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La jubilación demorada gana terreno: la experiencia de tres profesionales en Málaga

La jubilación demorada gana terreno: la experiencia de tres profesionales en Málaga
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Crecen los trabajadores que prorrogan su retiro profesional: a veces para mejorar la pensión; otras, simplemente, por «amor al oficio»

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La jubilación demorada gana terreno: la experiencia de tres profesionales en Málaga

Crecen los trabajadores que prorrogan su retiro profesional: a veces para mejorar la pensión; otras, simplemente, por «amor al oficio»

Susana Zamora

Sábado, 10 de enero 2026, 00:41

Como resultado del retraso voluntario del retiro, la edad media de acceso a la jubilación se sitúa en 65,3 años. Además, las mujeres se jubilan más tarde que los hombres tanto en el Régimen General como entre los autónomos.

En 2026, la edad legal de jubilación es de 66 años y 10 meses, aunque quienes puedan acreditar 38 años y 3 meses de cotización, podrán retirarse a los 65 años. Aquellos que desean seguir trabajando pueden incrementar su pensión en un 4% por cada año completo adicional cotizado. Desde el 1 de abril de 2025, los periodos de demora superiores a seis meses también computan, con un aumento adicional del 2%.

La normativa permite igualmente optar por un pago único por cada año adicional, que oscila entre 4.800 y 13.500 euros, o bien por una fórmula mixta para quienes alarguen su retiro entre dos y diez años.

SUR ha hablado con tres profesionales que por necesidad o por «amor al oficio» han prorrogado su jubilación.

Antonio Heredia Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la UMA

«El incentivo anual para retrasar la jubilación nunca ha sido determinante para seguir en activo»

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A sus 68 años, el catedrático de Bioquímica y Biología Molecular Antonio Heredia sigue recorriendo los pasillos de la Universidad de Málaga con la misma energía que cuando comenzó su andadura académica hace ya 46 años. Nacido en 1957 en Jódar (Jaén), entró por primera vez en la universidad en octubre de 1979 como profesor ayudante. Desde entonces no ha dejado de impartir docencia ni de investigar, dos actividades que, asegura, siguen siendo una fuente de entusiasmo cotidiano. «Estoy en un momento profesional magnífico», reconoce. Por ello, cuando cumplió los 65 años y reunía sobradamente los requisitos para jubilarse (acumulaba ya 43 años de cotización), ni siquiera se lo planteó.

La decisión de prolongar su vida laboral no responde a un único motivo, pero sí a un factor que considera absolutamente determinante: la salud. «Mientras me encuentre bien, seguiré aquí. Ese es el requisito principal», afirma. Hace más de una década sufrió un infarto, pero hoy se siente en plenas facultades para continuar hasta los 70. Y si la ley lo permitiese, incluso más.

A esta motivación física se suma otra que él define como la esencia de su decisión: la vocación de servicio. Heredia asegura que los últimos diez años han sido los mejores de toda su carrera, un periodo en el que ha experimentado una plenitud profesional que lo anima a seguir adelante. «Disfruto más que nunca de mi trabajo. La experiencia acumulada te permite mirar la investigación con más globalidad y relacionarte mejor con los estudiantes. Es un privilegio poder seguir activo», afirma. Actualmente dirige un proyecto del plan nacional, acompaña la recta final de dos tesis doctorales y mantiene una intensa agenda docente que, lejos de agotarlo, lo estimula. Desde hace seis años, se mantiene en el listado de investigadores de la UMA más citados (índice y ranking de la Universidad de Stanford) por carrera investigadora.

Curiosamente, lo económico no pesa en su decisión. La prórroga hasta los 70 años conlleva un incentivo del 4% adicional por cada año extra trabajado, pero él lo considera «irrelevante». «Lo digo con absoluta sinceridad: ese tema no ha tenido ninguna importancia para mí», subraya.

