''Me cortaría lo que tú ya sabes antes de votar a Sánchez" | Kiko Matamoros en 'Una hora con Lorena'
Opinión Una hora con Lorena Kiko Matamoros: “La lista de morosos de Hacienda es una práctica nazi. Me cortaría lo que tú ya sabes antes de votar a Pedro Sánchez”“¿Quién juzga que Sabina se aburguesa? ¿Un perroflauta? Pues tendrá su frustración. Yo soy muy amigo de Calamaro y a él le toca ya todo esto los cojones. Nadie nos va a decir cómo tiene que ser nuestro estilo de vida”.
"Cuando tienes una pareja más joven quieres estar a la altura. Afortunadamente, la química hoy da para mucho. Y con 69 años follas más con la cabeza".
"Yo he estado en un cuarto de baño con el Cigala hablando con Dios".
Lorena G. Maldonado Publicada 8 julio 2026 18:15hCuaderno de bitácora (una conversación también es un viaje)
30/6/2026
La mano de Kiko Matamoros. Cristina Villarino.
Kiko Matamoros es un poema de dos metros. ¿O de doscientos?
Hoy llegó a mi mesa roja y fue como ver acercarse a un rascacielos: fue como ser visitada por una gran estructura, por un ejercicio humano de arquitectura brutalista. Su presencia es larga y ancha. Es imposible abstraerse de ella. Una chica despierta distingue a un chulo, a un gran chulo, entre millones de hombres apocados.
Le recuerdo imperturbable entrando a los juzgados de Plaza de Castilla con el traje de raya diplomática, con las gafas de sol de Tom Ford y con el Rolex submariner de esfera azul, fumándose el último cigarro (siempre es el último, el último antes de la reinserción, de la cicatrización total, del cese de la búsqueda delirante de algo o de nada) entre el viento huracanado y los paparazzis, como un soldado de sí mismo o un coche blindado. En él y por él corre la sangre y la tinta. Me lleva a aquella frase gloriosa de José Luis Alvite: “Eres un personaje, nene, y los personajes no merecen un reproche, sino una crítica literaria”. Jajá.
Uno siempre es un libro. Y a menudo, uno es el libro que no se atreve a escribir. Kiko no lo hace, o no lo ha hecho aún, alegremente, porque respeta la literatura. Y porque se avergüenza de las publicaciones de sus compañeros mediáticos. Tan baratas.
Kiko Matamoros: todo es una cuestión de códigos, al cabo. Todo es una pugna contra la ordinariez, la gran enfermedad contemporánea.
Él tiene ferocidad, misterio y un destello insobornable de ternura (¡yo se lo encuentro al fondo del ojo, en la esquina final del gesto...!): acaso lo esencial en un hombre que se promete narrativo. Aguanten los muchachos que vivieron y leyeron deprisa: tatuajes talegueros y la esquina de una página doblada.
Kiko Matamoros y yo hablando de lo divino y de lo humano (sobre todo de lo humano). Cristina Villarino.
Kiko maneja hechuras de dandi porque abraza la belleza (el monstruo punzante de la belleza que nos tienta en el arte y en la vida), porque se sabe un ácrata ingenioso y porque se muestra indiferente ante las normas sociales que marca la comunidad.
Las desprecia, de hecho, mientras construye una mitología de sí mismo citando a Baroja (“he decidido ser un hombre independiente y los insultos de los criados no me hacen mucha mella”) o asumiendo que, ya que va a ser recordado como un villano, al menos aspira a ser un villano memorable.
Kiko Matamoros en la Biblioteca Nacional: "He tomado cocaína para leerme libros en una noche"Le imagino desayunando con cuervos, como en los cuentos donde los más divertidos son los malos.
Le imagino leyendo en bata de seda a deshora en esa casa suya donde nació y murió Manuel Becerra.
Le imagino mutando de Rafael de Paula a toro de lidia que muere matando: todos los señores de cabeza privilegiada son un poco verdugos y son un poco capaces, a la vez, de hacer elogio de su víctima.
