Tropas de diferentes países europeos participan en Bulgaria en las maniobras 'Strike Back 26' REUTERS/Stoyan Nenov
Europa La Europa indefensa: Alemania, Francia y Reino Unido chocan en su estrategia militar pese a Rusia y el repliegue de EEUULa arquitectura de Defensa en Europa es una herencia de la Guerra Fría que presenta discrepancias entre sus principales potencias y no responde a la nueva realidad de conflicto permanente.
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Alesia Slizhava Publicada 13 junio 2026 02:30h Las clavesLas claves Generado con IA
Europa enfrenta uno de sus momentos de mayor incertidumbre estratégica desde el fin de la Guerra Fría. En las últimas semanas, varios eventos han acelerado el deterioro de la seguridad continental. El 11 de junio de 2026, el ministro británico de Defensa, John Healey, presentó su dimisión en un gesto sin precedentes.
En una carta pública, reprochó al primer ministro Keir Starmer la insuficiente inversión en las Fuerzas Armadas y la falta de recursos para hacer frente a las amenazas actuales. Healey criticó abiertamente la escasa financiación del Plan de Inversión de Defensa, evidenciando las carencias estructurales en la capacidad de defensa del Reino Unido, un pilar clave en la OTAN.
Paralelamente, imágenes satelitales publicadas el 10 de junio por medios de Dinamarca, Suecia, Noruega y el portal Delfi revelaron nuevas construcciones militares cerca de Finlandia, Noruega y el mar Báltico. Esto confirma una militarización progresiva en una región que, tras la integración de Finlandia y Suecia en la OTAN, ha dejado de ser una frontera estable.
EEUU ofrece desplegar armas nucleares en países europeos de la OTAN para contrarrestar la retirada de sus soldadosMientras, el viceministro ruso de Exteriores, Sergey Ryabkov, ha advertido sobre el aumento de los riesgos estratégicos y el peligro de un choque directo entre la OTAN y Rusia, destacando que ninguna institución europea está diseñada para gestionar esta combinación de dinámicas.
Estos eventos no son casuales, sino el resultado de una arquitectura de seguridad europea que nunca se completó. Europa lleva años gestionando crisis de seguridad en lugar de prevenirlas. Desde la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022, el continente ha improvisado respuestas militares, económicas y diplomáticas sin llegar a construir nada.
Lo que existe hoy es una superposición de capas heredadas de la Guerra Fría, adaptaciones de emergencia y tensiones crecientes entre aliados que ya no comparten ni los mismos diagnósticos ni los mismos objetivos. La pregunta de fondo —¿qué sistema de seguridad necesita Europa para el siglo XXI?— sigue sin respuesta. Y el tiempo para darla se acorta.
Una arquitectura incompleta
El orden de seguridad europeo de la posguerra fría fue siempre una promesa incumplida. La OSCE, que nació de la Conferencia de Helsinki de 1975, ofrecía un marco paneuropeo genuinamente inclusivo: seguridad cooperativa, medidas de confianza, diálogo entre todos los actores del continente, incluida Rusia.
Pero ese espíritu fue cediendo terreno ante la lógica de ampliación de la OTAN, que avanzó sin ofrecer a Moscú un lugar digno en el nuevo orden. La humillación —en el sentido que le daban Hegel y el sociólogo Thomas Scheff— no es una metáfora política: es un motor histórico. Rusia no procesó el fin de la Guerra Fría como liberación, sino como derrota. Y las derrotas que no se gestionan bien producen revanchismo.
Esto no justifica la invasión de Ucrania. Pero sí explica por qué el modelo de seguridad basado en la expansión indefinida de la Alianza Atlántica contenía una contradicción estructural desde el principio: generaba seguridad para los nuevos miembros mientras producía inseguridad percibida en Rusia, sin que hubiera ningún mecanismo para gestionar esa asimetría.
El dimitido ministro de Defensa de Reino Unido, John Healey, y el primer ministro francés, Sébastien Lecornu, en la conmemoración del Día D. LOU BENOIST/ REUTERS
El resultado es el sistema que tenemos hoy: una arquitectura heredada más adaptaciones improvisadas, no una arquitectura nueva. En este contexto de vacíos estructurales, Europa ha intentado responder con modelos estratégicos que, sin embargo, compiten entre sí sin resolverse.
Tres modelos, ninguno suficiente
Dentro del espacio euroatlántico coexisten actualmente tres visiones estratégicas que compiten sin resolverse.
El modelo atlántico, encarnado principalmente por el Reino Unido y los países del flanco oriental de la OTAN, identifica la seguridad europea con la disuasión militar colectiva bajo liderazgo estadounidense. Para Polonia o los países bálticos, Rusia no es un interlocutor potencial sino una amenaza existencial.
Su lógica es clara: cualquier flexibilidad hacia Moscú equivale a capitulación. Este modelo tiene la ventaja de la coherencia, pero la desventaja de depender de un socio —Washington— cuyo compromiso se ha vuelto crecientemente incierto bajo la administración Trump.