Sin embargo, reconoce que la permanencia prolongada de los profesores mayores no siempre es bien entendida social ni institucionalmente. Heredia percibe una falta de reconocimiento hacia el talento sénior en la universidad española. Recuerda una anécdota especialmente reveladora: «El catedrático que dio la lección inaugural de este año pidió al rector que cuidara a los profesores mayores. Aquello me impactó, porque resume una necesidad que todos sentimos y que no siempre se atiende». Considera que la experiencia de estos docentes es un recurso valioso que no debería desaprovecharse y que los medios y la sociedad tendrían que poner más en valor para combatir el edadismo.

También rechaza la idea de que su continuidad perjudique la promoción de los jóvenes. «La carrera de un profesor joven depende de su acreditación y de su trabajo, no de que yo me jubile un par de años antes», sostiene. Recuerda además que su generación vivió circunstancias muy distintas: en los años 80 y 90 era posible obtener una plaza de titular antes de los 30 (él lo logró con 28) y alcanzar el grado de catedrático antes de los 45, «algo impensable hoy».

Mirando al futuro, Heredia se siente tranquilo. Su familia (su esposa, sus dos hijos y una nieta) no le presiona para que se retire; lo ven feliz. Cuando llegue el momento, asegura, sabrá llevar la jubilación con serenidad. Le esperan aficiones que siempre ha cultivado: la fotografía, la música clásica y la dirección de una revista. «Solo me iría si mis estudiantes o mis colegas me hacen sentir que ya está bien», concluye.

Charo García Autónoma

«Necesito cotizar hasta los 67 años; no puedo permitirme perder ni un euro»

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En la pequeña localidad malagueña de Fuente de Piedra, Charo García (Antequera, 1960) encara los últimos años de su vida laboral al frente de la droguería-perfumería que abrió junto a su marido hace casi dos décadas. A sus 65 años, sigue levantando cajas, atendiendo a clientes y ajustando gastos cada mes: si se jubila antes de los 67, su pensión se vería penalizada. «Me falta un año para la jubilación ordinaria y no me gustaría perder ni un euro», explica. «He trabajado toda la vida, desde los 14 años, pero muchos de esos trabajos no cotizaron. Y ahora eso me pasa factura».

Su trayectoria lo demuestra. Antes de convertirse en autónoma y con solo 14 años ya cuidaba a una niña pequeña, luego trabajó como planchadora para la firma Mayoral, en el Ayuntamiento de Antequera y en una empresa de sondeos. «En aquella época nadie hablaba de cotizar, ibas enlazando trabajos como podías», recuerda. Esa precariedad que hoy denuncia marcó su futuro: no llegó a reunir los años necesarios para acceder a una jubilación anticipada sin recortes.

La droguería que abrió con su marido sobrevivió a la crisis del Covid-19, a los cambios de hábitos de compra y a la expansión de las grandes superficies. Pero la pandemia fue decisiva. Desde entonces, explica Charo, las ventas no levantan cabeza. «Compites con Internet y con tiendas gigantes, y al final tú no puedes bajar más los precios; lo que haces es trabajar prácticamente para pagar».

La rentabilidad es tan escasa que solo abre por las mañanas: una forma de contener gastos y de ahorrar energías. «Si no me faltaran estos dos años para jubilarme, la habría cerrado ya», confiesa. «La tienda la mantengo por cotizar, no por beneficio».

Charo se jubilará en un año, a los 67. En 2027, será la edad ordinaria de jubilación para quienes hayan cotizado menos de 38 años y 6 meses. No tiene intención de apurar más allá. Considera que retrasar la edad de jubilación «depende mucho del oficio».

Mientras algunas amistades suyas optan por jubilarse antes, incluso con penalización, ella lo descarta. «Se lo digo de verdad, yo estoy aguantando por este tema de la jubilación, porque si yo ya tuviera mis años cotizados no seguiría». Así las cosas, su idea es coordinar su retirada con la de su marido, más joven pero con más años cotizados.

