Donald Trump y Mohamed Bin Salman en el foro de inversión saudí-estadounidense de Washington en noviembre de 2025. REUTERS/Evelyn Hockstein
Oriente Próximo La jugada en la sombra de Bin Salman, el príncipe heredero saudí: presionó a Trump junto a Israel para atacar IránJugó a dos bandas para debilitar a Teherán sin pagar el precio de la represalia, mientras la región calcula ganancias y pérdidas ante un horizonte incierto.
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Marga Zambrana Publicada 2 marzo 2026 02:24hLas claves nuevo Generado con IA
El ataque masivo de Donald Trump contra Irán se produjo contra las recomendaciones de parte de su equipo en Washington y tras varias semanas de presión diplomática sobre el voluble presidente por parte de Israel y Arabia Saudí. Se trata de un tándem poco habitual en Oriente Medio pese a ser ambos aliados tradicionales de EEUU.
Según cuatro fuentes conocedoras citadas por The Washington Post, Jerusalén y Riad insistieron en que ahora era el momento de golpear. Esto empujó a Washington hacia una operación con ambición explícita de cambio de régimen y pese a evaluaciones de inteligencia estadounidenses que no veían una amenaza inminente para el territorio continental de EEUU.
De acuerdo con esas fuentes, el príncipe heredero saudí Mohamed bin Salman habría practicado una doble vía. En público, Riad respaldaba una salida diplomática y aseguraba que no permitiría el uso de su espacio aéreo o territorio para un ataque.
En privado, habría llamado varias veces a Trump para abogar por la ofensiva y advertir de que la inacción haría a Irán "más fuerte y más peligroso".
Irán cumple su amenaza y bombardea las bases militares de EEUU en Baréin, Catar, Emiratos Árabes y KuwaitBin Salman —señalado por la inteligencia estadounidense como responsable último del asesinato del periodista Jamal Khashoggi en Estambul en 2018— habría presionado mediante lobbies, mensajes y llamadas para impulsar un ataque del que el reino podía beneficiarse ampliamente.
El medio Al Arabiya indica que MbS reiteró en público que no cedería su espacio aéreo, en parte para evitar represalias. A la vez, medios regionales han descrito señales de coordinación política entre Riad y Washington tras el ataque, con intercambios de llamadas entre Trump y el heredero después de las represalias iraníes contra países del Golfo, incluida Arabia Saudí.
Estos contactos refuerzan la lectura de Riad como actor central del día después (en cuanto a gestión de represalias, disuasión y narrativa), aunque no prueban implicación saudí en el diseño de la operación. Antes de los ataques, Reuters informó de contactos y visitas de responsables israelíes y saudíes en Washington para discutir escenarios, en un momento en que Trump aún sopesaba opciones.
La conducta del heredero encaja con la estrategia que Chatham House sintetiza como "debilitar a Irán sin incendiar el Golfo". Consiste en maximizar el daño estratégico a Teherán minimizando la exposición saudí. Su influencia sería superior a la de otros líderes regionales por su acceso directo y frecuente a Trump, una palanca personal que suele pesar más que los cauces burocráticos.
Si la apuesta sale bien para Arabia Saudí, Riad ganaría margen para reordenar el equilibrio regional junto con Israel y EEUU, evitando aparecer como cobeligerante. De ahí su insistencia pública en no facilitar el ataque. El líder israelí Benjamín Netanyahu, por su parte, ha mantenido durante años una campaña pública a favor de golpes estadounidenses contra Irán.
Ambos líderes convergerían en un objetivo de fondo: alterar la correlación de fuerzas en Oriente Medio y romper el tabú de deponer por la fuerza al régimen de los ayatolás, asentado desde hace décadas en un país de más de 90 millones de habitantes.
Bin Salman y Trump bromean en la Casa Blanca. Reuters
En la balanza de ganancias y pérdidas pesan tres vectores. Primero, la apuesta israelí por una degradación decisiva del poder iraní que abra la puerta —incierta— a una reconfiguración interna en Teherán.
