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Julio Borges, expresidente de la Asamblea de Venezuela: "Con el chavismo la democracia se suicidó; España, toma nota"

Julio Borges, expresidente de la Asamblea de Venezuela: "Con el chavismo la democracia se suicidó; España, toma nota"
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EL ESPAÑOL conversa con el opositor que desafió a Nicolás Maduro sobre la crisis de la democracia y el avance de lo sistemas totalitarios en un momento en el que su país se encuentra en un limbo político. Más información: Delcy Rodríguez amenaza a María Corina Machado: "Si regresa al país, tendrá que responder ante Venezuela".

Julio Borges, expresidente de la Asamblea Nacional de Venezuela en las oficinas de EL ESPAÑOL. Foto: Sara Fernandez. EE.

América Julio Borges, expresidente de la Asamblea de Venezuela: "Con el chavismo la democracia se suicidó; España, toma nota"

EL ESPAÑOL conversa con el opositor que desafió a Nicolás Maduro sobre la crisis de la democracia y el avance de lo sistemas totalitarios en un momento en el que su país se encuentra en un limbo político.

Más información:Delcy Rodríguez amenaza a María Corina Machado: "Si regresa al país, tendrá que responder ante Venezuela".

Publicada 28 febrero 2026 02:32h

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Julio Borges Junyent(Caracas, 1969) posa con infinita paciencia durante la sesión de fotos previa a la entrevista. En una tarde soleada de febrero que anticipa la primavera madrileña, sigue las indicaciones de los profesionales sin perder la sonrisa.

A este hombre tranquilo que presidió en 2017 la Asamblea Nacional de Venezuela (AN), el órgano que ejerce el poder legislativo, cuesta imaginarlo enfrentándose al coronel Bladimir Lugo de la Guardia Nacional Bolivariana aquel 28 de junio de 2017, cuando las tropas del dictador Nicolás Maduro interrumpieron la sesión parlamentaria. El día en que el militar 'invitó' a Borges a marcharse de la cámara. "Usted puede ser presidente de lo que sea", le dijo mientras lo empujaba. "Yo manejo el conflicto como me da la gana", añadió.

Aquel acto se consideró un 'golpe de Estado' perpetrado por el dictador contra el parlamento legalmente constituido tras las elecciones de 2015. La cámara estaba dominada por la Mesa de la Unidad Democrática, una asociación de partidos de la oposición, pero el Tribunal Superior de Justicia intervino en sus decisiones.

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Fue un acto de agresión contra una democracia ya degradada, una democracia herida de muerte que se reencarnó, como otras veces, en totalitarismo. De eso sabe mucho este abogado, doctor en filosofía y teólogo, Julio Borges, coordinador del libro La crisis espiritual de la democracia, que acaba de publicarse en España.

Borges es hijo de españoles que llegaron a Venezuela como consecuencia de la Guerra Civil: "Mi propia familia, mis abuelos, mi madre, vienen de aquí, de España y hoy nos toca a nosotros regresar. Es parte de los ciclos de la vida", relata.

Con 24 años fundó la asociación Primero Justicia que años después se convirtió en uno de los partidos opositores a la dictadura chavista. Bajo su marca se reunieron figuras clave de la política venezolana como Henrique Capriles, Juan Pablo Guanipa o el propio Julio Borges. Perseguido por el régimen chavista, abandonó el país en 2018. Desde entonces reside en Valencia, donde ejerce como profesor en la Universidad Católica San Vicente Mártir.

En su visita a Madrid concede una entrevista a EL ESPAÑOL para hablar de su reciente obra, aunque será inevitable relacionar el tema de la crisis de la democracia con los acontecimientos recientes en su país y, por qué no, con la situación en España.

Un análisis amplio y profundo de la crisis de la democracia. Foto: Sara Fernandez. EE.

¿Cómo se gestó esta obra?

