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Internacional

La fuerza tranquila

La fuerza tranquila
Artículo Completo 751 palabras
El vicepresidente Carlos Cuerpo y el ministro Arcadi España encarnan un perfil templado y gestor para unos tiempos muy difíciles

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El acto de traspaso de carteras EP

Alberto Surio

San Sebastián

Domingo, 29 de marzo 2026, 00:01 | Actualizado 00:33h.

... sino un ajuste de temperatura: menos épica, más termostato. En un Gobierno acostumbrado a la gesticulación, Cuerpo encarna la discreción técnica, ese perfil que no genera titulares pero sí tranquiliza a quienes los leen con lupa desde Bruselas. Simbolizan a su manera la fuerza tranquila, el lema con el que el socialista francés Mitterrand ganó las presidenciales de 1981. Hay biografías que se invocan como escudo y otras como recordatorio. Cuerpo ha subrayado la suya —ese abuelo minero del wolframio en La Serena— no tanto como un gesto de épica social, sino como una forma de situarse: perfil bajo, pulso firme. Un hombre tranquilo que ahora tendrá que dejar de serlo a ratos, porque la Vicepresidencia Primera no es un seminario académico. Ahí le espera el desgaste con el PP y, más delicado aún, un posible deterioro económico que no entiende de currículums brillantes ni de buenas maneras.

En ambos casos hay una idea que incomoda por sencilla: la política como servicio público para resolver problemas, no para crearlos. Una cultura que choca frontalmente con el barro, el ruido y la furia del debate público. No es una cuestión estética, sino funcional: cuando la política se convierte en un campo de batalla permanente, la gestión queda relegada a segundo plano. Todo ello, además, en una semana que le ha permitido a Sánchez recuperar algo más que oxígeno: recuperar el pulso. Y más importante, la iniciativa. Su posicionamiento internacional —ese «no» a la guerra que algunos despacharon como aislamiento— ha demostrado ser menos solitario de lo que parecía. En paralelo, el rechazo a Trump puede ser un elemento movilizador en un espacio progresista que encuentra en esa figura un adversario reconocible. Pero en Moncloa saben que los climas emocionales son volátiles por definición. Que lo que hoy moviliza mañana se disipa o, peor aún, se vuelve en contra. La política reciente está llena de entusiasmos efímeros y de mayorías que se evaporan sin previo aviso. Sánchez lo sabe, y por eso combina el gesto con la gestión.

A eso se suma la aprobación del decreto con medidas anticrisis, que introduce un elemento tangible en medio de tanto relato inflamado. No resuelve todos los problemas, pero sí redefine el terreno de juego: del bloqueo al movimiento, de la consigna a la ejecución. En ese marco, los relevos dejan de ser un simple cambio de nombres para convertirse en una declaración de intenciones. Las próximas elecciones en Andalucía pueden actuar, en ese sentido, como un baño de realismo. Un test menos ideológico de lo que parece y más pegado a la gestión y a las expectativas reales de los ciudadanos. Porque es ahí, lejos del ruido de Madrid, donde se mide la consistencia de los relatos y la resistencia de los gobiernos.

Cuerpo y España no están llamados a protagonizar grandes titulares ni a agitar a las bases. Su papel es más ingrato, pero más decisivo: gestionar sin estridencias, corregir desviaciones, anticipar riesgos. Puede que no entusiasmen. Puede incluso que pasen desapercibidos para una opinión pública acostumbrada a medir la relevancia en decibelios.

Pero en un momento en el que la política española —y no solo la española— parece instalada en la exageración permanente, su mera presencia resulta casi contracultural. Frente al barro, método; frente al ruido, criterio; frente a la furia, una cierta idea de responsabilidad. No es poco. Y, tal vez, tampoco sea casual. Porque cuando la tormenta arrecia, el poder tiende a refugiarse en quienes no hacen ruido, sino que evitan que todo lo demás se desordene.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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