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Economía

La futilidad de volver al futuro

La futilidad de volver al futuro
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España vuelve a estar aislada en lo que se refiere a la seguridad y Defensa de Europa y del bloque occidental. En esta incómoda situación, hay solo un pequeño paso para izar la bandera del "OTAN no, bases fuera". Leer
Ensayos liberalesLa futilidad de volver al futuro
  • TOM BURNS MARAÑÓN
6 MAR. 2026 - 01:13Manifestación en Madrid el 15 de marzo de 2003 contra la intervención militar de EEUU en Irak que se produciría después.FERNANDO ALVARADOEXPANSION

España vuelve a estar aislada en lo que se refiere a la seguridad y Defensa de Europa y del bloque occidental. En esta incómoda situación, hay solo un pequeño paso para izar la bandera del "OTAN no, bases fuera".

Aparentemente, o sin disimulo alguno, se está ante el regreso al futuro radical. Ante un retorno a "OTAN de entrada no", seguido por "OTAN sí" por aquello de que como socio europeo se ha de estar a "las duras y las maduras", y por la indignada réplica de "OTAN no, bases fuera". Ante una vuelta al "Trío de las Azores", al "No a la Guerra" y a la sentada ante el paso de la bandera estadounidense.

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, ha sacado todo ello de nuevo a la palestra. Son gestos que, por mucho que se adornen con solemnes declaraciones institucionales a primera hora de la mañana desde la sede de la presidencia del Gobierno, aburren por haber sido tan repetidos y porque han resultado ser tan fútiles. Explicar que la política del Gobierno se resume en las cuatro buenistas obviedades - "no a la guerra" - del eslogan es de parvulario o de asamblea de Podemos.

Nadie en su sano juicio cree que Sánchez va a cambiar el curso de la geopolítica mundial. Su grandilocuente desahogo biempensante ante las cámaras deja perfectamente indiferente a un personal que no se molesta en el bar de la esquina en mirar al presidente del Gobierno en la pantalla de televisión mientras pide su café con leche mañanero y moja su porra en la taza.

El sentido de futilidad se debe al error de fondo que cometen los del postureo pacifista y las pancartas. Se comportan como si siguiese existiendo ese futuro al que se quiere regresar. Recurren a la multilateralidad aceptada por todos bajo el paraguas de Naciones Unidas. Invocan el derecho internacional y reclaman las reglas que se acordaron tras el fin de la Segunda Guerra Mundial para guiar el orden mundial. El error es no caer en la cuenta de que aquel ciclo ya pasó.

En el nuevo ciclo, llámese la era de Trump, de Putin y de Xi Jinping, Estados Unidos puede actuar impunemente en su esfera de influencia y Rusia y China lo pueden hacer en las suyas. Una de las lecciones principales que se extraen de la guerra que Donald Trump ha declarado a Irán y que tan seria y sentidamente ha condenado Sánchez es que Moscú y Beijing, los dos primordiales aliados de Teherán, le han dejado hacer a Washington.

China puede encajar cómodamente el cierre del Estrecho de Ormuz porque la energía, gas y petróleo que importa del Golfo se lo suministrará Rusia a menos coste y de manera más estable. Vladímir Putin, que ya se puede frotar las manos por el alza del precio del petróleo, le ha dado carta blanca a Donald Trump para hacer lo que desee en el Oriente Medio porque eso asegura que lo podrá hacer él en el este de Europa. De la misma manera, con miras a Taiwán, el presidente de China le ha dado luz verde al presidente de Estados Unidos.

Ni Rusia ni China se rasgan las vestiduras porque Estados Unidos ignore el derecho internacional. Más bien, Putin y Jinping le dan a Trump la bienvenida al club. Esto es lo que está en la conversación de Emmanuel Macron, el británico Keir Starmer y el alemán Friedrich Merz. No se enfrentarán a Trump como lo hace Sánchez.

Trump quiere ponerse las medallas al reordenar el mundo a su gusto y Estados Unidos, junto con Israel, tiene todas las de ganar en el Oriente Medio por su incuestionable superioridad aérea, la potencia de sus servicios de inteligencia y su dominio tecnológico en las guerras híbridas.

Nicolás Maduro, pudriéndose en una cárcel de Brooklyn, es todo un aviso a navegantes en el patio trasero del Tío Sam. A nadie que no sea un "hombre fuerte" le gusta el 'might is right', la razón de la fuerza, pero es lo que hay.

Más les vale a los países que no aspiran al poder hegemónico; es decir, a todos salvo Estados Unidos, Rusia y China, darse una ducha fría para entrar en la realidad de las cosas, ocuparse de los suyos, desarrollar sus propias historias, atender a sus políticas identitarias y guardarse mucho de no irritar al trío de las esferas de influencia.

