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‘La maldición de Widow’s Bay’ o qué pasaría si Stephen King fuese el guionista de 'The Office'

‘La maldición de Widow’s Bay’ o qué pasaría si Stephen King fuese el guionista de 'The Office'
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La nueva creación de Katie Dippold para Apple TV es una comedia terrorífica que trasciende su hábil mezcla de tonos gracias a su endiablada estructura, a su perspicaz introducción de referencias y a un reparto encabezado por un grandioso Matthew Rhys. Más información: 'Cape Fear': Javier Bardem está a la altura de De Niro y Mitchum en el 'remake' de 'El cabo del miedo'

Kate O'Flynn, Matthew Rhys y Stephen Roots, en 'La maldición de Widow's Bay'

En plan serie ‘La maldición de Widow’s Bay’ o qué pasaría si Stephen King fuese el guionista de 'The Office'

La nueva creación de Katie Dippold para Apple TV es una comedia terrorífica que trasciende su hábil mezcla de tonos gracias a su endiablada estructura, a su perspicaz introducción de referencias y a un reparto encabezado por un grandioso Matthew Rhys.

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Publicada 20 junio 2026 01:55h

Como si La niebla (John Carpenter, 1980) hubiese caído sobre la isla de Amity y a su alcalde le hubiese tocado lidiar con las consecuencias contando con el respaldo de un grupo de funcionarios que parece sacado de The Office (Ricky Gervais, Stephen Merchant & Greg Daniels 2005-2013). Ah, y todo dirigido por John Landis.

Así podría resumirse el planteamiento de La maldición de Widow’s Bay (2026), la nueva creación de Katie Dippold (Parks & Recreation, Cuerpos especiales) para Apple TV, una comedia terrorífica que trasciende su hábil mezcla de tonos gracias a su endiablada estructura, a su perspicaz introducción de referencias y a un reparto encabezado por un grandioso Matthew Rhys, probablemente uno de los actores más talentosos y versátiles del momento.

Pero, entremos en materia. Widow’s Bay es una pequeña isla a 42 millas de la costa de Nueva Inglaterra. Su alcalde, Tom Loftis (Matthew Rhys) pretende reflotar la debilitada economía insular agarrándose al salvavidas del turismo. Para ello, consigue que un periodista del New York Times se desplace hasta allí y escriba un artículo relatando las bondades de la isla, a la que termina comparando con la exclusiva Martha’s Vineyard, donde, por cierto, Steven Spielberg rodó buena parte de Tiburón (1975).

Con el reportero llegará una espesa bruma que, además de costarle la vida a un veterano marinero local, despertará el temor de los nativos, en especial de Wyck (Stephen Root), que advierte de inmediato al alcalde de que algo siniestro acaba de despertar. Y es que sobre Widow’s Bay pesa una larga tradición de leyendas negras que se remontan a su fundación, fechada a principios del siglo XVIII.

Si el alcalde Vaughn (Murray Hamilton) de Tiburón no estaba dispuesto a aceptar que un escualo del tamaño de un tráiler de doce ruedas rondaba por su playa como si fuese un buffet libre, Loftis se sella los oídos con los tapones de la condescendencia para negarse a tomar medida alguna contra lo que considera una sarta de supercherías sin fundamento, cuentos de vieja que solo harán que los numerosos turistas que empiezan a llegar desde tierra firme cojan el ferry de vuelta.

Además, ¿cómo va hacer caso a ese coro de portavoces del mal fario que le rodean? La fauna de Widow’s Bay la seleccionó Dios en un día de resaca. Ahí está Patricia (Kate O’Flynn), la insidiosa asistente del alcalde, uno de los grandes personajes de 2026. O Ruth Livingston (K. Callan), la anciana secretaria que se niega a jubilarse aunque no entienda su propia letra. O Rosemary (Dale Dickey), cargante funcionaria traficante de chismes…

Podríamos extendernos en la descripción de todos y cada uno de ellos, pero basta con señalar la capacidad de Dippold para singularizar a la mayoría de sus criaturas, para hacerlas inolvidables (verbigracia ese personaje al que llamaremos ‘el cenizo’ que hace acto de aparición en los episodios finales).

