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La Casa Blanca quiere su parte del pastel de la IA: busca socios en Silicon Valley ofreciendo a cambio flexibilizar las normas

La Casa Blanca quiere su parte del pastel de la IA: busca socios en Silicon Valley ofreciendo a cambio flexibilizar las normas
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La administración Trump baraja invertir en grandes tecnológicas para que los beneficios repercutan en el erario. La relación ha conducido de momento a una regulación más laxa del desarrollo de la Inteligencia Artificial. Más información: El papa León XIV reclama en su primera encíclica "restricciones éticas" para la IA y frenar su "dinámica deshumanizante"

Tim Cook, presidente de Apple, y Donald Trump. Reuters

EEUU La Casa Blanca quiere su parte del pastel de la IA: busca socios en Silicon Valley ofreciendo a cambio flexibilizar las normas

La administración Trump baraja invertir en grandes tecnológicas para que los beneficios repercutan en el erario. La relación ha conducido de momento a una regulación más laxa del desarrollo de la Inteligencia Artificial.

Más información: El papa León XIV reclama en su primera encíclica "restricciones éticas" para la IA y frenar su "dinámica deshumanizante"

Denver Publicada 22 junio 2026 01:23h Las claves

Las claves Generado con IA

Donald Trump no quiere frenar la Inteligencia Artificial. Quiere que corra. Que gane a China. Que levante centros de datos. Que dispare Wall Street.

Que convierta a OpenAI, Anthropic y SpaceX en los nuevos gigantes billonarios de la economía estadounidense. Pero no quiere verlo desde la grada.

El presidente estudia que el Gobierno adquiera participaciones en algunas de las grandes empresas del sector. La idea llega en plena fiebre bursátil por la IA, con varias compañías preparando operaciones capaces de captar cerca de 200.000 millones de dólares en apenas unos meses.

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Trump lo ha vendido con una frase hecha a su medida: una posible “asociación con el pueblo estadounidense”. Traducido: si Silicon Valley va a hacerse aún más rico con la próxima revolución industrial, Washington también quiere sitio en el reparto.

Para un partido que ha hecho del libre mercado casi una liturgia, la idea no es menor. La Casa Blanca ya no discute solo cuánto debe regular a las tecnológicas, sino si el Estado debe sentarse cerca del capital antes de que llegue la próxima gran ola de dinero.

Un socio llamado Estado

Pero Trump no habla de controlar la inteligencia artificial. Habla de tener acciones.

El Gobierno no tomaría el mando de OpenAI, Anthropic o SpaceX. Pero podría convertirse en socio de algunas de las empresas que ya concentran talento, datos, infraestructura, capital y poder político.

No sería la primera vez que Washington entra en empresas privadas. En la crisis financiera de 2008, George W. Bush abrió la puerta al rescate del automóvil y Barack Obama la cruzó hasta el fondo. El Estado acabó dentro de General Motors para evitar el colapso.

La diferencia está en el motivo. Entonces se trataba de salvar compañías hundidas y empleos industriales. Ahora Trump no habla de rescatar a nadie. Habla de entrar en las ganadoras antes de que se hagan todavía más grandes.

El precedente inmediato está en Intel. La Administración ya ha tomado participaciones en compañías consideradas estratégicas. La frontera entre Estado y empresa privada empezó a moverse con los chips. Ahora se mueve con la IA.

Con Trump, además, la discusión nunca es solo institucional. Dónde acaba la política industrial y dónde empieza el negocio alrededor del poder es una pregunta inevitable.

Su familia ha ampliado en los últimos años sus intereses en cripto y tecnología. Sus hijos han entrado en proyectos vinculados a centros de datos, inteligencia artificial, drones y defensa.

Nada prueba que la propuesta de participaciones públicas busque un beneficio personal. Pero sí hace más incómodo cualquier movimiento que mezcle Estado, capital privado y empresas llamadas a enriquecerse con decisiones de Washington.

OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT, también tanteó una idea parecida antes de que Trump la llevara a su terreno.

Su consejero delegado, Sam Altman, habló con funcionarios de la Administración y con legisladores sobre un fondo de riqueza pública que permitiese compartir parte de los beneficios de la IA con quienes no pudiesen invertir en Bolsa.