No compensa ser sectario y ni hay aliados eternos ni enemigos perpetuos. Solo los intereses nacionales son eternos y perpetuos. Esto se entendió muy bien en otro tiempo y por ello se escogió al amigo americano. El acuerdo Madrid-Washington es el pacto estratégico más longevo de cuantos ha firmado España.

Franco, como se sabe, es el único miembro de la humanidad que abrazó a Adolf Hitler y que una década después le propinó un similar apretón con palmadas a la espalda y múltiples sonrisas a Dwight Eisenhower. Sus mediáticos meneos de amistad con el Führer y con el comandante en jefe, ya convertido en presidente de Estados Unidos, de la fuerzas aliadas que vencieron al nazismo dan una medida de las vueltas que en España se da a la política de relaciones exteriores, de Defensa y de seguridad.

El primer abrazo se escenificó en la estación de ferrocarril de Hendaya después de rendirse Francia al Tercer Reich y fue falso. Franco quería ganar tiempo y posponer cualquier alineación con el eje fascista que le daría a Hitler la llave del Mediterráneo al permitirle traspasar una España devastada por su Guerra Civil y atacar Gibraltar. En aquella coyuntura, aunque no lo recuerde la Memoria Democrática, Franco logró mantenerse neutral, o al menos no beligerante, en una guerra mundial que en el caso de haber participado España hubiera significado la prolongación de su trágico fratricidio.

El segundo abrazo, que tuvo lugar en la base de Torrejón de Ardoz, fue un ejercicio de la necesidad convertida en virtud y, por lo tanto, genuino. El régimen franquista había dejado de ser un paria internacional al firmar con Washington en 1953 unos "acuerdos ejecutivos" (ayuda militar y económica a cambio de bases) llamados los Pactos de Madrid, y el dictador, al darle todas las facilidades a la marina y a la aviación estadounidense, se convertiría en el "centinela de occidente".

Años después y ya cercano a la muerte, Franco le aseguraría al general Vernon Walters, enviado especial de otro presidente norteamericano, Richard Nixon, que España seguiría siendo un fiel aliado porque le sucedería el príncipe Juan Carlos y porque su legado era una "gran clase media" que hasta entonces no había existido en España. Walters, que hablaba un perfecto español, había acompañado a Eisenhower como traductor en su visita a España en 1959.

Hoy se juega con una baraja de naipes muy distinta, puesto que el inquilino de la Casa Blanca tiene muy poco que ver con Eisenhower, el decente militar y experimentado gestor del multilateralismo que la ocupó durante los primeros años de la Guerra Fría. Y la actual partida de cartas no tiene absolutamente nada que ver con la anterior.

El que hoy dirige la política en estos pagos es tan experto como el que más a la hora de hacer de la necesidad virtud, pero nunca ha mostrado excesivo entusiasmo por ser el guardián de las democracias liberales.

Motivos tácticos

La virtud es un tema subjetivo, pero la necesidad pertenece al reino de lo objetivo y se distingue sin dificultad. Los Pactos de Madrid respondieron al requisito imperioso de acabar con el aislamiento diplomático pero no fueron, ni pretendieron ser, un ejercicio de probidad. Y los apoyos anti-bélicos que en adelante podrá buscar Sánchez puede que respondan más a motivos tácticos que a una conducta moral. Tanto en el anterior escenario como en el actual, mandan las circunstancias.

La fatalidad que impulsa las políticas públicas estaba tan presente en el lejano ayer como lo está en la actualidad. La dictadura hace setenta años quería sencillamente perdurar y sus acuerdos con la Administración de Eisenhower le vinieron como anillo al dedo. El sanchismo, como todo sistema político, también quiere eternizarse y las alianzas que intercambia con sus socios; es decir, con la ultraizquierda, pasan por el radical desacuerdo con esa Administración hegemónica de 'America First' que dirige Donald Trump.

La circunstancia hoy es que Sánchez culpa a Trump de declarar guerras ilegítimas y que Trump acusa a Sánchez de ser un aliado "terrible" del cual no se puede fiar porque no contribuye lo que debe para financiar la OTAN y porque prohíbe que Estados Unidos utilice las bases de Rota y Morón para misiones en Irán. Y la situación es que España vuelve a estar aislada en lo que se refiere a la seguridad y Defensa de Europa y del bloque occidental.

En esta incómoda situación, hay solo un pequeño paso para izar la bandera de "OTAN no, bases fuera" y abrazar al Foro de Puebla y al Sur Global. Cualquier cosa es posible en estos polarizados tiempos de populismo y posverdades. Los disparates se multiplican cuando con el fin de seguir en el poder se pretende volver a un futuro que no existe.

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Fuente original: Leer en Expansión
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