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La Tribuna La embriaguez del poderLas consecuencias de las decisiones suelen ser generalmente desastrosas, abocando casi siempre en crisis sociales y políticas. Por eso puede decirse, sin temor a equívoco, que algunos políticos afectados del síndrome de Hybris o embriaguez del poder y que gobiernan pueblos pueden tener en sus manos la vida de las personas
Ángel Rodríguez Cabezas
Doctor en Medicina. Sociedad Erasmiana de Málaga
Jueves, 26 de febrero 2026, 01:00
... lo que me ocurrió al escribir la 'Carta con censura' a Hitler en el libro 'Mi correspondencia imposible'. Pronto advertí, tanto en su biografía personal como militar, que su forma de actuar no era la de un estratega equilibrado mentalmente, y hacia 1941 ya presentaba todos los rasgos de un trastorno mental descrito muy bien por David Owen. Es el síndrome de Hybris o embriaguez del poder, enfermedad del gobernante o soberbia autocrática. El diagnóstico es fácil, ya que la forma de actuar en quien lo padece no es la de gobernante táctico equilibrado es sus resoluciones, dominando sobre otros síntomas el abuso del poder, la perseverancia en el error y la incapacidad para cambiar de ruta, lo que origina el poseer una confianza desmedida en sí mismo, no aceptando las críticas de sus colaboradores a su conducta en cuanto a la toma de decisiones políticas que se realiza casi siempre con imprudencia y ligereza.Las consecuencias de las decisiones suelen ser generalmente desastrosas, abocando casi siempre en crisis sociales y políticas. Por eso puede decirse, sin temor a equívoco, que algunos políticos afectados del síndrome y que gobiernan pueblos pueden tener en sus manos la vida de las personas.
No obstante, lo indicado, en el caso de Hitler, un estudio más cuidadoso de la historia nos debería llevar a calificar con más rigor la estabilidad mental del personaje aludido, y entonces, seguramente, habría que hacer una ampliación del juicio clínico. Y digo esto porque el odio a los judíos, por ejemplo, se puede incluir en una relación mental amor-odio. Pero también sus deseos y actuaciones habituales se pueden catalogar de extravagantes. Increíble puede parecer su conducta, bien expuesta en un informe secreto pero veraz de un soldado judío del regimiento List junto a otros documentos. Por ejemplo, no le importaba aniquilar a los judíos, fuera cualquiera la edad o sexo, y por otra parte con placer preparó varias leyes destinadas a promover el bienestar de los pájaros y atenuar el dolor en el sacrificio de los crustáceos en la cocina, teniendo en cuenta también el doloroso final de cangrejos o langostas, estudiando si estos animales sufren menos proporcionándoles una muerte rápida en agua hirviendo que siguiendo el método clásico. Y es que, como se decía, un judío, un homosexual o un gitano, valían menos para él que una docena de langostas. Por tanto, no todo era Síndrome de Hybris o este síndrome debe ser reconsiderado en el sentido de atribuirle características psicológicas, neurológicas y sociales específicas.
Pero volvamos a considerar el síndrome haciendo ahora abstracción de los síntomas psíquicos enunciados del personaje. Entonces, sí podemos afirmar que todos los gobernantes, pero mucho más los aquejados por estos desórdenes mentales que estamos comentando no deberían perder de vista el aforismo de Acton: «el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente».
Pero como bien se habrá advertido, Hitler es solo el muestrario más llamativo en el conjunto de gobernantes que padecen el síndrome y que muestran de forma exacerbada las consecuencias de su actuación, con menoscabo evidente del nivel de vida de los ciudadanos y la aparición de desastres económicos y sociales. Y esto que ocurre en la época actual, sucedió igualmente a lo largo de la historia.
Podemos comprender, pues, como muchos gobernantes lo han padecido. Recientemente son clásicos los casos de Hugo Chávez, G. Bush, M. Thatcher. En la antigüedad naturalmente sobresalen en la nómina los nombres de romanos como Calígula o Nerón, así como Alejandro Magno, que viró de héroe griego a la desmesura.
Colofón: Naturalmente, la extensión de este artículo no da para más, pero sí resta una invitación al lector para que emita su propio juicio, introduciéndose con derecho propio en el papel de enjuiciador y de esa forma pueda calificar de embriagados por el poder a algunos o muchos de los que ahora gobiernan las naciones y determinan el porvenir de sus habitantes.
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