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Podríamos dividir La maldición de Widow’s Bay en tres partes. En la primera, que iría de los episodios uno al cinco, asistimos al paulatino despliegue de la amenaza que se cierne sobre la isla y a sus múltiples materializaciones. La segunda parte estaría compuesta por los episodios sexto y séptimo, en los que se relata el origen del mal que pesa sobre la isla y el primer intento por acabar con él. En su tramo final, capítulos del ocho al diez, se da cuenta de la pervivencia del maleficio, se resuelve el enigma que permitirá conjurarlo y los sacrificios que ello implica.

Esa estructura esconde un bizantino diseño narrativo que corre el riesgo de pasar desapercibido –de hecho, eso es una muy buena señal- entre sustos y chistes. Si bien es cierto que hay un argumento horizontal que atraviesa toda la temporada –la existencia de una maldición que hay que combatir-, la escritura de Dippold no renuncia a la trama capitular, convirtiendo casi cada episodio en una antología de cuentos de terror.

Lo hace, ahí está la gracia, sin renunciar a la continuidad, pues pese a la autonomía de determinados segmentos que se sostienen gracias a la conexión con una tradición que los guionistas demuestran conocer como si hubieran hecho un seminario en el hotel Overlook, todos ellos están adheridos a la trama principal (la labor de sembrado, las transiciones y los engarces entre las distintas partes parece haberlos medido un sastre de Saville Row).

Matthew Rhys (a la derecha), en 'La maldición de Widow's Bay'

La maldición que pende sobre la isla actúa también como detonante metanarrativo, pues permite desplegar una colección de mitos del terror que tendrán a Val Lewton y a Carl Laemmle Jr. aplaudiendo en sus tumbas. Si el capítulo uno remite claramente a la ya citada La niebla, el segundo, en el que Loftis se aloja en un hotel supuestamente encantado para demostrar que ninguna de las muchas supersticiones que pesan sobre él son reales, resuena el It de Stephen King, otro de los autores profusamente sampleados en la función.

En el tercer episodio, con el alcalde marcándose un Manuel Fraga en Palomares dándose el primer chapuzón del año para demostrar que el mar está más limpio que la conciencia de Forrest Gump, aparece ‘la arpía’, una mezcla entre la chica de la curva (pero de una curva por la que no ha pasado nadie en 70 años) y la gitana de Arrástrame al infierno (Sam Raimi, 2009). Aquí no falta ni el homenaje a Tiburón, otra de los principales abrevaderos de la serie, ni el ingenioso juego polisémico con la palabra arpía, aquí asociada, también, a la mujer que intenta ligar con Loftis y a la que este confunde con el demonio que le persigue.

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En el capítulo cuarto, que a continuación analizaremos con mayor profundidad, la dramaturgia se retuerce. Hay un cambio de punto de vista, con Patricia conduciendo mayoritariamente el relato, y un pequeño flashback, pues a nivel cronológico se desarrolla en paralelo a los hechos narrados en el tercer episodio. Aquí, como veremos más adelante, tampoco se renuncia a la trama antológica, pero lo interesante es observar cómo la historia se bifurca en digresiones que, como meandros narrativos, terminan regresando al caudal principal conformando un diseño que ya no se abandonará hasta el final.

En el quinto episodio la ausencia de un adversario sobrenatural se suple por el viaje lisérgico en el que, por error, se embarca Tom Loftis, víctima de un ritual involuntario a la búsqueda de respuestas que resuelvan el misterio que compromete el futuro inmediato de la isla. Un episodio surcado por agresivas elipsis, fruto de las pérdidas de conciencia de Loftis, sin duda una pièce de résistance que viene a demostrar la solidez de una serie capaz no ya de cambiar de tono, sino de género, sin perder ni un ápice coherencia.

