Política andaluza
La última función de Jesús AguirreEl próximo pleno del Parlamento será el último presidido por el exconsejero de Sanidad, que se marcha al Senado
Regala esta noticia Añádenos en Google Jesús Aguirre, días atrás en su despacho del Parlamento. (P.A.)Sevilla
19/07/2026 a las 00:27h.El próximo jueves, el Parlamento de Andalucía bajará el telón de la era de Jesús Aguirre al frente de la Cámara y firmará el epílogo ... de un político que ha estado en el centro de la política autonómica desde que arrancó el cambio político en 2018. Aguirre formalizará su renuncia para poner rumbo al Senado. Cerrará un ciclo no por gusto, sino por el efecto dominó de las carambolas urdidas entre bambalinas.
Como era de esperar, esta maniobra ha desatado una tormenta de reproches en la izquierda, que acusa al PP de rebajar la categoría de la segunda autoridad de la comunidad a la de un cromo de intercambio. Mientras tanto, Aguirre ha optado por dar por cerrada su etapa y huye de las entrevistas.
Detrás del personaje público hay un chasis forjado en la medicina de trinchera de la provincia de Córdoba
Detrás del personaje público hay un chasis forjado en la medicina de trinchera. Nacido en Córdoba en 1955, Aguirre es, ante todo, un médico de familia que desgastó fonendoscopios en Peñarroya-Pueblonuevo, Carcabuey, Fuente Palmera y la capital cordobesa antes de desembarcar en la política. Ese ADN de médico rural esculpió su estilo: directo, empático y alérgico al corsé institucional. Tras foguearse como senador, Juanma Moreno lo rescató en 2019 para la Consejería de Salud y Familias. La bomba de la pandemia le estalló en las manos. Fue una época durísima que lo marcó en lo personal; el virus se llevó por delante a uno de sus grandes amigos, también médico, contagiado en la consulta. «Se está muriendo gente que no se tenía que morir», confesaría entre lágrimas a este periódico en los días más negros. Sin embargo, su campechanía para explicar el drama sanitario lo catapultó: se convirtió en el segundo político más popular de la comunidad, solo por detrás de Moreno.
Lenguaje de calle
En su etapa de consejero, su lenguaje de calle funcionó como un imán para los ciudadanos, aunque provocaba úlceras en la oposición y ponía al borde del infarto a los asesores de su propio partido. Su momento cumbre llegó en enero de 2021 con el bautizo del «culillo» de la vacuna de Pfizer. Mientras explicaba en el estrado el desperdicio de los viales por la falta de jeringuillas milimétricas, soltó sin anestesia: «Se podían sacar hasta cinco dosis y quedaba un culillo, y lo que se hace es aprovechar ese poquito que son precisamente para poner esa sexta dosis». El término incendió las redes, el PSOE lo acusó de rebajar el debate con «chascarrillos», e incluso el ingenio popular le dedicó una chirigota («'Illo, quedaba un culillo»). Aguirre se encogió de hombros: «Intento hablar para que se me entienda, igual que en mi consulta».
Las maratonianas jornadas de la crisis sanitaria también le pasaron factura en forma de despistes antológicos, llegando a confundir hasta tres veces seguidas la vacuna del COVID con la de la gripe ante los periodistas. Lejos de enfadarse por las risas, Aguirre coleccionaba en privado los memes que circulaban sobre él. Su tutorial gesticulado sobre cómo no llevar la mascarilla (criticando a los que se la ponían en el codo o en la garganta porque «ahí no te protege de anginas») fue oro puro en internet. Esa naturalidad fue su mejor escudo.
La Presidencia del Parlamento en la legislatura de la mayoría absoluta estuvo lejos de ser un retiro anticipado
En 2022 saltó a la presidencia del Parlamento. El PP esperaba un oasis gracias a su mayoría absoluta, pero la polarización de la política nacional acabó contagiando el debate andaluz. Aguirre, desbordado a veces por las revoluciones de la Cámara, intentaba poner orden mientras la izquierda lo acusaba de barrer para casa. De esa fase quedan perlas como cuando un diputado de Por Andalucía soltó un «carajo» al preguntar por el Bono Alquiler Joven y Aguirre, en vez de amonestarlo con frialdad, le dio una clase de jerga marinera: «Todos sabemos lo que es un carajo de un barco: la canastilla arriba en el palo mayor. Es una palabra admitida... pero ruego que no la utilice aquí».
Aún más sonado fue el motín de octubre de 2025. Ante una votación trampa sobre el cáncer de mama en la que el PP no tenía a sus diputados en los escaños, Aguirre congeló el pleno por la cara: «Receso de cinco minutos... Porque me da a mí la gana, sí señor». La oposición rabiaba acusándolo de dar tiempo a sus compañeros para «terminar de comer», a lo que el presidente replicó con guasa: «Tranquilos, no tengo prisa ninguna», y sumó otros diez minutos de parón. Tampoco le tembló el pulso cuando alguien reprodujo la sintonía del NODO desde un móvil para boicotear un discurso de Vox: «El gracioso de la música, ¿quién es? ¡Da la cara!», tronó al micrófono.
Su manual de estilo parlamentario incluyó choques de alto voltaje. Mandó callar a la socialista Rocío Arrabal con un cortante «usted calladita» que levantó ampollas por su aroma machista y despachó a una diputada de Adelante que arrojó arena en el hemiciclo con un «si quiere llamar la atención, cómprese un mono». Tampoco midió bien el viento cuando justificó el aumento de las dietas alegando que a los diputados «les cuesta llegar a fin de mes». Con todo, cuando la bronca rozaba el fango, solía recordar: «Cuando uno recurre al insulto es que no tiene argumentos». Se va un político irrepetible. Desde luego, nadie podrá decir que Jesús Aguirre pasó por la política andaluza de puntillas.
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