Sam Altman, creador de ChatGPT. Reuters
Editorial EL RUGIDO DEL LEÓN La carrera por la IA no puede ser una carrera hacia el abismo Publicada 14 septiembre 2026 01:50h SíguenosLas advertencias de voces autorizadas acerca de las amenazas que entraña un desarrollo sin frenos de la Inteligencia Artificial, multiplicadas en los últimos días, han encendido las alarmas a escala global.
El debate sobre la necesidad de supervisar los avances tecnológicos ha escalado así desde una especulación meramente teórica en las facultades y los medios de comunicación a una necesidad perentoria para los Estados.
Fue Sam Altman, director ejecutivo de Open AI, quien, en un ejercicio de honestidad, primero levantó la liebre sobre lo que ocurría entre bambalinas en las grandes compañías tecnológicas.
Ya en 2023, el CEO de la empresa creadora de ChatGPT advirtió de dos grandes peligros: la pérdida de control técnico sobre un sistema demasiado potente, y la excesiva concentración de poder en una sola empresa o persona.
El Papa contribuyó después decisivamente a la discusión, con su encíclica del pasado mayo.
En Magnifica Humanitas, León XIV criticó que el dictado de la eficiencia y el monopolio de unas pocas corporaciones pueden levantar una nueva "Torre de Babel", llamando a aplicar restricciones éticas a estas dinámicas deshumanizadoras.
Y las apelaciones a la mesura cobran ahora tintes dramáticos, con la reciente dimisión del extrabajador de Anthropic Jacob Coxon, que se suma a las renuncias previas de otros expertos de OpenAI y Google.
El investigador ha asegurado que la IA podría aniquilar a la humanidad antes de 2030, ante nuestra incapacidad de controlar una superinteligencia de tales dimensiones.
Después de estas denuncias, el propio Altman ha considerado frenar el ritmo de desarrollo de sus modelos. Y ha aplazado la salida a bolsa de OpenAI para centrarse en resolver las cuestiones de seguridad, evitando someterse a la presión de los accionistas por lograr rentabilidad inmediata a cualquier coste.
Como ha ocurrido tantas otras veces ante innovaciones disruptivas, ha cundido en la opinión pública un cierto alarmismo exagerado.
El tratamiento sensacionalista de las advertencias con tintes más catastrofistas ha amplificado un discurso del miedo que siempre genera un enorme impacto mediático y contamina el análisis sosegado.
Pero estas alarmas no debieran inducirnos a incurrir en una especie de neoludismo contra la IA.
La historia económica demuestra que las grandes innovaciones tecnológicas previas fueron inicialmente demonizadas por sus efectos desestabilizadores sobre el empleo y la sociedad. Pero los beneficios que aportaron fueron finalmente muy superiores a los perjuicios que ocasionaron.
Es innegable que la IA generativa ofrece un potencial benefactor sin precedentes en ámbitos como la productividad empresarial, el aceleramiento de descubrimientos médicos, la optimización de recursos naturales o la resolución de problemas técnicos complejos en fracciones de segundo.
Pero todos estos beneficios quedarán neutralizados si no se aplica una gobernanza responsable basada en criterios éticos.
Algunos de los potenciales efectos destructivos de esta tecnología son ya tangibles.
Es el caso de la producción de desinformación masiva, la manipulación electoral, la atrofia cognitiva humana o la posible asistencia algorítmica para crear armamento biológico.
Encauzar responsablemente este desarrollo exige medidas concretas. Desde auditorías externas independientes a un veto a la delegación de decisiones críticas en sistemas autónomos opacos.
En este contexto, es una buena noticia que los propios padres de la IA se hayan rebelado para frenar su tecnología antes de que ponga en peligro a la sociedad.
Siempre será además preferible una autorregulación dentro de las propias compañías que una regulación estatal preventiva, en la que la maquinaria burocrática suele inclinarse hacia un exceso de intervención que termina ahogando la innovación.
Pero no ayudan actitudes como la de Donald Trump, quien ha restado gravedad a las advertencias científicas afirmando que no le preocupan en absoluto.
Aunque su posición es, en cierto modo, comprensible desde la lógica geopolítica.
Estados Unidos no tiene incentivos para autorregular su desarrollo si China no se somete exactamente a esas mismas reglas. Frenar unilateralmente supondría ceder una ventaja competitiva y estratégica irrecuperable a Pekín.
Pero lo que parece claro es que, si no queremos ver arrebatada la capacidad de decisión sobre nuestro propio futuro, el desarrollo de la IA debe detenerse para autoexaminarse desde coordenadas morales.
Como apuntó el filósofo Walter Benjamin, a veces el progreso no consiste en acelerar la locomotora de la Historia, sino en que el género humano que viaja a bordo de ese tren dé un manotazo al freno de emergencia.
Y si bien lo prudente es accionar ese mecanismo, será fútil si no conseguimos que los chinos también lo hagan. La gobernanza de la IA será mundial o no será.
En esta especie de nueva Guerra Fría, la rivalidad por el dominio tecnológico mundial entre Estados Unidos y China no podemos permitir vernos arrastrados de nuevo a un avance ciego de las capacidades destructivas.
La inevitable carrera por la IA no puede ser una carrera hacia el abismo.
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