Mi hermosa lavandería
La mano que te toca Regala esta noticia Añádenos en GoogleIsabel Coixet
19/06/2026 a las 09:37h.Nadie pregunta si quieres jugar. Te sientan a la mesa, te dan tus cartas boca abajo y empieza la partida. Cuando por fin las levantas – ... y eso ocurre tarde, a los seis o siete años–, cuando descubres que el niño de la casa de al lado tiene segunda residencia y tú no, o cuando nunca te han llevado a esquiar, o cuando tienes que recorrer descalzo varios kilómetros hasta tu escuela, es ya tarde.
Lo más perverso del azar no es que reparta mal. Es que después se disfraza de mérito. Quien ganó olvida mencionar que jugaba con cartas marcadas desde el primer día
Y luego están las cartas del cuerpo, las más aleatorias y las más crueles: la nariz grande, el culo plano, el color de tu piel, los dientes salidos, la estatura que decidirá si entras o no en una fotografía. Y por debajo de todo, invisibles, las conexiones cerebrales: el cableado que hace que a uno le baste leer algo una vez y a otro le cueste tres tardes entenderlo.
No elegimos ninguna. Y, sin embargo, se nos juzga como si las hubiéramos elegido. No sólo eso: todas las discriminaciones vienen justamente de no querer reconocer esa primera desigualdad primigenia.
Esto es lo que me parece insoportable de la palabra 'igualdad' cuando se pronuncia con solemnidad de discurso institucional. Somos iguales ante la ley, dicen, y está bien, hay que defenderlo con los dientes. Pero no somos iguales ante la vida, y fingir lo contrario es engañarnos. Al que nació con una mano nula de cartas se le pide, encima, que sonría y agradezca las mismas oportunidades que el que nació con tres ases. Como si la línea de salida fuera la misma. Como si correr más rápido pudiera compensar el haber empezado la carrera kilómetros por detrás y con los zapatos heredados de un hermano mayor que te quedan demasiado grandes.
Lo más perverso del azar no es que reparta mal. Es que después se borra. Se disfraza de mérito. El que ganó nos cuenta que se lo curró –y a lo mejor es cierto, a lo mejor se dejó la piel–, pero a veces olvida mencionar que jugaba con cartas marcadas a su favor desde el primer día. Y el que perdió empieza a creerse que perdió porque se lo merecía. Esa es la victoria definitiva de la injusticia: que la víctima firme el veredicto.
Sí, ya lo sé, se puede trabajar para cambiarlo. Y es verdad, en parte. He visto a gente reescribir su mano a base de una terquedad que da vértigo. Hay quien con una nariz grande conquista una pantalla; quien sale del país más pobre del mundo y vuelve rico, dispuesto a buscar a los que dejó atrás; quien convierte un cerebro distinto en una forma de mirar que a nadie se le había ocurrido. El esfuerzo es real y es hermoso, y no pienso quitarle ni un gramo de su mérito. Pero el esfuerzo no es una varita, es un remo. Remar contra corriente toda la vida no es lo mismo que dejarse llevar por ella, aunque al final todos lleguemos al mismo puerto.
Si no creen en nada de lo que he dicho hasta ahora, el verano trae un último hito en desigualdad: ¿por qué demonios los mosquitos aman la sangre de algunas personas y a otras ni se les acercan?
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