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Xi Jinping en un encuentro entre China e Irán. DPA La guerra en Irán vista desde China: una crisis «llena de oportunidades»El gigante asiático sufre menos que otros países orientales por el bloqueo energético en un conflicto que le permite «fortalecer su posición global»
Pekín
Domingo, 22 de marzo 2026, 22:34
... otra. Por eso, con la descomposición del orden global exhibida en la guerra de Irán, todo planteamiento que no mire al Este reflexiona a medias. La errática política exterior de Donald Trump, acelerador del caos estructural, desconoce el principio de no-contradicción. De ahí que la ofensiva contra el régimen de los ayatolás pueda verse a la vez como una dádiva y un guantazo a China, la maniobra de una gran estrategia contra el único rival sistémico y un despiste. Pero, ¿cuál es la perspectiva al otro lado?Noticias relacionadas
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«En términos relativos, eso genera cierto margen geopolítico para China, porque Estados Unidos está destinando atención política, capacidad militar y recursos económicos a otro conflicto lejos de Asia Oriental. Pero sería un error decir que Pekín lo celebra. Sigue necesitando un entorno pacífico y predecible para el comercio, la inversión y el crecimiento, y la inestabilidad en el Golfo perjudica a los tres», prosigue. «Si el estrecho de Ormuz sigue alterado, China sentirá una presión real, pero será más manejable que existencial».
El impacto inmediato en la relación bilateral ha quedado consumado después de que Trump postergara su visita oficial prevista para dentro de dos semanas, aduciendo la necesidad de permanecer en Washington durante el conflicto. En declaraciones previas, el presidente de EE UU había sugerido que el viaje podría estar supeditado a la participación del gigante asiático en patrullas militares por el estrecho de Ormuz, extremo desmentido a posteriori por su secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el propio Ministerio de Exteriores chino.
Mal de muchos
La coyuntura, tal y como aducía Trump, constriñe la seguridad energética del gigante asiático. El 70% del petróleo consumido en China es importado: un 13% del cual procede de Irán y un 4% de Venezuela, lo que pone en cuestión casi un quinto de su suministro. Un riesgo aligerado a corto plazo por la posibilidad de que el régimen persa autorice el tránsito de embarcaciones cuyas operaciones se hayan realizado en yuanes. Muchos buques procedentes del gigante asiático evitan de momento el enclave. El 'Kai Jing', un superpetrolero operado por la empresa China Merchants Energy Shipping, se convirtió el lunes en el primero en modificar su ruta, redirigiéndose al estrecho de Bab el-Mandeb para recibir la carga en el puerto saudí de Yanbu, según el medio económico 'Caixin'.
Esta excepcionalidad, de confirmarse, se asentaría en la proximidad diplomática de ambos regímenes y contaría con precedentes históricos. «Las relaciones entre China e Irán se remontan a la década de los setenta, cuando se iniciaron durante la era Palavi. A pesar de los cambios políticos tras la Revolución Islámica, los vínculos bilaterales no solo sobrevivieron, sino que se fortalecieron, incluso durante la guerra contra Irak», ilustra Majid Ghorbani, profesor en CEIBS, la prestigiosa escuela de negocios radicada en Shanghái.
70% del petróleo
que consume China procede del exterior. En concreto, alrededor del 13% llega desde Irán mientras un 4% sale de Venezuela.
«Hacia el final de ese conflicto, Irán empleó diversas medidas para interrumpir el tráfico a través de Ormuz, pero China probablemente negoció un paso seguro para sus buques, porque estos no sufrieron el más mínimo daño. En el contexto de la guerra y el bloqueo actuales podría surgir un arreglo similar». Dado que el 90% del petróleo que atraviesa Ormuz va a parar a Asia, esto genera una paradójica consecuencia: «En conjunto, aunque un cierre o una disrupción del estrecho afectaría a China, el impacto relativo podría ser menos severo que para otras economías altamente dependientes en la región», esto es, aliados de EE UU como Japón o Corea del Sur.
Además, incluso aunque dicho tránsito no se produjera, el gigante asiático cuenta con más recursos que otros países vecinos para capear el temporal, tal y como indica Ghorbani. «China ha diversificado sus importaciones críticas, como la energía. También lidera el mundo en generación renovable instalada y cuenta con extensas reservas nacionales de carbón».
No tan amigos
Por todo ello, los analistas consultados por este medio no consideran que Pekín suponga el fin último de la campaña norteamericana. «No he visto evidencias convincentes al respecto. Por supuesto, las grandes intervenciones militares de Estados Unidos tienen implicaciones de segundo orden para China, pero eso es muy diferente a decir que es el objetivo», defiende Wang.
«De hecho, si Washington estuviera principalmente enfocado en la competencia estratégica a largo plazo con China, engancharse de manera profunda en otra guerra en Oriente Medio sería una manera extraña de perseguir ese objetivo. Como han señalado muchos, esta guerra de elección contra Irán representa otro revés importante para el llamado 'giro hacia Asia' de EE UU», zanja. Un ejemplo ilustrativo de esta dinámica es la supuesta movilización parcial del sistema de defensa antiaérea posicionado en Corea del Sur, cuya instalación en 2017 enfureció al gigante asiático.
«China no interviene en los asuntos domésticos de otros países, ese es el principio rector de su política exterior. Por eso, puede presentarse como el constructor de la paz»
Cui Shoujun
Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Popular de Pekín
La crisis en Irán, más bien al contrario, está repleta de oportunidades. «EE UU ya no es percibido como un país que proporciona bienes públicos, como antes Naciones Unidas o la acción contra el cambio climático. No solo por provocar crisis geopolíticas, también por los aranceles», apunta Cui Shoujun, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Popular de Pekín. «A largo plazo, lo que Trump está haciendo transferirá legitimidad a China como nuevo proveedor de bienes globales, por ejemplo la Nueva Ruta de la Seda. China no interviene en los asuntos domésticos de otros países, ese es el principio rector de su política exterior. Por eso, puede presentarse como el constructor de la paz».
Ahora bien: su conversión en eje de un nuevo orden global tiene por ahora sus limitaciones, evidenciadas en su incapacidad de desincentivar el ataque a países próximos ni proporcionar asistencia práctica a posteriori, una inhabilitación especialmente significativa ante un mundo de hostilidad creciente. «La credibilidad de China solo está dañada si uno asume que toda gran potencia debería comportarse como Estados Unidos. Washington mide tradicionalmente la influencia a través de alianzas, garantías de seguridad y poder militar expeditivo. Pekín no», argumenta Wang.
«China ofrece otro tipo de relación: más comercio, finanzas y coordinación diplomática, menos garantías de seguridad. Ese modelo da flexibilidad y reduce el riesgo de sobreextensión estratégica. Pero también implica que, una vez que una crisis se vuelve violenta, los actores regionales tienden a mirar primero hacia Washington, no hacia Pekín, para cuestiones de seguridad».
Unas cuentas, en resumen, que China hace en solitario. Pero, de momento, favorables. «Si China logra capitalizar con éxito las oportunidades diplomáticas, económicas y estratégicas», concluye Ghorbani, «la crisis actual podría en última instancia fortalecer, en lugar de debilitar, su posición global».
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