Tengo que repetir una frase desgastada pero reveladora: la Historia se repite dos veces, primero como tragedia, después como farsa.
Si hace tres décadas y media estábamos ante el televisor esperando el comienzo de la Guerra del Golfo, hace unos días asistíamos angustiados a ... la cuenta atrás del reloj que anunciaba la «destrucción de una civilización».
Aunque pareciera el eterno y catastrófico retorno de lo siempre igual, los contextos son absolutamente diferentes, cumplidas hoy anómalas predicciones distópicas que en aquella España pre-celebratoria (Quinto Centenario sevillano, Barcelona olímpica), sonaban a amarguras propias de aguafiestas.
Una exposición rememora la reinvención del Círculo de Bellas Artes en los ochenta y noventa
La exposición 'El sueño imperativo' que Mar Villaespesa comisarió en 1991 en el Círculo de Bellas Artes fue recibida, en la resaca de un posmodernismo descaradamente reaccionario, con cajas destempladas. Esa resistencia de la crítica tradicionalista y pinturera a propuestas de inequívoco activismo político tenía en el fondo mucho que ver con la concepción, detectada por Ferlosio, de la cultura como «un invento del gobierno».
Parecía que lo oportuno era 'el oportunismo' y, para los fastos en ciernes, lo mejor era adoptar una actitud bufonesca, algo que alegorizaban aquellos jokers vigilantes y amenazadores de Chema Cobo. Lo peor es que la proyección que Wodiczko realizara en el Arco de la Victoria de Moncloa mostraba crudamente la derrota civilizatoria, y en esta época de 'reculamientos trumpianos' sigue gozando de plena vigencia.
Isabella Lenzi ha tenido el coraje para reconsiderar aquel 'sueño' de antagonismos políticos y reactivarlo. Las intervenciones en el edificio del Círculo resuenan en claves muy diferentes, menos imperativas y más sutiles, pero no por ello carentes de filos críticos.
Una parte importante de las acciones tienen que ver con lo sonoro: los silbidos de Silbatriz Pons, los 'irrintzis' de Itziar Okariz, la 'performance' 'A palo limpio' de Dagoberto Rodríguez –en la que entrelaza fiesta y violencia– o los cantes y bailes que ha montado Pedro G. Romero con Perrate y Rocío Márquez. Líneas de resistencia y fuga en las que lo dramático y el placer lúdico pueden entretejerse.
Elo Vega y Rogelio López Cuenca abrigan las estatuas diseminadas por distintos espacios con mantas térmicas insistiendo, como Pasolini, en que todas estamos en peligro. Los imponentes clavos torcidos de Los Carpinteros aluden a las formas de trabajo que sostienen las instituciones y a veces ya no soportan más.
En la fachada, leemos a la carrera una 'rara frase' de María Salgado que pretende animarnos, mientras que, en la Sala Minerva, Regina Silveira amplia las sombras 'caballerescas' del poder que parecen las mismas a través de la historia, aunque en realidad son diferentes y siniestras. Menos mal que algunos vigilantes, siguiendo instrucciones de Tino Sehgal, se besan apasionadamente como si hubiera, en medio del peligro, pasiones que pudieran salvarnos.
Cuando los desquiciados 'líderes del mundo' vulneran el derecho conviene recordar aquel penúltimo párrafo del prefacio de los 'Fundamentos del derecho' de Hegel: la filosofía pinta de gris, y, cuando todo ha sucedido, el arte crítico nos ayuda a pensar cómo debería ser el mundo, repitiendo acontecimientos para diferenciar esperanzas.
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La lechuza, testigo de la Historia, en el Círculo de Bellas Artes
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