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La muerte de Noelia: notas sobre un trauma nacional

La muerte de Noelia: notas sobre un trauma nacional
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¿Funcionó el Estado en todos esos lugares donde Noelia todavía no había decidido morir y estaba peleando por vivir? Noelia fue feliz; rescató hasta cuatro fotos de felicidad para llevarse a la habitación en su último día en la tierra.

Noelia Castillo, durante su entrevista con el programa "Y ahora Sonsoles". Cedida

Opinión EL LIBRO DE LA SELVA La muerte de Noelia: notas sobre un trauma nacional

¿Funcionó el Estado en todos esos lugares donde Noelia todavía no había decidido morir y estaba peleando por vivir? Noelia fue feliz; rescató hasta cuatro fotos de felicidad para llevarse a la habitación en su último día en la tierra.

Publicada 28 marzo 2026 02:45h

No dejo de pensar en el helado.

Una de las fotos que Noelia quiso llevarse a la habitación donde recibió la eutanasia fue esa en la que aparecía comiendo helado. Una de esas primeras veces en las que, siendo niña, comió helado.

Y fue feliz. Sin saberlo, pero endemoniadamente feliz.

Este fin de semana, justo antes de comer, saltándome mis propias normas, como casi siempre, le di a mi hijo un par de cucharadas de helado. Y puso esa cara que no podría encerrar con palabras ni aunque estuviera puliendo ese párrafo durante años.

La cara de un niño comiendo helado casi por primera vez es inasible como la música. Mi hijo achinó los ojos, apretó los labios y luego se rio. Fue más o menos así.

No he visto la foto de Noelia pero, por cómo la describía en conversación con su madre, supongo que debió de ocurrir algo parecido.

Y por eso no dejo de pensar en el helado, ahora que Noelia lleva veinticuatro horas muerta. Porque Noelia un día fue feliz. En realidad, supongo, no es que piense en el helado, sino en lo que va de un helado a otro. Del primer helado al último que se tomó.

En ese camino tan breve –veinte años no son nada– algo se torció y Noelia quiso morir. Noelia ha generado un trauma nacional porque no nació con un perdigonazo oscuro en el ala. Llegó al día de su muerte voluntaria recorriendo un sendero donde le fallaron repetidamente el Estado y muchos de los que se cruzaron en su vida.

La hemos visto en la tele argumentando por qué, en su caso, es mejor morir que vivir. Eso es lo que ha provocado el trauma, la congoja y la impotencia en la multitud.

¿Cómo es posible que una chica de veinticinco años que puede andar, que puede intentar un nuevo tratamiento, que se ducha y se maquilla sola, que puede ir a ver el mar, que puede hacer los mismos planes casi que cualquiera, desee morir?

Esa pregunta nos ha golpeado por igual a quienes estamos a favor de la ley de eutanasiay a quienes están en contra. Porque la comprensión es imposible. En este caso, al contrario que en todos los demás, la comprensión es imposible.

No es posible que un ser humano que decida vivir comprenda hasta las últimas consecuencias a un ser humano que decide morir. Son dos cabezas que funcionan distinto. En una de ellas, se ha disuelto el instinto de supervivencia. En una de ellas, el sufrimiento ha devastado cualquier atisbo de esperanza.

Y no lo entendemos porque, como todos hemos sufrido, unos más, otros menos, algunos incluso sufriendo mucho, aparentemente tanto como Noelia, pensamos que, en un paisaje como el de ella, siempre hay una última oportunidad.

Estábamos acostumbrados a “Mar adentro”, a gente que no podía hablar, a personas que llegaban a la eutanasia con un sufrimiento que era tan externo como para derrumbar cualquier crítica. A personas mucho más mayores, algunos de las cuales no llegaban al día porque se morían naturalmente por el camino.

Lo de Noelia es distinto y ha sido una soga en el cuello de un país.

Noelia llevaba tiempo creyendo que no era posible vivir sin sufrir. Un padre alcohólico, una familia desestructurada, los psiquiátricos, las agresiones sexuales, los sucesivos intentos de suicidio, las autolesiones, el maltrato de su abuela paterna, las drogas. Todo eso es lo que contó.

El Estado ha estado con ella en la muerte. Garantizando hasta el final su derecho a una muerte digna, previos informes médicos que diagnosticaban su enfermedad física y psiquiátrica como incapacitante e irreversible.

Pero, defendiendo su derecho a la eutanasia llegado a ese punto, hay una pregunta ineludible: ¿el Estado estuvo también a su lado y con esa firmeza en vida? ¿Cuántas veces le falló ese mismo Estado a Noelia? ¿Cuántas veces le fallaron los que aparecieron en su camino?

¿Funcionaron los mecanismos del Estado en todos esos lugares donde Noelia todavía no había decidido morir y estaba peleando por vivir? Noelia fue feliz. Noelia rescató hasta cuatro fotos de felicidad para llevarse a la habitación en su último día en la tierra.

No se trata de culpar a nadie en concreto, sino de revisar lo que atañe a los derechos que podemos llamar finalistas: por ejemplo, la eutanasia o el aborto. Son un derecho, pero deben ser el último derecho. La última opción de las posibles.

La eutanasia y el aborto son un derecho y un fracaso. Un signo para la tristeza. Un fracaso de todo lo que pasó antes. Y un alivio para el que lo ejerce, porque no le ha quedado otro camino.

Son dos visiones complementarias. Necesariamente complementarias. Igual que es complementario comprender a Noelia como a sus padres. Sólo hay una cosa peor para un padre que ver morir a un hijo: verlo morir voluntariamente. Porque es inevitable, se tenga culpa o no, sentirse responsable de no haberle podido dar la felicidad en este viaje.

¿Cómo no iban a albergar los padres de Noelia hasta el último minuto la esperanza de que ella levantara la mano y dijera “quiero vivir”?

Desde fuera, es fácil pensar –y lo pienso– que la postura de los padres no es justa. Porque supone el intento de evitar su dolor futuro a costa de castigar a Noelia con ese dolor presente “incapacitante e irreversible” según los médicos. Pero sé que intentaría convencer a mis hijos de que vivieran hasta las últimas consecuencias si eso me pasara.

La eutanasia como derecho último también se puede defender, lo hemos visto, desde un punto de vista liberal y hasta católico. Lo que ocurre de nuestra piel para dentro, decía Escohotado, es la única materia donde somos radicalmente soberanos.

Muchos supuestos liberales critican hoy: ¡cómo es posible que el Estado subvencione el suicidio asistido! ¿Y si le damos la vuelta? ¿Puede el Estado obligar a vivir a alguien para el que la vida se ha convertido en un infierno?

Desde el punto de vista católico, ¿se puede creer en 2026 en un Dios que quiere el sufrimiento a toda costa de un ser humano? ¿No es más compatible con la visión de Jesucristo un Dios que acompaña a quienes quieren, al fin, descansar?

Noelia está escrita en la Historia. Casi siempre que se dice algo así en un periódico es falso. Pero esta vez, no. Toda vez que se produzca un debate en torno a la eutanasia, recordaremos a Noelia.

Recordaremos que, por fortuna, tuvo el derecho a una muerte digna. Pero también recordaremos que pudo ser de otra manera, que ejerció ese derecho porque el Estado, la sociedad y quienes se cruzaron por su camino le fallaron.

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    Fuente original: Leer en El Español
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