Uno de los grandes críticos de Trump llega a una conclusión parecida por el camino contrario. Bernie Sanders no plantea esas participaciones como una alianza patriótica con Silicon Valley, sino como una compensación.

Quiere que el Gobierno tome posiciones relevantes en las grandes empresas de IA y use esos beneficios para ayudar a los trabajadores desplazados por la automatización.

Trump no compra ese lenguaje. No habla de desigualdad ni de redistribución. Habla de que las empresas "devuelvan" algo al público y de que Estados Unidos participe en el éxito de sus propias compañías.

Un muñeco hinchable que representa a Elon Musk critica a la IA Grok en Times Square. REUTERS/Roselle Chen

Si la IA crea riqueza, Trump podrá decir que los estadounidenses también ganan. Si destruye empleos, podrá decir que no dejó todo el beneficio en manos privadas. Si China amenaza la ventaja tecnológica, podrá presentarlo como una herramienta de fuerza nacional.

Una idea con aroma a izquierda económica, empaquetada para el trumpismo.

El miedo también cotiza

Mientras Trump mira la IA como un negocio en el que Washington debería entrar, buena parte del país la mira con desconfianza.

No es solo una promesa de productividad. Es una amenaza laboral, una fábrica de ansiedad y una nueva fuente de desigualdad. Cerca de la mitad de los estadounidenses teme que pueda amenazar su empleo o el de alguien de su hogar.

La inquietud ha llegado también al propio sector. Anthropic ha pedido al Congreso pruebas de seguridad obligatorias para los modelos más potentes y advierte de riesgos catastróficos si la tecnología avanza sin controles suficientes.

Pero también avanza hacia la Bolsa. Ahí está una de las grandes contradicciones del momento. Las empresas hablan de seguridad, pero no quieren perder el tren financiero.

Piden reglas, pero no tantas como para llegar tarde al mercado. Alertan del peligro, pero siguen compitiendo por convertirse en el próximo gigante billonario.

La Casa Blanca se mueve en esa misma tensión. Trump no quiere aparecer como el presidente que pisa el freno justo cuando Estados Unidos presume de ventaja frente a China.

Su Administración defiende que el país lidera porque no ahoga a las empresas con una regulación excesiva. También ha pedido acelerar el uso de IA en defensa, inteligencia y ciberseguridad.

La orden ejecutiva sobre los modelos más avanzados quedó lejos de una regulación dura. El primer borrador era más exigente. La versión final crea un sistema voluntario para que las empresas den acceso previo a sus modelos más potentes antes de lanzarlos al público.

Treinta días. Sin autorización obligatoria. Aliados de Silicon Valley presionaron y la Casa Blanca cedió. Washington quiere mirar dentro de la caja, pero no convertirse en el guardia que retrasa el lanzamiento.

El asesor se va, la influencia no

Justo cuando Trump quiere que Washington entre en el negocio de la inteligencia artificial, uno de sus principales puentes con Silicon Valley prepara la salida. Sriram Krishnan dejará a final de mes su puesto como asesor sénior de IA en la Casa Blanca.

No era una figura decorativa. Fue uno de los arquitectos de la política más favorable a la industria: menos regulación, más centros de datos y menos margen para que cada estado apruebe sus propias normas.

Sriram Krishnan, asesor de Inteligencia Artificial de la Casa Blanca. REUTERS/Al Drago

Su marcha llega en un momento incómodo. La Casa Blanca está decidiendo hasta dónde quiere dejar correr a las empresas y hasta dónde quiere participar de su crecimiento.

Krishnan, en lugar de desaparecer, planea crear una institución externa para seguir influyendo en la política tecnológica. Desde fuera, la influencia puede ser más difícil de seguir: presión política, acceso al presidente y relación directa con las empresas del negocio de la década.

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El ala populista MAGA teme empleos destruidos, empresas demasiado poderosas y una nueva élite tecnológica con acceso privilegiado a la Casa Blanca.

Su propio nombramiento ya había provocado una guerra interna. El sector tecnológico lo defendió. Parte del trumpismo duro lo atacó por su origen indio y por haber apoyado en el pasado más facilidades para trabajadores extranjeros cualificados.

Ahora la pelea entra en otra fase. La influencia de Silicon Valley no desaparece de la Casa Blanca. Se vuelve menos visible. Y justo cuando Trump estudia si el Estado debe tener una parte del botín, esa opacidad pesa más.

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