La ‘Classicissima’ es la carrera más imprevisible: una jornada de casi 300 kilómetros que parece adormecida y, sin embargo, se decide en dos subidas sin apariencia letal
Los 20 minutos de San Remo.- NACHO LABARGA / DANIEL GARCÍA V.
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La Milán-San Remo tiene algo de engaño, de espejismo antiguo, de trampa perfecta para quien se acerque a ella con ojos inexpertos. Se la mira en el mapa y parece una carrera llana. Se la observa en el libro de ruta y durante muchos kilómetros no sucede gran cosa. Se la compara con otros Monumentos y hasta puede dar la sensación de que le falta la brutalidad de Flandes, la tortura mineral de Roubaix o el castigo acumulado de Lieja y Lombardía. Y, sin embargo, hay pocas pruebas en el ciclismo que provoquen tanta tensión, tanta ansiedad y tanto respeto. Porque la San Remo no se corre: se espera. Se intuye. Se cocina a fuego lento hasta que, de pronto, sin apenas aviso, estalla. Y cuando lo hace, cuando la carrera alcanza ese último tramo que va de la Cipressa al Poggio y del Poggio a la vía Roma, ya no hay ninguna otra prueba en el calendario que reúna tanta velocidad, tanta incertidumbre y tanta belleza concentrada en tan poco tiempo.
La edición de 2026 vuelve a responder a esa liturgia. Serán 298 kilómetros entre Pavía y Sanremo, con salida a las 10:00 y llegada prevista poco antes de las cinco de la tarde, un trazado casi ritual y el mismo veredicto de siempre: todos saben dónde se decide, pero casi nadie logra dominarlo. Esa es la grandeza de la ‘Classicissima’. Durante horas parece una novela que avanza despacio, con respiración pausada, casi sin sobresaltos. Pero en realidad todo se está preparando para el estallido. Cada relevo, cada colocación, cada gasto innecesario, cada pequeño error, acaba pesando cuando la carretera se levanta junto al mar y ya no hay margen para recomponer nada.
Durante años —casi durante toda la vida del ciclismo— la Milán-San Remo fue presentada como el paraíso de los velocistas resistentes: una cuestión de sobrevivir al kilometraje, gestionar la colocación, no perder contacto en los repechos finales y, después, confiar en la punta de velocidad. Era una clásica larguísima, sí, pero regida por una lógica reconocible. Esa lógica, sin embargo, ya no actúa sola. La irrupción de Tadej Pogacar ha alterado la naturaleza de la prueba y la ha empujado hacia un territorio más salvaje y ambicioso, menos resignado al sprint masivo y más abierto a la insurrección.
La irrupción de Tadej Pogacar
Lo explicó con precisión Joxean Fernández 'Matxin': ha cambiado la idiosincrasia misma de la Milán-San Remo. “No depende solo de la fuerza o de la parte fisiológica. Hay muchos detonantes. Es como un efecto dominó: si no se hace todo perfecto y cada corredor cumple su papel, ese dominó se rompe. Antes era una cita más para sprinters; ahora se ha convertido en una carrera mucho más exigente y selectiva”. No es una exageración: Pogacar ha hecho de esta clásica una obsesión personal y, al hacerlo, ha obligado a que también cambie para todos los demás.
Es como un efecto dominó: si no se hace todo perfecto, ese dominó se rompe
Joxean Fernández 'Matxin'
Ahí reside una de las grandezas de San Remo: ha sido capaz de encontrar el modo de incomodar al corredor más dominante de su tiempo. En otras carreras, Pogacar impone una jerarquía casi innegociable. En San Remo, en cambio, sigue siendo humano. Sigue siendo brillante, temible, omnipresente, pero no invulnerable. La razón tiene que ver con la fisonomía de la prueba. Le faltan rampas largas, dureza acumulada y desnivel terminal para que el esloveno convierta la selección en demolición. Aquí el problema no es solo atacar, sino lograr que el ataque haga daño suficiente; no es solo abrir hueco, sino mantenerlo en carreteras rápidas, descensos nerviosos y rectas que invitan a la persecución organizada. San Remo no premia únicamente al más fuerte. Premia al más fuerte en el momento exacto, en el lugar exacto y con el contexto exacto. Por eso Pogacar aún no la ha ganado. Y por eso, precisamente, la desea tanto.
La contradicción es hermosa: el mejor corredor del mundo frente a una carrera que se niega a someterse. En esa pelea hay algo casi literario, una especie de duelo entre la voluntad y la forma del terreno. Pogacar no corre contra una subida imposible ni contra una pared adoquinada ni contra un puerto de alta montaña. Corre contra una suma de detalles minúsculos. Corre contra la colocación, contra el viento, contra el instante, contra un falso llano mal leído, contra una rueda perdida a la entrada de la Cipressa, contra el poder hipnótico de Mathieu van der Poel cuando la carretera empieza a retorcerse. Corre, en definitiva, contra la esencia de una clásica que parece abierta pero que tiene memoria, y que acostumbra a castigar a quien se precipita tanto como a quien duda.
