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La línea 1 se desvía para llevar a Matadero el torbellino elegante de María Pagés

La línea 1 se desvía para llevar a Matadero el torbellino elegante de María Pagés
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Su nuevo espectáculo, 'Bilbao Square', es un homenaje a quienes llegan. Un territorio donde el flamenco respira desde la raíz y mira hacia fuera. Más información: María Pagés y El Arbi El Harti estrenan 'Bilbao Square' en Centro Danza Matadero: "Mi casa está sobre el escenario"

María Pages en un momento de 'Bilbao Square'. Alejandro Cayetano

Danza La línea 1 se desvía para llevar a Matadero el torbellino elegante de María Pagés

Su nuevo espectáculo, 'Bilbao Square', es un homenaje a quienes llegan. Un territorio donde el flamenco respira desde la raíz y mira hacia fuera.

Más información:María Pagés y El Arbi El Harti estrenan 'Bilbao Square' en Centro Danza Matadero: "Mi casa está sobre el escenario"

Publicada 4 octubre 2026 14:37h Síguenos

A veces se llega tarde a un espectáculo, no por falta de interés, sino por culpa de la física: nadie puede estar en dos lugares a la vez. Llegué a Bilbao Square una semana después. Y llegué, además, con la línea 1 en el cuerpo, esa misma línea de metro que tomo tantas veces para ir al trabajo y que ahora parecía desviarse de su rutina para dejarme en otra estación: la memoria de María Pagés.

Fui virgen. No busqué otras voces, otras críticas, ninguna reseña. Tampoco vídeos. Quería entrar sin compañía ajena, con la mirada limpia y la sospecha suspendida. Sabía lo justo: que Bilbao Square era su nuevo espectáculo, creado y dirigido junto a El Arbi El Harti, compañero de vida y de oficio.

Sabía también que el Centro Danza Matadero lo presentaba como un viaje por la memoria, la identidad y la llegada de aquella niña que dejó Sevilla para instalarse en la glorieta de Bilbao de Madrid.

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Antes de que comenzara todo, tuve a María Pagés justo delante. Desde mi butaca podía tocar su cabellera trenzada. Escuchaba lo que hablaba con quien tenía a su diestra. No me atreví a saludarla. Me hubiera gustado decirle que sentía su pérdida, que sabía que su madre, doña Masu, había muerto poco antes del estreno de una obra que nace precisamente de ese viaje iniciático junto a ella y su abuela.

No lo hice. El respeto me pudo. A veces la admiración también obliga al silencio.

Entonces comenzó todo. Y no empezó con baile. Tampoco con tacones. Empezó con su voz.

Una voz de artista hecha. Voz de narradora del tiempo. Voz de diva cercana. María Pagés habla y el patio de butacas se ensancha. No necesita levantar el volumen ni buscar solemnidad. Dice y convoca. Cuenta y levanta una ciudad.

María Pages en 'Bilbao Square'. Alejandro Cayetano

De pronto, Bilbao Square ya no es una glorieta: es un umbral. Un lugar donde una niña llega desde Sevilla con su madre, su abuela y una maleta llena de sueños. Un lugar donde Madrid deja de ser capital para convertirse en promesa.

El espectáculo es un homenaje a quienes llegan. Desde donde sea. Como sea. En tren, en coche, en metro, en un Citroën DS negro conducido por una madre que atraviesa España sin saber que en ese trayecto está empujando una biografía hacia la historia de la danza. La propia documentación del espectáculo sitúa ese viaje con doña Masu y doña Maruja Mestres Pintó como rito de iniciación para la artista.

Y María se despliega.

La bailaora aparece, claro. De su talento nadie dudaba. Allí está la arquitectura de los brazos, el dominio del compás, la forma de ocupar el vacío sin llenarlo de ruido. Pero Bilbao Squareno se limita a mostrar a una gran bailaora. Lo que aparece en escena es algo más raro: una artista que ha aprendido a convertir su vida en materia coreográfica sin convertirla en confesión sentimental.

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Todo está medido, incluso cuando parece brotar con naturalidad. La bata de cola, el abanico, el bastón, los libros, los zapatos: objetos que podrían ser decorado y terminan funcionando como estaciones de una vida.

Arropada por Ana Ramón y Cristina Pedrosa en el cante, Rubén Levaniegos en la guitarra, Alicia Avilés en el chelo, Graci del Saz en el violín y Chema Uriarte en la percusión, Pagés construye un territorio donde el flamenco respira desde la raíz y mira hacia fuera. La música original de Levaniegos, con participación de Pagés y letras de El Harti, parte de palos que han acompañado su trayectoria —farruca, seguiriya, taranto, tangos, tanguillos, bulerías— y los hace dialogar con otras influencias, incluida la música marroquí.

Lo mejor ocurre cuando esa mezcla no se explica. Cuando simplemente sucede. Cuando el cante abre una puerta, el violín dibuja una grieta, el chelo sostiene una nostalgia, la guitarra ordena el pulso y la percusión recuerda que todo viaje necesita suelo.

María baila desde un lugar donde la técnica ya no presume. Está ahí, por supuesto, pero no se exhibe. Sostiene. Ordena. Respira. Hay artistas que, al llegar a cierto punto, dejan de demostrar y empiezan a irradiar. Pagés pertenece a esa estirpe. Cada movimiento parece haber sido destilado por los años. No sobra nada. No falta nada. La escena queda atravesada por una elegancia que no viene del adorno, sino de la experiencia.

Un momento de 'Bilbao Square'. Alejandro Cayetano

Pero la verdadera catarsis llega al final.

Otra vez la voz. Esta vez con el resto del elenco. Y entonces Bilbao Square se convierte en un viaje por la línea 1 del metro, por sus clases de baile, por los recuerdos que uno no sabe si pertenecen a la biografía, al sueño o a esa zona intermedia donde la vida se vuelve teatro.

Aparece incluso un helado de vainilla en una base militar soviética a menos treinta grados. Y uno entiende que la memoria no avanza en línea recta. Va saltando de estación en estación, como el metro, como el cuerpo, como la danza.

María se va entrando en el metro. Desaparece como quien regresa a su propio origen. Deja atrás un escenario que ya no parece escenario, sino estación, casa, sala de ensayo, frontera, refugio. Y deja también la certeza de que este espectáculo habrá que volver a verlo.

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Bilbao Square no es sólo una obra sobre una artista que llegó a Madrid. Es una obra sobre todos los que llegan cargando algo que todavía no saben nombrar. Una madre. Una abuela. Una lengua inesperada. Un miedo. Una vocación. Una ciudad que promete y exige. Un tren subterráneo que lleva al trabajo y, algunos días, también a la belleza.

La línea 1 seguirá ahí. La misma de siempre. Pero algo ha cambiado. Tal vez porque María Pagés nos recordó que toda ciudad contiene una coreografía secreta. Y que basta una mujer con trenzas, memoria y compás para hacer que Madrid vuelva a bailar desde una estación de metro.

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    Fuente original: Leer en El Español
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