Este es un primer volumen. En pocas semanas saldrá el segundo. En ellos logramos reunir a 30 pensadores de más de una docena de países diferentes para analizar desde ángulos distintos y con miradas diversas una crisis cuya víctima es la democracia. Es un problema que se extiende por todo el mundo. Si miramos la historia reciente de Venezuela, en poco tiempo, hemos derivado desde la democracia al totalitarismo.

Pero el protagonismo del libro no lo tiene Venezuela, porque la crisis afecta a muchos países: Estados Unidos, España, Italia, Francia, Argentina… Todos convergen hacia un mismo punto: la democracia entendida como una cuestión de mayorías, minorías o votos. Cuando se vacía de contenido, se convierte en algo mecánico, fantasmal, a la ley del más fuerte. Así se abre la puerta al totalitarismo. Los poderes fácticos se ponen por encima del ciudadano. Hay un riesgo real de que la democracia auténtica desaparezca y queremos activar la alarma para advertir del peligro.

El libro menciona que no es una crisis política, sino de valores. Eso hace que el problema sea más complejo de resolver. ¿Cómo abordarlo?

Es una cuestión relevante para la discusión que se da ahora en Europa: la alarma se encendió cuando Estados Unidos dijo "ustedes ya no tienen el peso que tenían en Occidente. Tendrán que reinventarse". Antes de la caída del Muro de Berlín, la democracia era como la 'tierra prometida'. Nos movían valores como la libertad, la dignidad del hombre y los derechos humanos. Ahora, eso ya no es tan urgente en Occidente. La comodidad en la que vivimos hace que la democracia carezca del protagonismo de antes. Los que escribimos este libro pensamos que Europa debería retomar la tradición de un modelo con contenido.

La democracia actual es si se puede lograr un proyecto compartido que no sea un promedio de las derechas y las izquierdas (Julio Borges). Foto: Sara Fernandez. EE.

Los valores de la dignidad humana son previos a la política, al Estado o a los partidos. Tienen que ver con el orden que se diseñó después de la Segunda Guerra Mundial y que hoy naufraga. Europa tiene un dilema existencial dramático: o salva la democracia o será arrastrada por un mundo en el que ese modelo de gobierno ya no tiene importancia.

En el capítulo firmado por el profesor Sánchez Cámara se menciona la responsabilidad de las élites intelectuales ¿Qué debemos pedirles para frenar el deterioro?

En Venezuela, la situación del país llevó al suicidio de la democracia. Eso es algo que veo con alarma también en España. Las élites están divorciadas de la realidad de las mayorías. Se ocupan de su propio bienestar, de luchar sus propios conflictos. Es un problema de calidad del liderazgo. Debemos ser capaces de exigirnos más, de nutrirnos de la historia y proyectar un camino hacia el futuro. Hoy la élite está desinflada y, como consecuencia, también lo está la democracia. En Venezuela pasó eso: la élite se desconectó de la mayoría del país y se lo entregó a Hugo Chávez. Con mucho respeto, debo decir que también lo veo en España, donde las élites se alejan de la mayoría.

¿Puede ser que la democracia, como sistema de elección, se esté utilizando como un pretexto para alcanzar el poder?

Es una cuestión interesante porque, en el siglo XX las amenazas llegaban desde fuera: golpes de Estado, invasiones, enemigos… Hoy, surgen desde dentro: el relativismo, es decir, todo da igual, la ley del más fuerte, el totalitarismo de la mayoría, las tecnologías, el mercado. No tenemos sistemas gobernantes, sino gobernados. Antes, la democracia era un sueño que podíamos compartir juntos. Hoy se parece más a un campo de batalla. Somos 'amigos o enemigos'. Si no piensas como yo, te destruyo. No es un lugar de encuentro, sino de choque. El ciudadano corriente rechaza ese espectáculo porque de ahí no sale nada. No se puede construir nada.

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En el libro se dice que los gobernantes son un reflejo de la sociedad. ¿Significa que, en realidad, tenemos lo que nos merecemos?