Porque si la carrera ha cambiado, también lo ha hecho la manera de interpretarla. Ya no basta con esperar al Poggio y confiar en la inspiración de los últimos tres kilómetros. El modelo UAE ha introducido otra violencia. El año pasado, Pogacar dinamitó la carrera desde la Cipressa, algo que no se veía en décadas. Solo Van der Poel y Ganna resistieron aquella embestida. El mensaje fue claro: la San Remo puede romperse antes de donde solía romperse. Esa es la gran herencia táctica reciente de la prueba. Ya no basta con llegar vivo al Poggio; ahora también hay que sobrevivir al intento de ejecución previa. Y en ese movimiento radica gran parte del suspense de 2026, porque la teoría vuelve a repetirse: UAE quiere endurecer la Cipressa, entrar lanzado, tensar durante varios minutos y lanzar allí el ataque de Pogacar, consciente de que en el Poggio, por pura dureza, el margen para abrir hueco es mucho menor.
Van der Poel resiste la tortura de Pogacar para ganar su segunda Milán - San RemoNo es un problema menor, sino el corazón mismo de la carrera. La Cipressa, introducida en 1982, no asusta sobre el papel: 5,6 kilómetros al 4,1%. Pero San Remo jamás se ha explicado bien desde el papel. La Cipressa empieza cuando el pelotón ya ha cruzado el Turchino, ya ha recorrido la costa, ya ha ido sumando horas de fatiga y nervios, ya ha atravesado el corredor marítimo de Liguria con la respiración contenida. Para entonces, la cabeza ya no funciona con la claridad de la primera hora y las piernas llevan encima cerca de 270 kilómetros de desgaste. Una pendiente amable puede convertirse entonces en una centrifugadora. Más aún si se entra lanzado, si un equipo aprieta desde abajo, si hay un pequeño parón en el inicio que descoloca a medio grupo y obliga a arrancar de nuevo.
Ahí aparece una de las lecturas más interesantes de Óscar Freire, triple ganador de la prueba y uno de los pocos españoles que hablan de San Remo con autoridad sagrada. Freire sostiene que la Cipressa puede hacerse todavía más dura si hay una especie de frenazo al principio y luego un nuevo acelerón. Ahí se estira el grupo, ahí la carrera se desordena, ahí se empieza a correr de verdad con el cuchillo entre los dientes. No se trata solo de ir rápido; se trata de elegir el momento exacto en que ese ritmo haga más daño. En San Remo, endurecer no siempre significa ir a bloque desde abajo. A veces significa detener la respiración del pelotón un segundo antes de asfixiarlo.
Todo eso, por supuesto, depende de algo previo y elemental: la posición. Matxin ha insistido en ello. No es solo una cuestión de piernas. Es una cuestión de estar donde toca cuando toca. Y quizá no haya carrera más feroz en ese aspecto. Los favoritos no solo pelean por ganar: pelean por no entrar mal colocados en una curva, por no verse encerrados detrás de un corte, por no gastar una cerilla de más antes de la subida decisiva. La aproximación a la Cipressa es una batalla en sí misma, una guerra de escuadras, codos, trayectorias y anticipación. La San Remo empieza de verdad bastante antes de la Cipressa, en ese tramo donde la velocidad sube, la carretera se encoge emocionalmente y cada puesto perdido vale luego medio mundo.
Milán-San Remo 2025.Ahí los gregarios no son relleno: son arquitectura. Ahí un corredor como Isaac del Toro puede convertirse en pieza maestra para Pogacar, igual que Jasper Philipsen lo es como baza complementaria y amenaza táctica para Van der Poel. Porque esta carrera, aunque a veces se presente como un duelo de gigantes, también exige un ejército que coloque, tape, lance y proteja. El campeón suele aparecer solo en la foto, pero en San Remo se llega hasta ese instante gracias a una cadena de fidelidades invisibles.
