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La invención del vasquismo del 'Guernica' de Picasso

La invención del vasquismo del 'Guernica' de Picasso
Artículo Completo 816 palabras
Agustín Ibarrola fue el pionero en su lectura identitaria desde las filas del PCE en los años 60 Leer

«Las bombas para Gernika y el cuadro para Madrid» es una frase especialmente cáustica que, durante años, contestó al rechazo de los sucesivos ministerios de Cultura de España a las peticiones de préstamo del Guernica Picasso al Museo de Bellas Artes de Bilbao primero, al Guggenheim después y a un idealizado museo nacional vasco en la villa de Guernica, soñado en algún momento de los años 70. Guernica, gernikara, era la otra frase que expresaba el agravio: «El Guernica, a Gernika».

En realidad, a nadie en se le ocurrió vincular al Guernica de Picasso con la identidad vasca hasta los 60. El gusto estético del PNV, el partido único del nacionalismo hasta la explosión del 68, era tradicionalista, católico y rural. ¿Por qué iba a identificarse con una estética universalista y con un pintor comunista y andaluz? El lehendakari José Antonio Aguirre visitó el Pabellón de la República Española en París, el lugar para el que Picasso pintó su inmenso lienzo. Se hizo una foto delante y se fue. Durante los siguientes 25 años, el Guernica habló indiscutiblemente del mundo, no del País Vasco y ni siquiera de España. Encontró su lugar en el MoMA de Nueva York, el museo más universal del planeta, y tuvo réplicas que denunciaron las guerras de descolonización, de Vietnam a África. El mito del bombardeo, silenciado por la dictadura, creció en el mundo, no en la Península.

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De modo que la vasquidad del Guernica nació fuera del nacionalismo, en los círculos del Partido Comunista de España que en los años 60 empezaron a acercarse al lenguaje del nacionalismo. Dos artistas fueron los primeros en hacer una lectura identitaria del cuadro: José Luis Zumeta (1939-2020) y Agustín Ibarrola (1930-2023), el pintor que, con los años, habría de convertirse en uno de los enemigos más odiados del nacionalismo. En 1967, Zumeta pintó un nuevo Guernica de temática explícitamente vasca.En esos años, Ibarrola compuso un mural que reproducía las figuras de Picasso y sobre el que escribió un texto: «Gernika. Mañana todo Euskadi». Hay algo importante que aclarar: igual que en el País Vasco, los pintores del resto de España hicieron suyo el cuadro en los años 60 y 70, lo convertieron en una cuestión identitaria, sólo que española y no solo vasca. Impulsados por el PCE, las reproducciones del cuadro también entraron en las casas de miles de españoles.

Ibarrola es la persona clave en esta historia. «Los vascos pedimos a todos los pueblos del estado español que contribuyan a que Euskadi pueda acoger junto al árbol de Guernica en el pueblo sagrado de los vascos al Guernica de Picasso. [...] Los vascos no deseamos apoderarnos de este patrimonio de los pueblos de España. Creemos que el Guernica situado en Guernica, en Euskadi, fortalecerá la mejor relación y entendimiento entre las gentes de nuestra plurinacional España democrática», escribió el pintor bilbaíno. «Los vascos queremos montar el necesario museo nacional de Euskadi del arte y de la cultura vasca, el museo capaz de reunir, por fin, junto a las formas artísticas y culturales que abarquen desde las cuevas de Santimamiñe hasta la Euskadi industrial de hoy».

Su enemigo fue Santiago Carrillo, que calificó de «provincianas» sus ideas y medió con la familia de Picasso para desbloquear la llegada del Guernica a España. A Madrid, sí. Carrillo quería el cuadro en el Prado.

En junio de 1977, después de las primera elecciones, España se sintió legitimada para reclamar el regreso del cuadro desde Nueva York. El conservador jefe del MoMA, William Rubin, protestó: el Guernica pertenecía a la República y la República no gobernaba el Prado. Se quedó solo. El 15 de mayo de 1978, el Senado de Estados Unidos firmó su «de acuerdo». El 10 septiembre de 1981, un avión de Iberia IB 952 aterrizó en Barajas con el lienzo. Ninguna aseguradora cubrió el viaje: la dificultad de mover el picasso es un hecho cierto. Su actual anfitrión, el Museo Reina Sofía, recordó el jueves que su Departamento de Conservación desaconseja cualquier traslado. La obra sigue siendo la pieza central de su colección.

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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