Basta con dar un paseo por Málaga para cruzarse con decenas de cartelitos azules con dos letras, "AT". Es decir, "apartamentos turísticos". Es así desde hace mucho, pero en los últimos años la presión turística se ha hecho cada vez más intensa.
Quizás por eso, en casi cada cartel de AT, se pueden ver pegatinas que dicen "AnTes esta era mi casa", "Alcalde Tusmuerto", "A Tu puta casa", "ApesTando a turista". Y es interesante mirarlas porque son una radiografía muy precisa de cómo el mismo problema se canaliza de formas completamente diferentes.
Esa distinción lleva escrita 230 años y el matiz lo marca todo.
Cuando Kant echó a todos los turistas de Königsberg. Cualquiera que conozca algo de Kant sabrá que no era precisamente un revolucionario. El filósofo alemán apenas salió de su ciudad a orillas del Báltico y, de hecho, era famoso por seguir una rutina tan exacta que los vecinos podían ajustar la hora del reloj con sus paseos.
Por supuesto, no tenía sangre en las venas como para echar a nadie de Königsberg. Sin embargo, en 'Sobre la paz perpetua' (1795) desarrolló una idea que traída a nuestros días nos puede ayudar a entender los límites del turismo: el de la hospitalidad.
En Xataka
François de La Rochefoucauld, filósofo: "Nunca somos tan felices ni tan desdichados como nosotros creemos"
¿Hospitalidad? Sí y, creedme, es un concepto resbaladizo. Históricamente ese mismo concepto sirvió a los teóricos de la Escuela de Salamanca para justificar la conquista de América y a Kant para echar a gente de su ciudad. El diablo, como siempre, está en los detalles.
Al fin y al cabo, cualquier concepto de hospitalidad filosóficamente desarrollado se centra en los límites: se centra en reconocer que el extranjero tiene derecho a no ser tratado con hostilidad mientras venga en paz. Es decir, tiene derecho a visita, a hacer turismo por nuestras ciudades.
Pero (y aquí está el corazón de la alcachofa) a lo que no tiene derecho es a reorganizar el sitio a su gusto. Kant usa la idea de 'conducta inhospitalaria' para condenar a las potencias occidentales: 'visitar' o 'comerciar' significaba para ellas tratar las tierras como si no tuvieran dueño y a sus habitantes como "nada". La 'hospitalidad' no puede convertirse en una forma de rehacer el lugar al que llegas en tu provecho.
¿Y por qué nos interesa esto? Porque España España batió su récord en 2024: 93,8 millones de turistas internacionales, un 10,1% más que el año anterior. Solo en julio de 2025 llegaron 11 millones de personas. Esa presión está cambiando a las ciudades para que sirvan al turismo.
Pero ¿eso está mal...? Para entender los matices contemporáneos conviene traer a colación a la filósofa Lea Ypi y a su actualización del concepto kantiano de colonialismo. En sus trabajos sobre este tema, Ypi señala que el problema no es el origen del que llega, ni que los nativos tengan una suerte de 'propiedad' sobre el territorio: el problema son las dinámicas que niegan a los locales una relación de iguales con los visitantes.
Es decir, la turistificación no es mala porque llene las ciudades de turistas extranjeros, sino porque es un fenómeno que amparándose en la indefinición reorganiza la ciudad para beneficio del de fuera y, de camino, expulsa a quien vive en ella.
El problema moral así no es el inmigrante o 'expat' que llega a una comunidad y se integra en ella para fortalecerla; el problema es el que llega a erosionarla y a ponerla a su servicio (aunque no sea con ejércitos y cañones, aunque sea con una asimetría en las relaciones económicas). Como recuerda la teórica Margaret Moore, "residentes" se define por tener la vida ligada a un lugar, no por haber nacido en él (o tener propiedades en él).
El fiduciario infiel. Porque sí, en muchos casos esa turistificación solo es posible gracias a la colaboración necesaria de muchos 'nativos' que se enriquecen con ello. Sin embargo, ese argumento suele olvidar que, aunque esas personas tienen derechos concretos de propiedad que tienen derecho a explotar, también tienen una responsabilidad fiduciaria sobre el bien común.
Los propietarios que meten grupos de turistas de forma indiscriminada en comunidades de vecinos hasta hacerlas inhabitables no están ejerciendo su derecho, están obviando sus responsabilidades para con la comunidad de propietarios y la ciudad en la que realizan esa actividad.
Es decir, no es el quién, es el qué.
La distinción es frágil, es cierto. Pero es útil para entender "lo que está mal" de la turistificación. Y para algo escrito hace más de 200 años por un tipo muy problemático de Königsberg (que, hasta donde sabemos, nunca pisó una playa) no está nada mal.