El modelo de autonomía estratégica, impulsado principalmente por Francia, sostiene que Europa debe construir capacidad de defensa independiente y reducir su dependencia del paraguas estadounidense. Macron ha sido el más explícito en articular esta visión, pero tropieza con la misma contradicción de siempre.
Es la siguiente: ningún país europeo quiere pagar el coste de construir esa autonomía, y Alemania —el único actor con masa crítica para liderarla— prefiere el gradualismo y la estabilidad económica.
El modelo híbrido alemán, finalmente, intenta equilibrar OTAN, UE y consideraciones económicas, pero la crisis de Ucrania ha expuesto sus limitaciones. El silencio de Merz en la Casa Blanca tras el inicio de la guerra en Oriente Medio fue sintomático.
Berlín tiene demasiadas dependencias simultáneas —de Washington para la seguridad, de los mercados globales para su industria— para permitirse la coherencia estratégica que la situación exige.
Ninguno de estos tres modelos es suficiente por sí solo, y su coexistencia produce precisamente lo contrario de una arquitectura: produce fragmentación. Pero más allá de estas visiones competidoras, el problema es más profundo: Europa ha caído en una lógica donde el conflicto se ha normalizado.
La lógica híbrida de confrontación permanente
Lo que ha emergido desde 2022 no es un sistema de seguridad propiamente dicho. Es una lógica híbrida en la que ayuda militar, sanciones económicas, apoyo institucional y competencia geopolítica funcionan como un paquete integrado e indisociable. Convierte el conflicto en el estado normal de las relaciones, no en una anomalía que resolver.
Las sanciones a Rusia, por ejemplo, no han producido los efectos esperados. Moscú ha militarizado su economía, redirigido su comercio hacia Asia y profundizado su dependencia de China —pero continúa combatiendo. Europa, en cambio, ha sufrido el impacto energético, la inflación y el debilitamiento de su competitividad industrial.
Un buque de guerra ruso cruza el puente de Kotor en el Báltico. REUTERS/Yoruk Isik
El instrumento punitivo ha castigado más al que lo aplica que al objetivo. Y las sanciones que comenzaron como medidas de presión se han convertido en parte de la identidad política europea, lo que hace políticamente difícil levantarlas.
La guerra en Oriente Medio ha añadido una capa adicional de vulnerabilidad. El cierre parcial del estrecho de Ormuz por Irán ha demostrado que Europa es rehén de conflictos en los que no tiene agencia. El aumento del precio de la energía golpea directamente la estabilidad política interna —alimentando a diferentes partidos políticos — al tiempo que Washington actúa unilateralmente sin consultar a sus aliados europeos ni siquiera a título informativo.
La tensión entre España y EEUU por el uso de bases militares ha revelado algo que estaba latente desde hace años: la Alianza Atlántica no tiene mecanismos para gestionar desacuerdos profundos entre aliados sobre los objetivos y métodos de la política exterior americana.
Esta dinámica no solo perpetúa el conflicto en Ucrania, sino que aumenta el riesgo de que la situación derive hacia escenarios aún más peligrosos.
Riesgos de escalada, oportunidades perdidas
La situación actual en Ucrania ilustra con claridad los límites del modelo vigente. Cuatro años después del inicio de la invasión, ninguno de los dos bandos ha alcanzado sus objetivos. Rusia no puede conquistar ni controlar Ucrania entera. Ucrania, con el apoyo de unas 50 economías desarrolladas, no ha sido derrotada. Es una guerra de desgaste sin perspectiva de resolución militar definitiva.
El riesgo no es solo la continuación del conflicto ucraniano. Es la escalada horizontal: drones rusos y ucranianos que caen en territorio de países bálticos miembros de la OTAN, tensiones en el Mar Negro, militarización creciente del flanco oriental. Una chispa mal interpretada en ese entorno puede activar el Artículo 5 de la OTAN en un escenario que nadie ha diseñado y para el que nadie está preparado.
El mayor peligro para la seguridad europea no es la guerra en Ucrania como tal, sino una escalada que transforme ese conflicto en una confrontación directa entre Rusia y la OTAN. Y ese riesgo crece cada día que pasa sin un marco de gestión creíble. Ante este panorama, la pregunta urgente es: ¿qué condiciones mínimas debería cumplir una arquitectura de seguridad europea para ser viable?
Hacia una arquitectura viable
No existe una solución limpia. Pero sí es posible identificar las condiciones mínimas que cualquier arquitectura de seguridad europea viable necesitaría incorporar.
La primera cuestión es la necesidad de una separación funcional de los instrumentos de política exterior. Europa debería desacoplar la ayuda humanitaria, la asistencia militar, las sanciones económicas y la diplomacia política, que actualmente operan de facto como un bloque prácticamente indivisible.
