Miguel de Unamuno. Rubén Vique
Historia La metedura de pata de Unamuno al estallar la Guerra Civil: "¡Viva España, soldados!"El autor de 'El sentimiento trágico' de la vida vio en el alzamiento de Franco una esperanza de salvar la República de la violencia y la polarización.
“El ejército ha demostrado sensatez. Franco y Mola tuvieron la prudencia de no pronunciarse contra la República", dijo.
Más información:Miguel de Unamuno, convencer hasta la muerte
Alberto Ojeda Publicada 18 julio 2026 01:55hA las 11 de la mañana del 19 de julio, una compañía al mando del capitán de infantería José Barros tomó la Plaza Mayor de Salamanca. Allí, con las amenazadoras ametralladoras de sus subordinados ya emplazadas en el suelo, leyó el bando que declaraba el estado de guerra. Con voz marcial, anunció la prohibición de las manifestaciones, las huelgas, las reuniones y la posesión de armas. A Unamuno la noticia de esta ocupación armada se la comunicaron en el casino de la calle Zamora. Dicen que salió a la calle eufórico, gritando: “¡Viva España, soldados! ¡Y ahora a por el faraón del Pardo!”.
Eso del faraón era el mote despectivo con el que se refería a Manuel Azaña, presidente de la República tras la victoria del Frente Popular en febrero del 36. Por él sentía un encono particular. Le culpaba de haber arruinado las esperanzas de orden y progreso sobrevenidas con el advenimiento republicano de 1931. Pronto empezó a desengañarse de un régimen que él, desterrado por Primo de Rivera y el rey Alfonso XIII en 1924, había recibido con ilusión, hasta el punto de ejercer como diputado de sus Cortes Constituyentes. Pero…
Las informaciones de desórdenes callejeros y actos violentos le conturbaban. Sobre todo, la quema de iglesias y conventos. “Se habla del gobierno de Madrid, pero ya no hay gobierno en Madrid. Solo hay bandas armadas que cometen todas las abominaciones imaginables. El poder está en manos de presos liberados que empuñan un arma”. Son declaraciones suyas, vertidas al hilo de una entrevista que le hizo el diario francés Le Matin, el 9 de septiembre de 1936. Es decir, con el alzamiento ‘fresco’.
¿Y si la guerra civil española duró hasta 1948? Un libro cuestiona la historiografía fijada por el franquismoLas recoge el libro Miguel de Unamuno. 1936: la guerra incivil, que acaba de publicar Página Indómita. Compila este volumen una selección de escritos del pensador bilbaíno que permiten reconstruir la evolución de sus ideas entre el golpe franquista y su muerte, por un infarto, el 31 de diciembre de ese año fatídico. Es muy interesante leer su relación con la prensa esas semanas. Entrevistadores de los medios más diversos, nacionales e internacionales, peregrinaron hasta su casa en la calle Bordadores para testar su visión de los trágicos acontecimientos en marcha.
En ese encuentro con el reportero de Le Matin, Unamuno continua su lamento señalando a su bestia negra: “Azaña ya no representa nada. Puedo imaginármelo perfectamente desde aquí, en su palacio, pues le conozco desde hace 30 años. Está perdido en su sueño, ocupado tomando notas para escribir sus memorias más tarde. Es un monstruo de la frivolidad que nunca ha pensado más que en redactar sus artículos. Es el verdadero responsable de todo este desastre”.
Difícil superar la dureza contra el líder de Izquierda Republicana. Unamuno, en el último tramo de la charla con Le Matin, concluye: “El ejército es la única base sobre la que se puede construir algo sólido en España”. Él, tan antimilitarista en su día, lo ha apoyado con una aportación de 5.000 pesetas, una suma no desdeñable tratándose de alguien con fama de cicatero. Será algo de lo que se acabe arrepintiendo. Pero lo cierto es que en esa fase inicial de la guerra se conduce con cierta ingenuidad.
Jon Juaristi, autor de su biografía en Taurus, dice que su paisano interpretaba la realidad con esquemas mentales desactualizados. El filósofo asimilaba el levantamiento de Franco con los pronunciamientos decimonónicos protagonizados por los espadones: Espartero, Narváez, O’Donnell, Prim...
