La activista Erin Brockovich. Somodevilla Getty Images
Referentes La activista Erin Brockovich vuelve a la 'primera línea' y denuncia los graves perjuicios de los centros de datos de IATres décadas después del éxito de su demanda millonaria contra la compañía eléctrica PG&E, la ambientalista se moviliza contra estos nuevos graves daños.
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Lidia A. Costa Publicada 20 agosto 2026 07:30h"Por culpa de la película, todo el mundo cree que soy una activista ambiental. A menudo me llaman 'la ecologista con escote'. Me importa mucho el medio ambiente, pero mi verdadero trabajo y mi mayor reto es intentar desenmascarar los engaños que acaban poniendo en peligro la salud y la seguridad públicas".
Así se presenta Erin Brockovich (Lawrence, Kansas,1960) en su propia web. Antes de convertirse en un símbolo global de la resistencia comunitaria del siglo XX (y venideros), esta valiente luchadora era una mujer anónima que intentaba llegar a fin de mes. Como tantas otras.
Madre soltera de tres hijos pequeños —se había divorciado en dos ocasiones—, atravesada por las secuelas físicas de un grave accidente de tráfico que sufrió a principios de los años 90, su situación económica se volvió crítica al no poder trabajar durante el tiempo de recuperación.
Laura Reboul, activista: "Los ecosistemas son como una receta de cocina donde cada ingrediente es fundamental"Sorteaba los embates de la vida con la angustia constante de quien sabe que la nevera no se llena con discursos. Pero sus padres, una periodista y un ingeniero industrial, le enseñaron a no rendirse nunca y a creer en que podía conseguir todo lo que se propusiera si aprendía a canalizar su increíble energía.
De físico exuberante —fue Miss Pacific Coast a principios de los años 80—, otro de los grandes logros de Brockovich fue romper con los estereotipos asociados a la feminidad que penalizaban a cualquier mujer guapa que pretendiera ser tomada en serio en un mundo de hombres.
O sea, en el mundo en general y en el de las grandes corporaciones y el medio ambiente de hace treinta años, especialmente despiadados, en particular.
Un acuerdo histórico
En el año 2000, una película le cambió la vida. Erin Brockovich, dirigida por Steven Soderbergh y protagonizada por una magnífica Julia Roberts que ganó el Oscar gracias a la interpretación de la entonces desconocida activista, marcó un hito en la vida de esta intrépida mujer.
El filme, "un 98 por ciento real", según la propia Brockovich, compartió a nivel internacional la lucha que inició en 1993 contra la compañía eléctrica Pacific Gas and Electric (PG&E), a la que acusaba con concluyentes pruebas de envenenar con cromo hexavalente, un químico tóxico y cancerígeno, el agua del pequeño pueblo californiano de Hinkley.
Una planta de PG&E ubicada en la pequeña localidad, dentro del desierto de Mojave, usó este químico tóxico incoloro e inodoro entre 1952 y 1966 para evitar la corrosión, y vertió en secreto aguas residuales con esta sustancia en pozas sin impermeabilizar, lo que contaminó los pozos locales de agua potable.
El envenenamiento de parte de la población causó altas tasas de cáncer, tumores, infertilidad, problemas respiratorios, insuficiencia orgánica y trastornos en la sangre a muchos.
Fotograma de Julia Roberts en 'Erin Brockovich'. Imagen de archivo
Erin Brockovich, que no tenía formación universitaria completa y trabajaba desde 1991 como asistente legal en el bufete de abogados Masry & Vititoe, en el área de Los Ángeles, descubrió este grave episodio de contaminación al organizar documentación sobre un caso inmobiliario y hallar registros médicos correspondientes a habitantes de Hinkley que padecían casos extraños de cáncer y tumores.
Al comenzar a investigar por su cuenta, entrevistó a los vecinos y encontró documentos ocultos de PG&E que probaban el vertido ilegal de cromo hexavalente.
En 1996, tres años después de iniciar la investigación y demanda, unos 650 residentes de Hinkley —que aún vivían allí, y también exvecinos— llegaron a un acuerdo extrajudicial de 333 millones de dólares. Fue entonces la mayor indemnización de una demanda colectiva en la historia de Estados Unidos.
Periódicos como The Wall Street Journal, The New York Times, Los Angeles Times o San Francisco Chronicles informaron de la noticia en julio de 1996 incidiendo en la "resolución hito" y millonaria tras años de lucha por la contaminación por cromo-6 en el agua subterránea de la ciudad.
Pero también se dio una corriente crítica con esta sentencia, especialmente tras el éxito de la película de Soderbergh. Algunos medios y periodistas científicos atacaron la base médica del acuerdo, calificándolo de un triunfo del sentimentalismo y de la 'ciencia basura' (junk science) por encima de la evidencia epidemiológica.
Gabino Sánchez, activista, sobre el racismo en el fútbol: "Muchos insultan al migrante sin saber que su ídolo fue refugiado"El argumento central de estos críticos era que el cromo hexavalente, también conocido como cromo-6, es carcinógeno cuando se inhala, pero que no existían pruebas científicas sólidas de que causaran la cantidad de cánceres señalados al ser ingerido en el agua potable.
