuesto que unos resultados autonómicos no se pueden interpretar en clave nacional al cien por cien, pero sí ayudan a entender que la desafección ante la deriva política general y el voto del resentimiento tienen un límite, porque provocan el hartazgo de los ciudadanos ante los planteamientos radicales, a derecha e izquierda, que impiden cualquier tipo de progreso.
En Ferraz, o en La Moncloa, que es donde se toman todas las decisiones del PSOE, deberían reflexionar en profundidad sobre lo ocurrido en los últimos tres meses. En Castilla y León, un candidato ye-ye, alcalde de Soria y sin ascendencia sanchista, como Carlos Martínez, ha conseguido revertir el desastre de un imputado en Extremadura o una exportavoz del Gobierno en Aragón. Pero la autocrítica no parece ser el fuerte de los socialistas, que ayer se mostraban felices con su segundo puesto y con no haber sufrido un nuevo batacazo electoral.
Desde el poder sanchista insisten en que no hay por qué modificar el modelo de elegir los candidatos desde la presidencia del Gobierno y mantienen a la vicepresidenta primera, María Jesús Montero, como cabeza de lista en Andalucía. Un personaje condenado al fracaso frente a Juan Manuel Moreno, no solo por la ola derechista en la región, sino por su gestión como ministra de Hacienda al servicio de los intereses del independentismo catalán. Tampoco parece que vayan a cambiar al resto de los ministros designados para los comicios en Madrid, la Comunidad Valenciana o Canarias, cuando se convoquen.
Si Abascal está encerrado en su laberinto, Sánchez sigue pedaleando a piñón fijo buscando cambios de ritmo que le ayuden a completar una legislatura absolutamente bloqueada por su debilidad parlamentaria. No puede ni presentar unos Presupuestos, por tercer año consecutivo, ni someterse a un debate sobre el Estado de la Nación, ni sacar adelante ni leyes ni decretos ley para gobernar. Por eso busca enemigos externos para movilizar a sus votantes con la reedición del "No a la guerra" e insiste machaconamente en erigirse como el líder mundial contra la ultraderecha.
En cuanto a las fuerzas a la izquierda del PSOE, Castilla y León ha supuesto la crónica de una muerte anunciada. Mientras sigan presentando listas separadas no tienen posibilidad alguna de obtener escaños en las elecciones que se sigan convocando. Me imagino que en Podemos, Izquierda Unida y las izquierdas nacionalistas ya se habrán dado cuenta de que su única salida es volver a unir sus fuerzas.
Warren respiraOtra vez el día despuésEl día de la marmota: ganan PP y PSOE y Vox puede bloquear Comentar ÚLTIMA HORA-
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