Jordi Cañas (The Grey): “Francia y Alemania ganarán la reforma del mercado europeo si España no define una posición propia”Esta integración excesiva convierte cada interacción con los actores implicados en una toma de posición total, reduciendo significativamente el margen de maniobra estratégica y diplomática. En este sentido, las sanciones deberían entenderse principalmente como un instrumento jurídico multilateral, y no como un mecanismo de señalización política bilateral.
Del mismo modo, la reconstrucción de Ucrania debería poder planificarse desde fases tempranas, pero su despliegue a gran escala debería producirse una vez concluido el conflicto militar, evitando así inversiones expuestas a la incertidumbre bélica y garantizando condiciones mínimas de estabilidad para su implementación efectiva.
La segunda es la reactivación de marcos de gestión paneuropeos. La OSCE es el único formato existente que incluye a todos los actores relevantes, incluida Rusia. Está prácticamente paralizada, pero su lógica —medidas de confianza, transparencia militar, protocolos de crisis— es exactamente lo que falta.
Reactivarla no exige reconciliación política; exige pragmatismo. Incluso en los peores momentos de la Guerra Fría, EEUU y la URSS mantenían canales de comunicación directa para evitar errores de cálculo fatales. Esos canales hoy son inexistentes o están gravemente deteriorados.
La tercera condición es la existencia de un entendimiento, al menos implícito, sobre las líneas rojas y los mecanismos de desescalada. Los conflictos en el Cáucaso Sur o en el Ártico responden a dinámicas regionales propias, aunque pueden verse indirectamente influenciados por la guerra en Ucrania a través de efectos de arrastre o escalada cruzada entre teatros de tensión.
En este contexto, Europa necesita marcos de gestión de crisis diferenciados para cada uno de estos espacios, con protocolos de desescalada adaptados a sus características específicas, en lugar de una lógica exclusivamente centrada en el conflicto ucraniano como eje único de estabilidad regional.
La cuarta, y más difícil, es la voluntad de aceptar que Rusia no va a desaparecer del mapa estratégico europeo. Una separación completa entre la UE y Rusia no es estructuralmente realista a largo plazo: son vecinos con economías complementarias en algunos sectores y con una frontera de miles de kilómetros.
Cumbre entre Alemania y Países Bajos en la sede de la OTAN de Brunssum. REUTERS/Piroschka Van De Wouw
El objetivo no puede ser derrotar a Rusia ni reintegrarla sin condiciones, sino crear mecanismos que limiten los incentivos de ambas partes para recurrir a la fuerza. Sin embargo, todas estas condiciones chocan con una realidad incómoda: Europa aún no ha demostrado tener la voluntad política necesaria para implementarlas.
¿Tiene Europa voluntad y tiempo?
La respuesta al unilateralismo americano en Oriente Medio ha sido, salvo la excepción española, un silencio calculado. La Brújula Estratégica de la UE adoptada en 2022 es un documento valioso pero insuficiente. El Fondo Europeo de Defensa existe, pero sus dotaciones son modestas. La industria de defensa europea sigue siendo nacional antes que europea.
Así que diversificar socios, mantener opciones abiertas y evitar dependencias excesivas es la respuesta racional ante la incertidumbre sistémica. Las monarquías del Golfo lo practican con destreza: mantienen relaciones simultáneas con EEUU, China, Rusia, la UE y Turquía, sin comprometerse en exclusiva con ninguno.
Europa no puede copiar exactamente ese modelo —sus compromisos de valores y sus estructuras institucionales le imponen restricciones que los estados del Golfo no tienen—, pero sí puede aprender su lección fundamental: reducir dependencias excesivas no es neutralidad, es inteligencia estratégica.
La pregunta que Europa no puede seguir aplazando es si tiene capacidad para convertir su peso económico y normativo en poder estratégico real antes de que el paraguas americano se retraiga definitivamente. Cada año de improvisación es un año en que otros actores —China, Rusia, EEUU bajo cualquier administración— toman decisiones que definen el marco en el que Europa tendrá que vivir.
EEUU planea retirar un tercio de los cazas que aporta a la OTAN en Europa y reducir los aviones de patrulla marítimaConclusión: construir o ser construido
La arquitectura de seguridad europea del siglo XXI no va a diseñarse en una conferencia internacional ordenada. Se está formando ahora mismo, en el caos de guerras simultáneas, en las tensiones entre aliados, en las negociaciones secretas, en los silencios de los cancilleres europeos ante su principal aliado.
Europa tiene todavía margen para influir en ese diseño. Pero ese margen requiere tres cosas que hasta ahora han escaseado: honestidad intelectual sobre las limitaciones del modelo vigente, voluntad política para construir capacidad estratégica propia, y pragmatismo para dialogar con actores incómodos cuando el interés lo exige.
El discurso europeo sobre la seguridad ya está cambiando — no por convicción, sino por presión. La cuestión no es si cambiará, sino si lo hará con suficiente rapidez para anticipar los próximos golpes, o si Europa volverá a llegar tarde, cuando las decisiones fundamentales ya han sido tomadas por otros.