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En Xataka | Qué quería decir Immanuel Kant cuando defendía que la paciencia no es "una fuerza de resistencia, sino que espera hacer satisfactorio el sufrimiento"
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La noticia
Kant contra el turismo masivo: "Consideraban aquellas tierras como si no tuvieran dueño, pues a sus habitantes los contaban como nada"
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Javier Jiménez
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Kant contra el turismo masivo: "Consideraban aquellas tierras como si no tuvieran dueño, pues a sus habitantes los contaban como nada"
Sus argumentos fueron escritos mucho antes del turismo de masas, pero le van como anillo al dedo
Basta con dar un paseo por Málaga para cruzarse con decenas de cartelitos azules con dos letras, "AT". Es decir, "apartamentos turísticos". Es así desde hace mucho, pero en los últimos años la presión turística se ha hecho cada vez más intensa.
Quizás por eso, en casi cada cartel de AT, se pueden ver pegatinas que dicen "AnTes esta era mi casa", "Alcalde Tusmuerto", "A Tu puta casa", "ApesTando a turista". Y es interesante mirarlas porque son una radiografía muy precisa de cómo el mismo problema se canaliza de formas completamente diferentes.
Esa distinción lleva escrita 230 años y el matiz lo marca todo.
Cuando Kant echó a todos los turistas de Königsberg. Cualquiera que conozca algo de Kant sabrá que no era precisamente un revolucionario. El filósofo alemán apenas salió de su ciudad a orillas del Báltico y, de hecho, era famoso por seguir una rutina tan exacta que los vecinos podían ajustar la hora del reloj con sus paseos.
Por supuesto, no tenía sangre en las venas como para echar a nadie de Königsberg. Sin embargo, en 'Sobre la paz perpetua' (1795) desarrolló una idea que traída a nuestros días nos puede ayudar a entender los límites del turismo: el de la hospitalidad.
¿Hospitalidad? Sí y, creedme, es un concepto resbaladizo. Históricamente ese mismo concepto sirvió a los teóricos de la Escuela de Salamanca para justificar la conquista de América y a Kant para echar a gente de su ciudad. El diablo, como siempre, está en los detalles.
Al fin y al cabo, cualquier concepto de hospitalidad filosóficamente desarrollado se centra en los límites: se centra en reconocer que el extranjero tiene derecho a no ser tratado con hostilidad mientras venga en paz. Es decir, tiene derecho a visita, a hacer turismo por nuestras ciudades.
Pero (y aquí está el corazón de la alcachofa) a lo que no tiene derecho es a reorganizar el sitio a su gusto. Kant usa la idea de 'conducta inhospitalaria' para condenar a las potencias occidentales: 'visitar' o 'comerciar' significaba para ellas tratar las tierras como si no tuvieran dueño y a sus habitantes como "nada". La 'hospitalidad' no puede convertirse en una forma de rehacer el lugar al que llegas en tu provecho.
¿Y por qué nos interesa esto? Porque España España batió su récord en 2024: 93,8 millones de turistas internacionales, un 10,1% más que el año anterior. Solo en julio de 2025 llegaron 11 millones de personas. Esa presión está cambiando a las ciudades para que sirvan al turismo.
Pero ¿eso está mal...? Para entender los matices contemporáneos conviene traer a colación a la filósofa Lea Ypi y a su actualización del concepto kantiano de colonialismo. En sus trabajos sobre este tema, Ypi señala que el problema no es el origen del que llega, ni que los nativos tengan una suerte de 'propiedad' sobre el territorio: el problema son las dinámicas que niegan a los locales una relación de iguales con los visitantes.
Es decir, la turistificación no es mala porque llene las ciudades de turistas extranjeros, sino porque es un fenómeno que amparándose en la indefinición reorganiza la ciudad para beneficio del de fuera y, de camino, expulsa a quien vive en ella.
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El problema moral así no es el inmigrante o 'expat' que llega a una comunidad y se integra en ella para fortalecerla; el problema es el que llega a erosionarla y a ponerla a su servicio (aunque no sea con ejércitos y cañones, aunque sea con una asimetría en las relaciones económicas). Como recuerda la teórica Margaret Moore, "residentes" se define por tener la vida ligada a un lugar, no por haber nacido en él (o tener propiedades en él).
El fiduciario infiel. Porque sí, en muchos casos esa turistificación solo es posible gracias a la colaboración necesaria de muchos 'nativos' que se enriquecen con ello. Sin embargo, ese argumento suele olvidar que, aunque esas personas tienen derechos concretos de propiedad que tienen derecho a explotar, también tienen una responsabilidad fiduciaria sobre el bien común.
Los propietarios que meten grupos de turistas de forma indiscriminada en comunidades de vecinos hasta hacerlas inhabitables no están ejerciendo su derecho, están obviando sus responsabilidades para con la comunidad de propietarios y la ciudad en la que realizan esa actividad.
Es decir, no es el quién, es el qué.
La distinción es frágil, es cierto. Pero es útil para entender "lo que está mal" de la turistificación. Y para algo escrito hace más de 200 años por un tipo muy problemático de Königsberg (que, hasta donde sabemos, nunca pisó una playa) no está nada mal.