A 52 kilómetros de meta aparece la secuencia de los tres Capi —Mele, Cervo y Berta— y con ellos la sensación de que el prólogo ha terminado. El cuerpo del pelotón se va estirando, las conversaciones se extinguen, el paisaje deja de ser postal y pasa a ser escenario. Después llega la Cipressa y luego el Poggio, que es mucho más que un repecho con nombre mítico. Es un tribunal. Un lugar donde la historia del ciclismo ha aprendido a dictar sentencias sobre el hilo más fino imaginable. El Poggio, incorporado al recorrido en 1961, mide 3,7 kilómetros a una media inferior al 4%, con rampas que alcanzan el 8% y una carretera que se estrecha y serpentea. Nada de eso, leído deprisa, parece suficiente para destruir una carrera. Y, sin embargo, pocas cotas tienen semejante capacidad para desenmascarar. El Poggio no rompe por inclinación; rompe por contexto. Llega tarde, cuando todos van al límite, cuando cada arrancada se amplifica, cuando cada respuesta cuesta demasiado. Allí no gana necesariamente el más explosivo, sino el que sabe leer el segundo exacto en que la carrera vacila.
Por eso Eddy Merckx, que hace 50 años firmó allí su séptima y última victoria en la prueba, sigue teniendo autoridad casi sagrada para opinar sobre el asunto. Su consejo a Pogacar ha sido claro: debe atacar en el Poggio, aunque también pueda probar desde lejos en la Cipressa. El matiz es relevante. Merckx no niega el valor del movimiento lejano, pero recuerda que en San Remo el gran riesgo de una ofensiva prematura es ser absorbido por la inercia de la carretera y la persecución. Y añade un detalle decisivo: si Pogacar y Van der Poel llegan juntos a la vía Roma, el favorito sería el neerlandés. Es un juicio compartido por casi todo el pelotón y por todos los observadores serios de la carrera. La San Remo de 2026, por tanto, vuelve a dibujarse como una ecuación sencilla de escribir y dificilísima de resolver: Pogacar necesita descolgar a Van der Poel antes de la recta final; Van der Poel necesita resistir hasta el punto en que la carrera vuelva a simplificarse a su favor.
Y en ese duelo aparece la otra gran figura de este relato. Van der Poel. El hombre que entiende esta carrera como si hubiera nacido dentro de ella. El corredor que parece flotar en los tramos decisivos, que baja con una mezcla de valor y precisión casi insolente, que se coloca con la naturalidad del que huele el peligro antes de verlo, que además posee una velocidad final devastadora para un grupo reducido. Viene de exhibir una forma imponente y, a ojos de muchos, es otra vez el gran favorito. No solo por condición física, sino porque la táctica ofensiva de UAE puede incluso beneficiarle: elimina velocistas, endurece la carrera y reduce el abanico de ganadores a un territorio donde él se siente como en casa.
Vaya tranquilidad: Van der Poel respondió al loco ataque de Pogacar... ¡cogiendo un bidón!Un amplio abanico
El reparto de secundarios, además, eleva todavía más la escena. Filippo Ganna vuelve a asomar como amenaza mayor, un corredor de potencia obscena para una clásica donde la dureza no llega a expulsar del todo a los grandes motores. Wout van Aert aparece otra vez como candidato ambiguo y temible, siempre que la colocación no le traicione. Tom Pidcock ofrece esa mezcla de clase, descaro y habilidad descendente que puede convertirlo en protagonista. Y Mads Pedersen, recuperado a tiempo de su lesión en la muñeca, añade otra capa de incertidumbre a una carrera que adora a los resistentes con velocidad. La nómina de aspirantes es tan rica que convierte la prueba en una partida abierta incluso cuando parece reducida a dos nombres.
La respuesta táctica de UAE no admite medias tintas. Necesita bordar su carrera. Necesita que Pogacar llegue arropado y colocado al pie de la Cipressa. Necesita que la subida se haga a un ritmo criminal. Necesita que Del Toro, McNulty, Christen o quien corresponda vacíen el bidón entero antes del movimiento decisivo. Necesita, en suma, provocar una carrera tan dura y tan precisa que Van der Poel tenga por fin un mal segundo. Solo uno. Ahí está el secreto. En un pequeño desfase. En un metro que se abre. En una curva mal tomada. En un momento de duda. San Remo, probablemente más que ninguna otra, se decide en ese margen microscópico entre un ataque histórico y una intentona hermosa pero insuficiente.
Quizá ahí, precisamente, se esconda otra de las verdades profundas de la 'Classicissima': no siempre gana el plan más brillante, sino el que mejor sabe convivir con el caos. Basta recordar 2022, cuando Matej Mohorič descendió el Poggio de una forma que aún hoy parece sacada de una ficción temeraria. La tija telescópica —heredada del MTB— le permitió bajar el centro de gravedad, plegar la bicicleta en cada curva y asumir riesgos que los demás no pudieron, o no quisieron, asumir. Aquel descenso fue casi un manifiesto: en San Remo también se gana bajando, imaginando, inventando; en esa frontera difusa entre la técnica y la osadía donde nace buena parte del embrujo definitivo de la carrera.