Le imagino descojonado de las camisetas del Che (anticapitalistas pero distribuidas por obra y gracia del capitalismo) o de los triples saltos mortales de la lengua de las modernas, como el “transexualas” de Mónica García en el Orgullo. Se parte, se parte. Escucho su risa desde aquí. Su risa un poco amarga.
Aquí Kiko en nuestro set durante la entrevista. Cristina Villarino.
Le imagino en el ejercicio de la fuerza. Levantando hierros. Aguantando imbéciles. Apoyando el cráneo en la esquina del ring, como los boxeadores de su vida: enemigos, cúbranse, ese CPU va intacto. Fuerza para sostener el imperio del amor o para aplacar décadas de miedos subterráneos. Fuerza para olvidar las palizas. Fuerza para seguir devolviendo los golpes. La fuerza, siempre la fuerza. La fuerza derrochada también por la permanente posición de ataque.
Le pregunto a Kiko qué ha aprendido de los ricos, de los poderosos. “Nada”, responde, categórico. “Su obsesión siempre ha sido ser millonarios. Yo lo que he procurado ha sido divertirme”. ¿Y del lumpen?, le digo. “Del lumpen he aprendido a morder”.
Kiko Matamoros: a veces mira como un niño.
Kiko Matamoros: la televisión no es la vida.
Hablamos de Hacienda, de Pedro Sánchez, de Sabina, del aburguesamiento (“pero esto, ¿quién lo juzga? ¿Un perroflauta? Pues tendrá sus frustraciones”), de cuándo merece la pena decir “viva España”.
Hablamos de su hermano, hablamos de ser abuelo, hablamos de volver a ser padre a sus 69. Hablamos de su última lectura importante (Arrabal, Arrabal, Arrabal, arrabeaux, de Fernando Arrabal), y de la última película con la que le temblaron las guías: The Florida Proyect, de Sean Baker. Aún llora cada vez que ve El Sur de Erice. Quizás se siente reflejado en ese Omero Antonutti y en esa “fragilidad suya que no traslada al resto”.
Yo atendiendo a las reflexiones de Kiko. Cristina Villarino.
Hablamos de ser un macho ibérico, de ser el gran amigo de los maricas, de tontear con ellos… y de ser, ante todo, el caballero que defiende físicamente al abusado. “Ahí ya no mido. Ahí voy con todo”.
Hablamos sobre por qué a los hombres les gustan tanto las mujeres jóvenes. ¿Es como beber el elixir de la eterna juventud? ¿Se siente uno inmortal? “No, se siente uno inseguro”, lanza. Hablamos del sexo que se practica con la cabeza cuando el cuerpo amenaza con degradarse. Hablamos del deseo de detener el tiempo.
Kiko Matamoros con su doble: esta vez no es su hermano, sino él mismo. Cristina Villarino.
Hablamos de paraísos artificiales (por ejemplo, las drogas) y del infierno que finalmente no nos esperaba en el más allá sino aquí en la tierra, bastante a mano. Hablamos de Felipe González, de Ana Rosa Quintana, de Ayuso (la llama analfabeta y después lo retira), de Bad Bunny, de Jorge Javier Vázquez, de Terelu, de Piqué (“es un bobo”) o de Shakira (“ella es lista”).
Hablamos de la vida vibrante y doliente. Aunque uno adoró Torotumbo (la primera novela que robó de la biblioteca de su padre), y la Playboy de Raquel Wells, y a Antoñete, y a Paco Camino, y los habanos, y África, Kiko Matamoros no tiene que echar mano a la nostalgia como herramienta de placer porque está lleno de esperanza. Es un hombre enamorado. Lo dice así bajo los dos faroles del estudio, con aplomo: “Estamos condenados a morir enamorados”. Guau.
Él sabe que el punto débil de los bucaneros nace de ahí, de esa espita: ah, los afectos, las altas y bajas pasiones. “Marchando una de piratas… larga gloria y vida eterna. Para hincarles de rodillas hay que cortarlos las piernas”, como decía aquella coplilla que tanto le gusta. Claro que Kiko, como adelantó Serrat, también es un sentimental.
Bienvenidos a nuestra charla. Dejen fuera los remilgos. Hoy escucho a un tipo libre.
¿Están preparados? Aquí nuestra charla. Cristina Villarino.