Jocelyne Bell Burnell, una joven estudiante de astrofísica, detectó en 1967 una extraña señal desde el espacio profundo. Se pensó que podían ser mensajes alienígenas... pero era uno de los grandes hallazgos en la historia de la astrofísica: los púlsares.
Regala esta noticia Añádenos en GoogleCarlos Manuel Sánchez
30/06/2026 a las 14:06h.Cambridge, Inglaterra. Noviembre de 1967. Jocelyn Bell Burnell lleva tres horas revisando metros y metros de papel continuo que escupe el radiotelescopio. A sus 24 ... años, como estudiante de doctorado, había pasado dos años construyendo aquel monstruo con sus propias manos: martillando postes, tendiendo cables bajo la lluvia e instalando dos mil receptores diseminados por dos hectáreas de campiña.
¿Interferencias o una baliza interestelar?
Durante casi dos meses, los mejores astrofísicos de Cambridge barajaron seriamente que aquellas señales fueran artificiales. Cuando Bell Burnell le llevó las primeras señales a Hewish, su superior reaccionó con escepticismo: le dijo que probablemente era una interferencia de coches o radios cercanas, el problema habitual de los radiotelescopios de la época. Pero ella insistió.
La astrofísica que se creía una impostora
Mientras tanto, Bell Burnell siguió buscando. Había nacido en Belfast (Irlanda del Norte) en 1943. Su padre fue el arquitecto que diseñó el planetario de su pueblo, Armagh, y ella creció fascinada por la astronomía. Pero en la escuela las chicas no podían estudiar ciencias: las mandaban a clase de cocina y costura mientras los chicos iban al laboratorio. Después, en la Universidad de Glasgow, fue la única mujer entre 50 estudiantes de Física. Cada vez que entraba en el aula, sus compañeros silbaban, pateaban el suelo o golpeaban los pupitres. «Aprendí a no sonrojarme –recuerda– porque, si te sonrojabas, aún hacían más ruido». Cuando llegó a la Universidad de Cambridge en 1965, estaba rodeada de chicos de colegios privados carísimos que rebosaban autoconfianza. Antes, Burnell había intentado postularse a Jodrell Bank, el observatorio de radioastronomía. Pero ni le contestaron. Así que cuando Cambridge la admitió, no se lo creía. «Pensé que habían cometido un error. Que no era lo suficientemente lista como para estar allí». Y tomó una decisión: trabajar como una loca para que, «cuando me echaran, tener la certidumbre de que lo había intentado con todas mis fuerzas».
La explicación de los púlsares — objetos con la masa del Sol rotando a una velocidad desquiciante— fue tan revolucionaria que los científicos tardaron en aceptarla
Esas estrellas de neutrones rotantes emiten chorros de radiación desde sus polos magnéticos, como faros cósmicos. Cuando esos chorros barren la Tierra, captamos un pulso. De ahí el nombre que les pusieron: púlsares. No eran mensajes alienígenas. Eran cadáveres estelares girando como peonzas en el vacío, los objetos más densos y extremos del universo después de los agujeros negros.
La explicación de los púlsares fue tan revolucionaria que los científicos tardaron en aceptarla. Objetos con la masa del Sol rotando a una velocidad desquiciante parecían imposibles. Pero encajaba. Nada puede frenar a una estrella de neutrones: no hay fricción en el vacío, no hay atmósfera que frene los giros. Eran los relojes más precisos del universo, pero no había un relojero que los hubiera creado. Solo física extrema haciendo de las suyas.
El Nobel que se llevó otro
Cuando el comité sueco anunció el Nobel de Física de 1974, Antony Hewish lo compartió con Martin Ryle, un radioastrónomo. Jocelyn Bell Burnell no estaba en la lista. Fred Hoyle puso a caldo al comité del Nobel. Declaró que era un escándalo. Los periodistas asediaron a Bell Burnell para preguntarle si se sentía ninguneada. Y entonces Bell Burnell hizo algo que puede interpretarse como humildad patológica: defendió que no merecía el galardón. «Creo que degradaría a los Premios Nobel si se otorgaran a estudiantes de investigación, excepto en casos muy excepcionales, y no creo que este sea uno de ellos». Hewish, por su parte, se defendió con una metáfora: «Un equipo científico es como un barco que se hace a la mar. Y alguien en el mástil grita: '¡Tierra a la vista!'. Estupendo. Pero hay una diferencia entre el capitán y la tripulación».
comentarios Reportar un error