Sin embargo, la eléctrica PG&E prefirió pagar el acuerdo en arbitraje privado en lugar de arriesgarse a ir a un juicio con jurado popular. La empresa temía que miembros del jurado se dejara llevar por la empatía hacia las familias enfermas y los argumentos emocionales y 'sensibleros' antes que por complejas discusiones químicas y epidemiológicas.
Brockovich contra las plantas de datos
Con la intuición y el coraje de quien entiende que el cuidado de la vida es profundamente político y feminista —ha dedicado gran parte de sus esfuerzos a defender la salud de la mujer y a concienciar sobre el poder de la sororidad y el trabajo femenino común—, el gran logro de Brockovich fue realizar algo que ningún abogado tradicional 'de despacho' había hecho antes: escuchar.
Visitó las casas, charló con sus habitantes en la cocina, miró a los ojos a las víctimas y convirtió su dolor en una causa propia. Su lucha inicial no nació en los grandes tribunales, sino en la certeza íntima de que la dignidad de un pueblo no podía quedar sepultada bajo los intereses económicos de una gran corporación.
Tras el éxito mundial de Erin Brockovich, la trayectoria de esta incansable defensora de los derechos y la salud a nivel comunitario está marcada por momentos decisivos que han transformado su vida personal en un símbolo global de la defensa ambiental.
Después del triunfo del caso de Hinkley (1996), que sentó un precedente histórico con la millonaria indemnización, su vida dio un giro de guion.
Geochicas, la red de 300 mujeres activistas que cartografían el mundo denunciando la desigualdadPasó de ser una investigadora autodidacta, a presidir su propia consultora —Brockovich Research & Consulting—, fundada en 2005 al dejar el bufete de abogados Masry & Vititoe, donde había trabajado desde el famoso caso que inspiró la oscarizada película.
Con esta organización, creada para ofrecer asesoría e investigar casos de contaminación ambiental y comunidades afectadas en todo el mundo, ha liderado otras importantes investigaciones masivas sobre la contaminación por cromo hexavalente en Kettleman Hills (California), la presencia de plomo en las canalizaciones de agua potable en Flint (Michigan) o los vertidos químicos tóxicos tras el trágico descarrilamiento de un tren en East Palestine (Ohio).
Hoy, tres décadas después de su histórica batalla contra PG&E, la incombustible Brockovich batalla sin cuartel contra una nueva causa: los centros de datos de inteligencia artificial.
Es uno de los sectores de mayor crecimiento en EEUU, y en España también está creando ya importantes conflictos sociales como el de la planta que Microsoft planea construir en Puerto Venecia, en Zaragoza; vecinos cuyos terrenos han sido expropiados a la fuerza ya han llevado el caso ante el Tribunal Superior de Justicia de Aragón (TSJA).
La activista norteamericana vuelve a verse las caras como 'un David contra Goliat', como ella misma suele decir, con omnipotentes compañías tecnológicas como Meta, Google o Microsoft. Y su máxima preocupación es la falta absoluta de transparencia en la construcción de plantas que provocan un insostenible impacto medioambiental.
Erin Brockovich utiliza un modelo informático para mostrar los crecientes focos de preocupación ambiental. J Pat Carter Getty Images
Así lo explicaba en mayo en una newsletter publicada en la plataforma Subtrack: "Si los centros de datos de IA representan un beneficio tan tremendo para las comunidades, ¿por qué se están construyendo tantos sin una participación significativa de la comunidad? Lo que estamos viendo es una transformación radical del paisaje estadounidense, pueblo por pueblo, condado por condado".
Y pone de ejemplo Hyperion, el campus de IA de 370.000 metros cuadrados que Meta está construyendo al noroeste de Luisiana. Son 370.000 metros de instalaciones que, una vez terminadas, "consumirá más electricidad que toda la ciudad de Nueva Orleans y ocupará una superficie equivalente al bajo Manhattan", explica.
Revela también que, en West Memphis, Arkansas, Google ha comenzado la construcción de lo que los funcionarios estatales denominan "la mayor inversión de capital privado en la historia del estado": un campus multimillonario en 1.100 acres de terreno baldío.
Por su parte, la empresa xAI, propiedad de Elon Musk, ha convertido una fábrica de Electrolux abandonada en South Memphis, Tennessee, en su supercomputadora Colossus. Y lo hizo en tan solo 122 días. Además, el controvertido magnate tecnológico está construyendo una segunda versión, más grande aún, y ha adquirido un tercer edificio para continuar su expansión.
Ya puestos, y según informaban en julio de 2025 medios especializados como Data Center Dynamics, Musk ha comprado también el terreno de la antigua central eléctrica de Duke Energy, para poder construir la suya propia y generar así energía para mantener sus inmensos complejos en funcionamiento.
El site Energy Media anunciaba en marzo de este año que el también dueño de Tesla ya tenía luz verde por parte de las autoridades para construir en este lugar hasta 41 turbinas de gas.