La 'salvada' de Mohoric que le permitió ganar la Milán SanremoPorque el Poggio no termina en la cima. El Poggio continúa cuesta abajo, entre contracurvas, asfalto estrecho y respiraciones contenidas. Quien corona delante aún no ha ganado nada; quien corona detrás todavía puede regresar. Esa incertidumbre permanente es, en el fondo, lo que conecta con la nueva naturaleza de la carrera: menos previsible, más abierta, más expuesta al talento individual y a la valentía.
En ese contexto, las palabras recientes de Tadej Pogačar encajan como una extensión natural de esa idea: “He hecho muchos reconocimientos en el Poggio y es una subida que conozco muy bien. El equipo estuvo excepcional en la Strade Bianche y, si podemos repetir esa actuación, todo es posible para nosotros. El nivel será alto, como siempre, pero estamos acostumbrados y haremos todo lo posible por conseguir el resultado. Espero que sea un gran día de competición y que podamos dar un buen espectáculo a los aficionados”.
He hecho muchos reconocimientos en el Poggio y es una subida que conozco muy bien
Tadej Pogacar
Después solo quedan 2,2 kilómetros. Una cifra ridícula para todo lo que ha costado llegar hasta ahí. Y, sin embargo, en esa pequeñez cabe una eternidad táctica: una mirada de reojo, una última colaboración fingida, un latigazo tardío, una curva mal trazada, una aceleración que pilla a contrapié. A 850 metros de meta aparece la rotonda con curva a la izquierda; a 750, la última curva que escupe a los ciclistas sobre la vía Roma. Ese tramo final, amplio, limpio, urbano, tiene algo ceremonial. Es la alfombra roja de los elegidos, la avenida donde cada año se consagra al rey de San Remo. Pero antes de eso ha habido casi 300 kilómetros de desgaste, cálculo, colocación y violencia medida. Esa es la paradoja que vuelve única a esta carrera: la meta parece elegante, casi tranquila, pero siempre llega después de una batalla feroz.
También por eso duele tanto quedarse fuera. Iván Romeo, que tenía marcada la prueba con especial ilusión, no podrá estar por sus problemas físicos tras la París-Niza. La San Remo también se construye con esas pequeñas pérdidas, con esas esperas pospuestas, con esos nombres que el libro de ruta imaginó y que la realidad no concede. Porque en una carrera así no solo cuentan los que parten como favoritos. Cuenta todo lo que flota alrededor: la ansiedad de los equipos, la preparación casi obsesiva, el respeto que despierta una prueba que parece dócil y luego no perdona.
Por encima de todos los nombres, por encima incluso de la táctica, de la meteorología y del estado de las piernas, hay una verdad vieja que nunca falla: la Milán-San Remo es la carrera más fácil de terminar y una de las más difíciles de ganar. Lo dijo Freire, que sabe de qué habla. Y lo confirma la propia historia, que convierte cada victoria en una pieza rara. No es casual que Merckx sea una excepción mitológica con sus siete triunfos ni que Van der Poel haya tardado el ciclismo veinte años en volver a ver a alguien repetir victoria con semejante autoridad. En San Remo no basta con ser fuerte. Hay que ser oportuno, frío, valiente y exacto. Hay que saber sufrir el aburrimiento aparente de la larga espera para después pensar con lucidez en el instante del incendio.
Los grandes alicientes de la cita
Quizá por eso esta carrera fascina tanto. Porque resume una idea muy pura del ciclismo: durante horas parece que no pasa nada, y en realidad está pasando todo. Se negocian las fuerzas, se administra el miedo, se estudian los gestos, se cuentan los compañeros, se intuye el viento, se memorizan las curvas. Y cuando por fin la carrera se desnuda, cuando la Cipressa empieza a oler a pólvora y el Poggio se convierte en una cuchillada nerviosa, ya no hay espacio para la mentira. Entonces solo quedan los elegidos. Los que aún tienen piernas. Los que todavía tienen cabeza. Los que son capaces de lanzarse cuesta abajo con la vida suspendida en una línea de pintura. Los que alcanzan la vía Roma sabiendo que el ciclismo, a veces, cabe entero en 20 minutos.
Eso es la Milán-San Remo. Una carrera larguísima que se decide en un suspiro. Un monumento sin montaña que obliga a escalar una tensión insoportable. Una jornada que parece escrita para la paciencia pero termina perteneciendo a los audaces. Este sábado, desde Pavía hasta la Riviera, el pelotón volverá a representar esa vieja obra maestra de desgaste y fulgor. Y cuando llegue el momento, cuando la Cipressa abra la puerta y el Poggio dicte sentencia, volveremos a comprobar por qué la ‘Classicissima’ sigue siendo el lugar donde el ciclismo convierte la espera en arte y la velocidad en destino.
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