Volvemos al asunto de la calidad de liderazgo y el compromiso de las élites. En la Venezuela en la que yo crecí, la sociedad vivía muy cómoda. El petróleo dejaba riqueza para todos y la política se entendía para los menos aptos. Aquí puede estar pasando lo mismo. Cometemos el error de pensar que el mundo se divide entre los políticos y los demás, que somos los puros, los limpios, los éticos. Eso es un gran engaño. Hay que dinamitar esa creencia: todos somos políticos; todos debemos tener dolor de lo público. Los gobernados somos los accionistas de la empresa que llamamos Estado. Tenemos que pedir a los directivos que rindan cuentas de lo que hacen. Pero si estamos apalancados en la comodidad, acabaremos dejando que el ‘negocio’ se quede en manos de los más pillos, los más vivos o los más ladrones.

En un contexto de ausencia de valores compartidos, ¿la polarización asegura al menos una base de incondicionales?

Me parece trágico que la gente pierda interés en los políticos que no se definen de un extremo o del otro: los ven como tipos aburridos, insípidos, incoloros… El gran interrogante de la democracia actual es si se puede lograr un proyecto compartido que no sea un promedio de las derechas y las izquierdas. No se trata de tener un centro geométrico, equidistante de los extremos, sino uno que defienda los valores de la democracia con vehemencia. Una posición que la sociedad entera reconozca y aprecie. Hoy por hoy, muy pocos lo logran. En España, por ejemplo, no se da. Todo es blanco o negro. Así es muy difícil construir nada. Este es el gran dilema de Europa. ¿Seguimos propagando los valores de la democracia y la dignidad humana o nos sumamos a este concierto de la ley del más fuerte? Así volveremos a la época de los grandes imperios.

"Antes la democracia era un sueño; ahora es un campo de batalla"

Hablemos de Venezuela: ¿Cuál es el análisis sobre lo que está ocurriendo en este momento?

Está ligado a lo que venimos hablando: en Venezuela llevamos 25 años de lucha descomunal. Se dice pronto, pero ha costado el éxodo de ocho millones de venezolanos. También cárcel, represión y muerte. Hoy tenemos un sentimiento de esperanza. Cuando el 3 de enero se llevaron preso a Maduro es como si le hubieran quitado un tapón al futuro. El país ahora puede respirar, pero hay ciertos temas a los que debemos prestar mucha atención. La historia venezolana es como una serie de televisión. La primera temporada terminó con la muerte de Chávez y la segunda con la captura de Maduro. Acaba de comenzar la tercera temporada. Pero no pensemos que al irse Maduro ya podemos ser felices. Hay que seguir luchando.

¿Contra qué?

Contra el cierto riesgo que existe de que se recicle un 'madurismo' sin Maduro. Lo inmediato será una mejora económica y cabe la posibilidad de que el pueblo piense que con Delcy Rodríguez la cosa no está tan mal. Puede que le den un voto de confianza y que se oculten los culpables de una represión trágica durante los últimos 25 años. La segunda cuestión es que el cambio se quede 'sólo' en una transición económica. Eso será muy bueno, pero nos quedaríamos a mitad de camino. El destino final debe ser una renovación de las instituciones y, por supuesto, de unas elecciones libres que ayuden a renovar todas las instituciones. Hasta que eso no se produzca, no podrá fin de la temporada.

El secretario de Estado de Estados Unidos Marco Rubio declaró recientemente que es necesario ese proceso. ¿Está Washington por la labor de propiciar el cambio?

Trump ha encontrado un país devastado económica y socialmente. Es muy difícil describir el extremo al que ha llegado. Cosas básicas, como darle a un interruptor y que se encienda la luz o abrir un grifo y que salga agua potable, ya no se dan todos los días en Venezuela. Sabemos que Marco Rubio está comprometido con que el cambio aterrice en un proceso democrático pleno. Pero, primero hay que reconstruir la economía del país.