La ecologista Olivia Mandle: "España lidera la transición pero no ratifica el Tratado de los Océanos, ¿a qué espera?"Erin Brockovich afronta ahora su gran batalla contra el secretismo y la connivencia entre políticos e instituciones con estas corporaciones sin complejos. Y denuncia que sus instalaciones de datos pueden provocar estrés hídrico y sequía —consumen cantidades masivas de agua y electricidad para enfriar los servidores—.
Además, generan una importante contaminación acústica, ya que el funcionamiento las 24 horas de sus equipos de refrigeración, ventiladores industriales y generadores de emergencia genera un zumbido constante que afecta a las comunidades cercanas, especialmente de noche.
Por ello, la activista ha lanzado Brockovich AI Data Center Reporting, una plataforma y mapa interactivo de colaboración ciudadana para denunciar el impacto ambiental y el secretismo de estas grandes corporaciones tecnológicas.
Solo en los primeros días de funcionamiento, recibió más de 10.000 mensajes que alertaban de la preocupación de miles de vecinos y vecinas que ya conviven, o van a convivir, con los efectos perjudiciales de estas gigantes plantas de datos.
Instagram y la justicia ambiental
En la era del algoritmo, Erin Brockovich ha sabido adaptar su reconocido trabajo de campo a las dinámicas de la comunicación digital contemporánea.
Lejos de ser una red social meramente estética o promocional, su cuenta oficial de Instagram, @the_real_erin_brockovich (143 mil seguidores), funciona como un punto de encuentro de denuncia ciudadana, y un canal de formación ambiental.
La experta utiliza sus stories para hacer pedagogía y explicar conceptos complejos sobre vertidos químicos, toxinas en el agua potable o contaminación electromagnética en un lenguaje directo y accesible para cualquier persona.
Ella misma reconoce que sus redes sociales "no son para colgar fotos de lo que voy a comer, sino que son mi centro de operaciones. La gente no sabe a quién recurrir cuando el agua de su grifo sale turbia o huele mal, así que me escriben un mensaje directo a Instagram".
Mediss Tavakkoli, activista iraní exiliada en España: "Me amenazan con un cuchillo para que no cuente nada"Su presencia en Instagram es ya clave en sus campañas más recientes, especialmente las relativas a la fiscalización de los centros de datos para IA y los vertidos de sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas (PFAS), un grupo de más de 4.700 productos conocidos como 'químicos eternos' porque no se degradan de forma natural.
A través de sus llamadas a la acción (Call to Action), las encuestas directas y los vídeos explicativos, Brockovich esquiva los filtros de los medios tradicionales y conecta de forma inmediata con las generaciones jóvenes.
Para ella, un mensaje en redes o una foto etiquetada por un vecino en un pueblo remoto puede ser el primer hilo del que tirar para destapar el próximo gran escándalo ambiental de la era tecnológica.
Publicaciones, títulos y TV
Erin Brockovich también ha desarrollado un influyente rol en el ámbito divulgativo y académico como cotizada conferenciante —agencias como Gotham Artists o Speaker Booking calculan su caché entre los 30.000 y los 50.000 dólares por sesión—.
Y también ha publicado exitosos libros como el bestseller autobiográfico Take It From Me (2001) y su ensayo Superman's Not Coming (2020), ambas obras que la han consolidado como invitada clave y honoris causa en universidades como Harvard y Lewis & Clark Law School, en EE.UU., o St. Andrews en Escocia.
Ha sido también distinguida con destacados premios y títulos como el Presidential Award of Merit, otorgado por la organización Consumer Attorneys of California, la Resolución de la Asamblea de California (No. 1621), un reconocimiento oficial del Poder Legislativo de California por su compromiso para mantener el medio ambiente libre de contaminación tóxica o el Special Citizen Award, otorgado por la Children's Health Environmental Coalition por sus nobles esfuerzos en la protección de la infancia.
Fotograma de Julia Roberts en 'Erin Brockovich'. Foto de archivo Europa Press
Además, ha liderado distintos proyectos televisivos como el especial de ABC de 2001, Challenge America With Erin Brockovich, donde acompañaba a un grupo de voluntarios para reconstruir un parque y un anfiteatro destruidos en Manhattan poco después de los atentados del 11 de septiembre de 2001.
O la serie documental y de telerrealidad Final Justice With Erin Brockovich (2003), donde celebraba y compartía las vidas de mujeres comunes que triunfaban ante la adversidad.
El 'efecto Julia Roberts'
La elección de Julia Roberts para encarnar a Erin Brockovich en el año 2000 no solo transformó la taquilla cinematográfica, sino que redefinió el alcance de la divulgación ambiental en los medios de comunicación.
En el punto álgido de su carrera, la estrella de Pretty Woman, estrenada en 1990, aceptó el papel por un sueldo récord de 20 millones de dólares, convirtiéndose en la primera actriz de la historia en alcanzar esa cifra por una sola película.
Su interpretación, por la que ganó un Oscar, sirvió de altavoz mediático para convertir el nombre de Erin Brockovich en una heroína global. Un 'mito' que hoy, a sus 66 años, sigue más vivo que nunca.
- Objetivo 6: Agua limpia y saneamient
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- Objetivo 16: Paz, Justicia e instituciones sólidas