Segundo, el cálculo saudí y del resto de petromonarquías: reducir la amenaza sin convertirse en el blanco principal de la represalia. Tercero, el temor de terceros —Turquía, Irak, Omán, Qatar o Egipto— a que el día después a los ayatolás sea peor que el día anterior.
Para Israel, la ganancia potencial es más nítida: limitar capacidades militares de su principal enemigo regional y elevar la presión sobre su arquitectura de poder. El coste también es real: tras el ataque, Israel queda en el punto de mira de la represalia.
Quién gana y quién pierde
La coordinación operativa con EEUU eleva el umbral de escalada: el golpe se sincronizó para alcanzar al líder supremo Ali Jamenei cuando se reunía con su círculo, y su muerte fue confirmada por los atacantes. La eliminación del ayatolá se presenta en Tel Aviv como un asunto existencial.
Arabia Saudí, en cambio, afronta una vulnerabilidad física evidente —infraestructura energética y ciudades clave— y un riesgo reputacional si se consolida la percepción de que provocó una guerra que otros pagarán con sangre.
Chatham House advertía antes del golpe de un miedo regional doble: no solo a Irán, sino al "caos de un Irán colapsado". Esa tensión —querer debilitar a Teherán y temer su derrumbe— hace verosímil el doble discurso saudí y lo vuelve políticamente inflamable.
En el resto de la región el balance es mixto. Emiratos Árabes Unidos, un hub regional que no puede permitirse el pánico, puede ganar si sale de esta con un Irán disuadido y menos capaz de golpear centros neurálgicos del Golfo.
Pero a corto plazo es de los grandes perdedores: su modelo depende de conectividad, confianza y seguridad percibida. Ha sufrido daños materiales y la disrupción del aura de normalidad en Dubái. Entre los impactos figura un complejo en Abu Dabi que alberga misiones diplomáticas, incluida la embajada israelí.
Qatar, Bahréin y Kuwait ganan poco y arriesgan mucho. Como máximo, obtendrían una reducción futura del riesgo si Irán queda debilitado. Pero albergan activos críticos (bases, logística, energía) y entran en la ecuación de represalia, aunque no hayan sido co-beligerantes. En el plano económico, la pérdida es inmediata: cancelaciones, cierres de espacio aéreo y parálisis de grandes hubs con impacto global en rutas Europa-Asia.
Omán es el mediador al que le revientan la mesa. Solo ganaría si el conflicto fuerza a retomar negociaciones y devuelve a Mascate su papel de canal discreto. Pierde cuando la mesa salta por los aires, porque su apuesta histórica es baja exposición y estabilidad marítima.
El arsenal de Irán para responder a Israel y EEUU: misiles hipersónicos, balísticos y enjambres de dronesTurquía, por su parte, practica contención por interés propio. Su ganancia posible es evitar una región aún más militarizada, con impactos en energía, comercio y seguridad interna. Si esto se descontrola, el coste para Ankara sería enorme (vecindad más volátil, presión migratoria adicional e incertidumbre económica).
Irak y Líbano son el ejemplo de cómo la fragilidad multiplica el daño. Ganan poco con una caída del régimen iraní y pueden perder casi todo: polarización, dinamización de milicias, deterioro de gobernabilidad y golpe económico. Una transición en Teherán no llega en el vacío, sino a través de redes de armas, capital y lealtades que se redistribuyen y pueden volverse más violentas.
Y queda el capítulo más complejo: el día después en Irán. Sucesión no equivale a moderación. Conviene contener el optimismo automático tras la muerte de Khamenei y otros líderes. Antes del ataque, la CIA consideraba probable que, si el ayatolá moría, fuera sustituido por figuras de línea dura vinculadas al IRGC, la Guardia Revolucionaria, columna vertebral del poder coercitivo.
Es decir: incluso un escenario de “decapitación” puede desembocar en continuidad o endurecimiento, no en liberalización. Chatham House lo advirtió con un paralelismo incómodo para cualquiera con memoria: Irak 2003. Derrumbar un régimen suele ser más fácil que construir algo mejor que la dictadura anterior.