Fuente de la imagen, Getty Images
Pie de foto, Información del artículo- Autor, Dalia Ventura
- Título del autor, BBC News Mundo
- Fecha de publicación 2 horas
A principios del siglo XX, en un remoto lugar de la península del Sinaí, la pareja de arqueólogos William y Hilda Petrie hizo un descubrimiento fascinante.
Sucedió en un sitio llamado Serabit el-Khadim, una antigua región minera del suroeste del Sinaí, explotada desde época faraónica y asentada sobre una meseta rocosa.
En uno de sus puntos más elevados, dominando el paisaje circundante, antaño se alzaba un templo en honor a la antigua deidad egipcia Hathor, la diosa del cielo, las mujeres, la fertilidad y el amor, y patrona de muchos minerales.
Por esos lares la llamaban "Dama de la Turquesa", pues esa era la piedra semipreciosa que se extrajo de allí por milenios.
Para los antiguos egipcios, la turquesa era un ingrediente importante para resucitar los faraones a la vida eterna. Su vibrante tono azul verdoso no solo decoraba las paredes de sus suntuosas tumbas, sino que simbolizaba la alegría, la felicidad y la vida.
No obstante, la tenían que ir a buscar a esos territorios inhóspitos lejos del fértil Nilo, así que le rezaban a Hathor para que los protegiera al embarcarse en la peligrosa tarea de arrancársela a la roca del desierto.
En las ruinas del complejo del templo, los Petrie, como otros exploradores antes que ellos, encontraron decenas de grandes lápidas de piedra llamadas estelas, muchas cubiertas con jeroglíficos.
Eso no los sorprendió: para cuando fueron escritas, los egipcios llevaban utilizando esa compleja escritura pictórica durante más de mil años.
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