La intervención del Papa en el Congreso será, por inédita, un acontecimiento histórico en un país en el que la Iglesia católica ha tenido durante siglos una estrechísima relación con el Estado -el general Franco se proclamó caudillo «por la gracia de Dios»- hasta casi ser indistinguibles el uno de la otra, la asociación de fe y política. Pero también de ser motivo de tensiones, disputas y de reflexión, como sucedió en la época napoleónica, durante la República o en los años de la Transición.
Junto a Francia e Italia, España es el gran país católico de Europa, independientemente del proceso de secularización que experimenta desde hace décadas: con las iglesias cada vez más vacías, con una notable pérdida de influencia en el debate público de la Conferencia Episcopal, y con los credos posmodernos, como el culto a la tecnología, siendo hegemónicos.
El entusiasmo popular que ha despertado la visita de León XIV cuestiona la afirmación que hizo Azaña en 1931 de que España «ha dejado de ser católica», y explica que el catolicismo hoy en España, con algunas de sus tradiciones más populares como las procesiones de Semana Santa viviendo un renacimiento popular, tenga que ver más con un código simbólico e identitario en un mundo global que con una estricta creencia espiritual.
Esta complejidad de la relación del poder político con la Iglesia quedará expuesta con la visita del Santo Padre, y especialmente con su intervención en el Congreso, ya que todos los partidos llevan años instrumentalizando burdamente la figura del Papa -de Juan Pablo II al actual, pasando por Benedicto XVI y Francisco- para su pequeña batalla cultural, de una manera tan interesada y esquizofrénica que, según el debate y la posición mostrada por el Sumo Pontífice, un mismo partido le muestra su total apoyo o su repulsa. Así que cuando León XIV se dirija a los diputados, muchos de ellos tendrán problemas en decidir si lo aplauden, lo abuchean o las dos cosas a la vez.
En la izquierda, el Gobierno de Sánchez mantiene una relación ambigua con la jerarquía eclesial y es, seguramente, el Ejecutivo español que desde la restauración de la democracia se ha mostrado más hostil con la Iglesia. Por un lado, Sánchez persevera en su disputa abierta en el terreno de los derechos civiles, concretamente sobre el aborto y la gestación subrogada; en materia educativa, con la ofensiva socialista contra la educación concertada; en memoria histórica, y también en cuestiones patrimoniales, con la revisión de los bienes inmatriculados por la Iglesia. Por otro lado, la Iglesia es la gran aliada del Gobierno en la regularización exprés de los inmigrantes ilegales.
Esa doble cara se hace evidente también respecto a la relación con el Papa. A la vez que Sánchez jalea la posición crítica de León XIV respecto a la intervención militar norteamericana en Irán, como si el Papa le diera la razón a Sánchez en su discurso antitrumpista, el Gobierno mantiene con El Vaticano el litigio sobre el concordato que regula su relación desde 1979.
Asimismo, la posición de Podemos y Sumar con el actual Papa también es contradictoria, como lo fue con el Papa Francisco, al que ensalzaron por su discurso crítico con Occidente -Pablo Iglesias lo calificó de aliado y amigo-, ya que el antitrumpismo de León XIV ha recibido el aplauso unánime de la izquierda. También sus mensajes de apoyo a la inmigración y contra las políticas represivas de EE.UU. A la vez, el conservadurismo de León XIV en materias como el aborto o el matrimonio homosexual, o la existencia misma de la institución del Vaticano, son motivo de críticas y distancian a Podemos y Sumar del Papa. Los de Pablo Iglesias han anunciado que se ausentarán de la intervención del Papa en el Congreso, algo que a buen seguro no hubieran hecho con Francisco, al que calificaron de "amigo".
Igual sucede en la derecha. Después de años echando peste del Papa Francisco, al que Vox y una parte del PP presentaban como un militante de extrema izquierda, y de celebrar la proclamación de León XIV como el fin de esa influencia bolivariana en el Vaticano, la militancia trumpista de Abascal lo ha distanciado también del nuevo Papa, al que califica de ser un cura progre y alejado del sentir de una mayoría de feligreses.
Un choque que Vox, un partido estrechamente conectado con movimientos católicos ultramontanos como el Yunque y los Legionarios de Cristo, hace extensible a la Conferencia Episcopal Española por su apoyo a la regularización de inmigrantes.
Mientras que Junts y ERC, siempre deseosos de protagonismo, han empezado a reprochar al Papa que en su visita a Barcelona utilicen poco la lengua catalana y han llamado al independentismo a manifestarse en la calle contra el Santo Padre.
Estas posiciones encontradas y contradictorias respecto al Papa de los partidos españoles, que son un reflejo de la particular relación de la sociedad con el catolicismo, dan un mayor interés si cabe a su histórica intervención en el Congreso y a la reacción que los grupos parlamentarios tengan ante sus palabras.