Charo habla con franqueza cuando se menciona el sistema de cotizaciones. «Los autónomos somos los más puteados», sentencia. «Pagas mucho y recibes poco». Pero su preocupación se extiende más allá del presente. Sus dos hijos trabajan y Charo descarta que continúen con el negocio familiar. «Ni se lo plantean viendo cómo van las cosas», asegura.

En 2027, si nada cambia, Charo cerrará su negocio y pondrá fin a más de medio siglo de trabajo. Hasta entonces, continúa abriendo cada mañana, resistiendo.

Ramón Blesa Notario

«Yo no prorrogué mi jubilación para cobrar más; lo hice por pura vocación»

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A Ramón Blesa (Linares, 1954) le queda poco para cumplir 72 años y, con ello, para abandonar de forma obligatoria un oficio que ha ejercido durante casi cuatro décadas (los últimos 26 años en Málaga). La ley no le permite continuar más allá del 19 de febrero de 2026. «El mismo día que cumplo 72 tengo que cesar. Ni un día más», explica con serenidad, aunque la idea de dejar la profesión aún le pesa.

Su caso es representativo de una generación de notarios que han visto cómo la edad de jubilación se ha movido durante las últimas décadas. «Hasta 1983 nos jubilábamos a los 75. Luego se redujo progresivamente hasta los 70, y hace pocos años se volvió a ampliar hasta los 72, igual que para registradores, jueces y magistrados», recuerda.

Blesa no se marcha por voluntad propia. Y tampoco por motivos económicos. Tras 38 años de cotización, lleva tiempo con derecho a pensión máxima. «Yo no prorrogué mi jubilación para cobrar más. Lo hice por pura vocación», afirma. De hecho, reconoce que apenas se detuvo a pensar en su situación hasta hace unos meses, cuando asumió que ya no habría más prórrogas.

Mientras habla con SUR, Blesa deja entrever un dilema personal que ha ido creciendo con los años. Su pasión por el oficio le empuja a seguir. Su vida familiar, en cambio, le reclama. «En alguna ocasión me he planteado si merecía la pena seguir, sobre todo cuando nacieron mis nietas», admite. Pero siempre llegaba a la misma conclusión, que era continuar.

Su mujer, Maribel, lo ha apoyado siempre y quien sacrificó su carrera por él. Ahora ella es quien más celebra la llegada de esta nueva etapa. Y es que sus hijos viven en Madrid y ya jubilado «nos gustaría ir más a menudo a visitarlos», explica con emoción contenida.

Pese a la «leyenda urbana» de que los notarios solo se limitan a firmar, Blesa reivindica la complejidad de su trabajo: «La gente cree que llegamos, leemos y firmamos, pero no es así. Mucho antes hay horas de preparación, estudio del caso y revisión jurídica». A menudo se lleva expedientes a casa por la tarde, para tener al día siguiente un documento a la altura de los requisitos legales y del cliente.

Esa parte humana, asegura, es lo que más echará de menos. «A los notarios nos llaman confesores civiles. La gente te cuenta su vida entera cuando viene a otorgar un testamento o resolver una herencia. Es un privilegio», admite quien ha sido durante años vocal por Málaga en la junta directiva del Colegio Notarial de Andalucía.

Aunque reconoce que no está mentalizado para la jubilación, Blesa intenta mirarla con optimismo. «Voy a tener más tiempo para mi familia, para viajar, leer y pasear. Pero sé que voy a echar muchísimo de menos mi trabajo». Tras décadas de entrega, de jornadas que empezaban a las nueve de la mañana y muchas veces terminaban a las ocho de la tarde, pronto se enfrentará a un ritmo completamente nuevo. Y aunque no lo dice abiertamente, deja entrever cierta nostalgia anticipada por un oficio que ha sido su vida. «El día que aprobé la oposición fue quizá el más feliz de mi vida. A las puertas de la jubilación creo que no podía haber elegido una profesión que colmara más mis aspiraciones y sentir más orgullo que el de haber sido notario», confiesa con una mezcla de emoción y despedida.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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