Vuelve Mónica
La historia de amor tatuada en la torre de La MisericordiaTres décadas después del célebre grafiti a casi 100 metros de altura, José Carlos y Mónica repasan en esta playa malagueña el origen de una leyenda urbana que el tiempo no ha podido borrar
Regala esta noticia Añádenos en GoogleMálaga
26/09/2026 a las 05:45h.Málaga es una ciudad con dos faros. Los dos tienen nombre de mujer. En el Puerto, la Farola y, en la playa de La Misericordia, una torre que no es torre sino chimenea industrial, y que se llama Mónica. Un nombre que nunca se podrá borrar del ladrillo. Una historia que ya no se lee en esa pared, pero que cuenta de memoria cualquiera que se pueda llamar malagueño: la leyenda de la Torre Mónica. Han pasado 33 años de la historia de amor que más huella ha dejado en la capital. Y, aunque la antigua fábrica de plomo de Los Guindos ya no luce ese tatuaje blanco sobre su ladrillo, sigue teniendo nombre propio en el mapa sentimental de toda una ciudad.
El desencadenante de esta historia es una «pelea tonta». De esas discusiones de adolescencia que con 16 años parecen el fin del mundo. Lo cuentan sus propios protagonistas, José Carlos Selva y Mónica Vallejo, reunidos por SUR por primera vez a los pies de la chimenea, su torre. Siguen juntos, sí. Más enamorados que nunca y con cuatro hijos. Un amor fuerte como ese gigante de piedra. Ellos creen que con los ojos del corazón la torre también se ve desde Tenerife. Allí es donde la pareja decidió buscarse la vida con 18 años y donde han fijado su residencia, aunque su amor siga anclado en la playa de su juventud. Vuelven a Málaga siempre que pueden. «Nos hemos criado aquí. Esta orilla es nuestra orilla y, siempre que venimos a Málaga, la visita a nuestra torre es obligada». No sueltan sus manos mientras hablan. El tiempo se ha quedado aquí congelado. Están ante el patrimonio de toda una ciudad, pero que es suyo más que de cualquier otro.
«Si tuviera permiso del Ayuntamiento volvería a pintarla, claro, pero hoy en día esto es patrimonio de la ciudad»
José Carlos Selva
Corría el año 1993. Estudiaban juntos en el Instituto Mare Nostrum. «Éramos unos chiquillos, él tenía 17 y yo 16», recuerdan mirando al gigante de ladrillo que domina toda la playa. Llevaban apenas un año juntos y, tras un pequeño desencuentro un viernes por la tarde, ella se fue a su casa enfadada. «No recuerdo ni por qué nos peleamos», añade Mónica. José Carlos no era un novio convencional. Adicto al deporte de riesgo, por aquel entonces no sólo practicaba escalada, sino que junto a sus amigos de Bonaire, donde vivía, utilizaban la propia chimenea para hacer sus «virguerías». «Nos tirábamos en rápel boca abajo, boca arriba... En aquella época estábamos un poco locos», confiesa él entre risas. Así que, para pedirle perdón a su chica, descartó las flores y decidió decírselo alto, muy alto, tanto como los 106 metros que entonces tenía la torre. Años más tarde, con la reforma, se rebajó a 96 metros por riesgo de derrumbe.
La noche del sábado se puso en marcha. No había nada improvisado. El plan era tan sencillo como arriesgado, consistía en subir hasta la cima de la chimenea y luego descolgarse con cuerdas. Peldaño a peldaño hasta la cumbre. «Si te ponías allí al borde, notabas como el aire movía la chimenea», recuerda mientras cuenta uno a uno esos escalones. Miraba hacia abajo donde estaba su cómplice en esta peripecia, su amigo Roberto. No quiere que sea el olvidado de esta historia. «Subimos los dos. Mientras yo estaba colgado preparando las cuerdas para tirarme en rápel, él me pasaba los cubos de pintura blanca», apunta José Carlos.
Mónica le había preguntado esa misma tarde si salían. Él respondió «que no, que tenía plan». ¡Y qué plan! Estuvo dando brochazos a oscuras desde las diez de la noche hasta las dos de la madrugada. A mitad del descenso se percató de que había fallado el cálculo de pintura y cambió sobre la marcha su 'Mónica Te Quiero' inicial -existe hasta el boceto- por un rotundo y escueto 'Mónica'. En aquel riesgo llevaba la carga de romanticismo, no hacían falta más explicaciones escritas.
«No me podía creer lo que había hecho»
A la mañana siguiente, José Carlos se presentó en casa de Mónica, en la barriada de Vistafranca, con su Vespino. «Móntate, que te voy a enseñar una cosa», le dijo. Ella recuerda perfectamente el trayecto hasta el «tubo», como llamaban entonces a la estructura que se erigía sobre las ruinas de la fundición abandonada, entre ratas y chatarra. «Desde lejos yo ya veía el nombre. ¡No me podía creer lo que había hecho!», cuenta ella.
Aun así, la joven tiró de orgullo: «Al principio no dije nada, me hice la dura... ¡Pero claro que hicimos las paces al momento! Y eso sí, por la tarde me llevé a todas mis amigas a la playa para presumir». Todavía Mónica pasaría años en el anonimato para toda una ciudad, pero en su barrio era un secreto a voces. «Los vecinos sabían perfectamente quién lo había pintado: ¡Mira lo que le ha hecho el José Carlos a la Mónica!», ríen. Pese a todo, la proeza se llevó en secreto familiar durante un año, hasta que en un día de playa a la madre de José Carlos le señalaron la famosa pintada. «Cuando mi marido le confirmó que había sido él, a mi suegra casi le da algo: '¡¿Pero tú estás loco para subirte ahí?!», rememora Mónica.
Durante años, semejante hazaña generó un sinfín de leyendas urbanas que Mónica iba encontrando en foros de Internet: «Decían que si el de la pintada era un drogadicto, que si se había matado, que si se había suicidado...». Incluso aparecían falsos autores atribuyéndose el mérito. Pero el detonante para dar la cara vino cuando el Ayuntamiento de Málaga restauró la chimenea en el año 2007. Al ver que se borraba el nombre y leer declaraciones «de políticos» que quitaban hierro al asunto del nombre, tildando la acción como una «cosa de niñatos» que igual incluso «ni siquiera seguían juntos», ella entró en cólera. Decidió mandar una carta aclaratoria que puso fin al misterio, con nombres y apellidos. «Yo soy Mónica, la de la torre».
José Carlos mira hoy a los ojos a Mónica y confiesa que, por ella, volvería hoy mismo a subir con sus botes de pintura, pero también añade con cautela: «Si tuviera permiso del Ayuntamiento, claro, pero hoy en día esto es patrimonio industrial de Málaga y hay que respetarlo. En aquella época no era más que una fábrica abandonada». Hoy es un ladrillo limpio, inmaculado, sin alma, pero en la retina de José Carlos y Mónica ese nombre sigue ahí, intacto. La miran, se abrazan, se besan como si volvieran a vivir en esa mañana de domingo de 1993. Volver a Málaga es una recarga sentimental. Podrán borrar la pintura, pero no su historia de amor. Porque la chimenea, que luego fue torre, que primero fue de Los Guindos, ahora es, y será siempre, la Torre Mónica. Su historia de amor es una luz que nunca se apaga en ese otro faro que desde La Misericordia ilumina a toda una ciudad.
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