¿Qué papel jugarán Delcy Rodríguez, su hermano Jorge y Diosdado Cabello?

40 días no son nada después de 25 años de totalitarismo chavista. Hay que ver las cosas con realismo: hoy por hoy, Trump controla totalmente lo que sucede en mi país. En las últimas semanas han pasado por Caracas el director de la CIA, el jefe del Mando Sur y el secretario de Energía. Tienen que remover un sistema totalmente corrompido. Delcy, Jorge y Diosdado tendrán que facilitar que la economía sea la primera protagonista de la transformación. A nosotros nos gustaría que el ritmo fuera distinto, pero hay que restituir el control territorial que está completamente fragmentado entre el crimen organizado, el narcotráfico o la guerrilla. Venezuela es como una colcha hecha con retales, donde la ausencia del Estado ha sido total. El segundo problema es la corrupción. Eso es lo que ha llevado a este país a perder un 80% de su capacidad económica. Hay que ponerle una máscara de oxígeno a la economía, tomar el control territorial y luego vendrán las instituciones.

¿Cómo considera la Ley de Amnistía? ¿Cree que es un primer paso hacia la recuperación?

La amnistía se ha vendido como un acto de conciliación. En casos como el mío, dependemos de una oficina para los exiliados. La resolución será arbitraria y política, por lo que los que estamos fuera confiamos poco en su limpieza.

¿Qué papel ha jugado el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero en la liberación de presos políticos?

Zapatero se jacta de su intervención para liberar a los presos, pero eso no es verdad. De hecho, los presos no se han liberado plenamente. Sus condenas siguen firmes. Algunos están en sus casas con grilletes o dispositivos de localización en el tobillo. Yo viví la experiencia de la mediación de Zapatero en mis propias carnes. Cuando negociamos en República Dominicana con el chavismo, él no adoptó el papel de mediador, sino de abogado de Maduro. De aquellas reuniones salimos con menos derechos que antes de empezar.

"Zapatero nunca fue un mediador, sino un abogado de Maduro"

Zapatero ha utilizado Venezuela para refrescar su imagen de líder humanitario que lucha a favor de los derechos humanos. Pero hay cuestiones muy objetivas: en las elecciones de julio del 24, él era observador electoral y no dijo una palabra del fraude. El Parlamento Europeo, Estados Unidos y muchos países han reconocido el fraude, pero Zapatero, no ha dicho una palabra del asunto. Es vergonzoso que un exjefe de un Estado como España, que debe tener resortes políticos para actuar, no haya hecho nada.

Algunos sectores de la oposición al chavismo se mostraron preocupados por si la norma aprobada pudiera ser un pretexto para proteger jurídicamente a los opresores. ¿Es posible abordar un proceso de reconciliación sin que el perdón alcance a todas las partes?

Esa es una cuestión muy interesante y que nos toca el corazón. En una encuesta reciente se preguntó a los venezolanos sobre la reconciliación y el perdón. Cerca del 70% afirmó que quiere justicia, pero sin impunidad. El país siente que tantas violaciones a los derechos humanos, tanta corrupción, no pueden quedar sin castigo, y yo comparto esa posición. Es obvio que hay que avanzar sin quedarnos mirando al retrovisor, pero no puede ser ‘borrón y cuenta nueva’. Ha habido corrupción de cientos de millones de euros, violaciones de los derechos humanos, persecuciones, delitos de lesa humanidad… ¿Reconciliación? Por supuesto, pero también justicia.

¿Cree que podrá volver pronto a su país?

Ese fue el único momento en el que Julio Borges Junyent perdió la sonrisa, pero la recuperó enseguida, cuando habló de regresar a su país algún día: De momento no estoy amparado por la ley de amnistía, como muchos que estamos fuera. Somos ocho millones. España nos ha acogido con cariño, pero el sueño de volver sigue vivo.

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