Nótese, por ejemplo, el uso que se les da a las drogas en la serie –la confesión final de Ruth, la charla bañada en bourbon entre Loftis y el inquilino del hostal...- como principios activos necesarios para la revelación de secretos largamente guardados. En el fondo, todo en Widow’s Bay sucede porque aflora aquello que debía permanecer oculto, verbigracia la relación de Loftis con su hijo y todo lo concerniente al fallecimiento de su madre.

Betty Gilpin, en 'La maldición de Widow's Bay'

Ti West está al frente del capítulo sexto, quizá el más llamativo de esta temporada inaugural (Apple TV ya se ha apresurado a anunciar la renovación de la serie). Un flashback que nos sitúa en los orígenes de la historia, ejercicio de folk horror que revela el pacto fáustico entre el alcalde Warren (Hamish Linklater, no por casualidad uno de los protagonistas de Misa de Medianoche) y una entidad diabólica que exige sacrificios periódicos para preservar la paz de la isla, un acuerdo que ha trascendido generaciones y que, en el capítulo final, asume la forma de un macabro video divulgativo en la línea de los que registraba la Inicativa Dharma de Perdidos (J.J. Arams, Damon Lindelof, Carlton Cuse & Jeffrey Lieber, 2004-2010).

Esa idea de una maldad que se prolonga ad infinitum y que hunde sus raíces en el pasado queda expresada en el episodio piloto mediante un travelling descendente que va atravesando distintas capas del susbsuelo hasta llevarnos al punto de origen –espacio en el que, por lo demás, asistiremos al desenlace de la temporada-, en un gesto que conecta Widow’s Bay con Backrooms(Kane Parsons, 2026) -también con Misa de Medianoche (Mike Flannagan, 2018)- y que viene a señalar la existencia de un trauma compartido y replicado incesantemente.

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Permítanme un inciso relacionado con las transiciones. El capítulo cinco termina con la mirada de un alucinado Loftis al vacío, a la oscuridad inefable, que se abre como una puerta a otro tiempo, adentrándonos en el pasado (el movimiento de cámara hacia adelante) y que culminará en la lectura, sobre la pantalla en negro, del diario de Sara Warren (Betty Gilpin) en el sexto episodio. El capítulo siguiente funciona como la segunda parte de un díptico, pues el alcalde Warren es traído al presente con tal de poner fin a una maldición que estipula que los nacidos en la isla no pueden abandonar sus límites, pues de superarlos mueren de manera inmediata.

El tramo final de La maldición de Widow’s Bay reactiva la pervivencia de la amenaza, pues el árbol genealógico de los Warren retoñó de manera insospechada y, mientras queden descendientes de aquel infausto primer alcalde, la desgracia seguirá cayendo sobre la isla cual inevitable tormenta veraniega.

Y eso implica volver abrir la enciclopedia del terror, resucitar al Michael Myers de La noche de Halloween (John Carpenter, 1978) en el capítulo octavo –un descacharrante homenaje al slasher que juguetea con los clichés del género-, con Patricia acompañando escopeta en mano al asesino aquí conocido como ‘Boogeyman’ desde que le descerraja dos tiros hasta que arde en el crematorio de la morgue, no sea que despierte. O la reformulación del terror claustrofóbico, los turistas y los habitantes de la isla hacinados en un refugio contra tormentas convertido en trampa mortal. En fin, un disfrute.

Beach reads

Kate O'Flynn, en 'La maldición de Widow's Bay'

El cuarto episodio de la serie de Katie Dippold bien puede servirnos para calibrar la medida de su creación. En primer lugar, propone una ruptura del punto de vista dominante, pues aquí será Patricia la que cargue con el peso del relato, si bien algunas partes del capítulo se centran en el sheriff Bechir (Kevin Carroll).

A nivel tonal/referencial, este ‘Beach reads’ arranca como si fuese un cuento de Raymond Carver, mostrándonos a una Patricia solitaria, constantemente rechazada y con una imperiosa necesidad por sentirse querida. Alguien que, como en no pocas historias del autor de Catedral, estaría dispuesta a ser otra persona, a probarse otra vida, con tal de ser aceptada.