Los ‘topos’ de Franco que remataron a la RepúblicaAl percibir que los gobernantes de la República no eran capaces de sostener el orden público en unos niveles básicos, le parecía que una solución castrense era lo que necesitaba el país: una última opción de enderezar su rumbo. “El ejército ha demostrado sensatez. Franco y Mola tuvieron la prudencia de no pronunciarse contra la República. Son hombres de decisiones bien meditadas”, apunta al periodista de Le Matin Merry Bromberger.
Este es otro detalle clave, que despista a Unamuno. Cree que la intención de los militares es ‘arreglar’ la República, no derribarla. El día 20 de julio va al Café Novelty, en la Plaza Mayor, como acostumbra. Busca dar una sensación de normalidad. Escucha además mensajes que le tranquilizan. La proclama de Franco define el alzamiento como “un movimiento nacional, español, republicano”. Queipo de Llano y Cabanellas se expresan en términos similares. Todo bien, debe de pensar el autor Niebla para sus adentros.
Así que, en sus cálculos, Unamuno ya vislumbra la caída del Frente Popular, la extirpación en las Cortes del radicalismo bolchevique y el respeto de las leyes gracias a acuerdos entre los moderados de izquierdas y derechas. Además, acepta ser concejal del nuevo consistorio salmantino, desde cuya fachada ondeará -otro motivo para confirmar sus inocentes suposiciones- la bandera tricolor todo el mes de julio. Y comprueba con agrado que el caudillo en ciernes hace suya, letra por letra, la causa que él defiende: salvar “la civilización occidental cristiana”.
Lo que venía, en cambio, era un aquelarre cainita. Si Unamuno no quería caldo (de sangre derramada por la visceralidad más atávica), tuvo dos tazas. Tardó en verlo. Y en oírlo: esos disparos cuyo retumbar llegaba hasta las ventanas de su casa los imputaba a cazadores. El 22 de agosto Azaña lo destituyó como rector vitalicio de la Universidad de Salamanca por su respaldo a los sublevados, que lo restituyeron en el cargo el 1 de septiembre. La ostentación de esa responsabilidad iba aparejada a la supervisión de los expedientes de las personas ‘depuradas’ por las nuevas instancias gubernativas. Quiso apartar ese cáliz de sí, pero no pudo, y se acabó derramando sobre él.
Constató en que en las fichas de los represaliados figuraba el nombre de amigos (como el pastor protestante Atilano Coco) y conocidos. En un digno viraje, intentó interceder ante el propio Franco para que lo sacaran de las garras de los ajusticiadores. Fue una mediación baldía, lo que desató sus tormentos interiores. Esa zozobra psíquica afloró en el histórico discurso del Paraninfo de la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre, durante las celebraciones de la casposamente denominada entonces Fiesta de la Raza. El “venceréis pero no convenceréis” espetado a Millán Astray y un auditorio rebosante de fascistas recalcitrantes.
Las visitas de reporteros a su casa no cesaron durante todos esos seis meses en los que Unamuno se fue marchitando. Confinado en su casa, con un policía siempre atento a sus pasos, cada día que pasaba era como si transcurriera un año. De ese envejecimiento acelerado da cuenta el escritor griego Nikos Kazantzakis, que le entrevista solo unos días después del encontronazo del Paraninfo (se suele datar la visita entre el 20 y el 22 de octubre).
Al entrar en su despacho, ve un libro en inglés abierto en su despacho. Allí espera a que llegue. “Aguzo el oído. Al fondo del pasillo suenan los pasos de Unamuno, que se acerca. Son pasos cansados, arrastrados, de anciano”, consigna Kazantzakis, sorprendido porque “hace solo unos años” transmitía “una energía juvenil”.
La sublevación, que con tanto alborozo recibió, devino en una guerra que le terminó desgarrando el alma. Hasta el punto de decir que daba “asco ser hombre”. El colapso cardiaco le liberó de seguir siendo testigo de una “España aterrada de sí misma”, bajo una “epidemia de locura”. El 31 de diciembre le dio el infarto mientras dormía bajo las sayas de la mesa camilla.
El falangista que velaba su sueño, Bartolomé Aragón, empezó a oler el tufo. Había metido (literalmente) ‘la pata’ en las ascuas, como la había metido (simbólicamente) en el arranque de la guerra, al no entender que Franco y Mola no eran ni Narváez ni Espartero. Con retranca, apunta Juaristi, nunca se pudo saber qué pie clavó en la incandescencia del brasero, si el izquierdo o el derecho.