No abandonemos todavía la cuestión de la soledad y el desamparo. El capítulo se abre con un zoom out que incide en el aislamiento de Patricia, reforzado por el reencuadre de las puertas de esa biblioteca ambulante que regenta (foto superior). El siguiente plano nos ofrece una panorámica que muestra a un grupo de amigas charlando alegremente, una situación que a Patricia le está vetada y que codicia con desesperación. Tanto que no dudará en presentarse a una velada convocada por las que eran sus compañeras de instituto, ahora adultas que la desprecian porque, a su parecer, fingió haber sido la única superviviente de un asesino en serie que, décadas atrás, mató a varias chicas del pueblo.

Un serial killer al que Patricia se enfrentará en el octavo episodio dando veracidad a su versión de los hechos y cuya irrupción apuntalará la arquitectura dramática de la serie. Lo importante aquí es ver cómo Sam Donovan, el director que toma el relevo de Hiro Murai, realizador principal a cargo de los tres primeros capítulos y de los dos últimos, filma a Patricia en relación con el grupo: siempre desplazada, ya sea por su posición en el plano, ya sea por el uso del desenfoque.

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Si, por un lado, este ‘Beach reads’ nos ayuda a conocer mejor a su protagonista de modo que entendamos su humor cortante, sus respuestas extemporáneas o sus enfados cuando Loftis no atiende a sus peticiones –nadie muestra un nivel de compromiso equivalente al de ella-, por el otro justifica su caída en el pozo de la autoayuda. La ironía carveriana pasa por convertir un libro de superación personal en el Necronomicón, pues Patricia montará una fiesta siguiendo sus consejos, una celebración que muda en ritual macabro gracias a un ponche (elaborado por ella) que bien podría ser la nueva versión coctelera de la sangría de Clímax(Gaspar Noé, 2018).

De Carver a Gaspar Noé y de ahí a El hombre de mimbre (Robin Hardy, 1973) -sin duda otra influencia clave para entender, también, el sexto episodio– pasando por Posesión infernal (Sam Raimi, 1981), completando así un viaje alucinante en el que la alteración de la percepción de Patricia no es más que una adaptación de la realidad a sus anhelos. O dicho de otro modo, en La maldición de Widow’s Bayel elemento terrorífico nunca se despega de los personajes (casi podría decirse que emana de sus traumas).

Una imagen de 'La maldición de Widow's Bay'

En definitiva, la serie está repleta de guiños (la autora del libro de autoayuda se llama Lucy Fours, un nombre al nivel del Louis Cyphre de El corazón del ángel) que los espectadores pueden afanarse en desentrañar y que dan lugar a infinidad de teorías (pueden rastrear la red en su busca), pero lo más importante de Widow’s Bay no radica en su manejo de referencias, ni en la naturalidad de sus cambios de registro, sino en su alambicada arquitectura dramática, en explotar sus intersticios narrativos para desplegar un universo propio que, además, cuenta con un imaginario a la altura de sus antecedentes, obra de uno de los directores más relevantes de la serialidad contemporánea como es Hiro Murai (Atlanta, Legion, Barry, Station Eleven).

El plano con el que cierra el noveno episodio (foto superior) anticipa la encrucijada moral a la que Loftis se enfrentará en el capítulo final, un dilema que nos devuelve a uno de los grandes motivos de la narrativa universal, vigente desde el Edipo de Sófocles (el mal siempre está al lado), a la vez que demuestra que el entretenimiento no tiene porque renunciar a una puesta en escena elaborada.

La maldición de Widow's Bay

Título:La maldición de Widow’s Bay
Creador: Katie Dippold
Intérpretes: Matthew Rhyis, Kate O’Flynn, Stepehn Root
Productora: Apple Studios, Chum Films.
País: Estados Unidos
Año: 2026
Plataforma: Apple TV
Fecha de estreno: 29 de abril

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    Fuente original: Leer en El Español
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