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La musa del existencialismo

La musa del existencialismo
Artículo Completo 757 palabras
El existencialismo, la filosofía del absurdo y de la nada, tuvo una musa: Juliette Gréco . Sus grandes ojos, resaltados por el maquillaje, su voz ronca, sus volátiles manos y sus sempiternos trajes oscuros fascinaron a Jean-Paul Sartre , que promocionó su carrera y modeló su estética.Sucedió en 1947 cuando Juliette, actriz aficionada, coincidió con el autor de 'El ser y la nada' al final de una cena. «Deberías dedicarte a la canción», dijo Sartre. A lo que ella respondió: «No sé cantar y tampoco me gustan las canciones que escucho en la radio». Ella tenía 20 años . Ni siquiera intuía que estaba en el comienzo de una carrera que la elevaría a la condición de mito.El filósofo del existencialismo le entregó unos libros y le indicó que fuera a ver en su nombre al compositor Joseph Kosma, que puso música a un poema de Queneau para ella. Juliette empezó a cantar en los bares y los cabarets del París. En 1949, grabó su primer disco con un título emblemático en su repertorio: 'Je hais les dimanches'.Vi cantar a esta mujer a mediados de los 70 en una 'cave' del Barrio Latino. Vestía un elegante traje negro y los focos iluminaban sus ojos: «Siempre amaré el tiempo de las cerezas, el tiempo que guardo en el corazón, una herida abierta». Los años habían impreso algunas arrugas en su rostro, pero conservaba intacta su belleza y su hipnótica voz .Los mismos rasgos que nos habían fascinado cuando TVE emitió 'Belphegor, el fantasma del Louvre' a finales de los 60. Greco era la misteriosa aparición que recorría los pasillos del museo y que dejaba un rastro de sangre mientras el miedo sacudía a los espectadores de la serie.Esa imagen prevalece en el imaginario colectivo sobre la de la mujer que fascinó a Sartre, que amó a Camus, que inspiró a Prévert, que impresionó a Gainsbourg y que decía que prefería envejecer a mantener su belleza . Tal vez pesaba su dramático pasado cuando su familia fue detenida por la Gestapo tras cumplir 16 años. Fue encarcelada mientras su madre y su hermana eran deportadas por sus vínculos con la Resistencia. La experiencia marcó su carácter.Gréco nunca quiso convertirse en una estrella de la pantalla, pero participó en 40 películas. Tenía dudas sobre su voz, pero triunfó por su timbre. Detestaba el apelativo de musa y reivindicaba su condición de artista mientras renegaba de su atractivo físico . No quería ser lo que los otros veían en ella, pero todo lo que hacía fomentaba el mito.Se casó con un conocido pianista y luego mantuvo una relación estable con el actor Michel Piccoli . Me pareció verlos juntos en la plaza de Saint Sulpice en una noche de invierno, pero tal vez fue un sueño. Yo vivía a pocos metros en la rue de Vaugirard.Como ella reconoció a sus amigos, el amor de su vida fue Miles Davis , al que conoció en París en 1949. El compositor y trompetista interpretó aquel día 'Les feuilles mortes', la canción de Yves Montand. Juliette cayó rendida a sus pies. Fue un romance corto e intenso, que se rompió porque Miles estaba casado y porque la sociedad francesa rechazaba la relación de una mujer blanca con un hombre negro. Ninguno de los dos superó la separación .Hay una canción cuyo título no he podido recordar que habla de un desconocido con el que intima a orillas del Sena . Los encuentros se hacen habituales hasta que él desaparece de repente. Ella lo busca hasta que descubre que ha muerto. Lo que impresiona de su interpretación es la intensidad dramática que transmite su voz. Cuando la escuchaba pensé que tal vez seguía añorando a aquel músico de jazz que desapareció de su vida para siempre.

El existencialismo, la filosofía del absurdo y de la nada, tuvo una musa: Juliette Gréco. Sus grandes ojos, resaltados por el maquillaje, su voz ronca, sus volátiles manos y sus sempiternos trajes oscuros fascinaron a Jean-Paul Sartre, que promocionó su carrera y modeló ... su estética.

Sucedió en 1947 cuando Juliette, actriz aficionada, coincidió con el autor de 'El ser y la nada' al final de una cena. «Deberías dedicarte a la canción», dijo Sartre. A lo que ella respondió: «No sé cantar y tampoco me gustan las canciones que escucho en la radio». Ella tenía 20 años. Ni siquiera intuía que estaba en el comienzo de una carrera que la elevaría a la condición de mito.

El filósofo del existencialismo le entregó unos libros y le indicó que fuera a ver en su nombre al compositor Joseph Kosma, que puso música a un poema de Queneau para ella. Juliette empezó a cantar en los bares y los cabarets del París. En 1949, grabó su primer disco con un título emblemático en su repertorio: 'Je hais les dimanches'.

Vi cantar a esta mujer a mediados de los 70 en una 'cave' del Barrio Latino. Vestía un elegante traje negro y los focos iluminaban sus ojos: «Siempre amaré el tiempo de las cerezas, el tiempo que guardo en el corazón, una herida abierta». Los años habían impreso algunas arrugas en su rostro, pero conservaba intacta su belleza y su hipnótica voz.

Los mismos rasgos que nos habían fascinado cuando TVE emitió 'Belphegor, el fantasma del Louvre' a finales de los 60. Greco era la misteriosa aparición que recorría los pasillos del museo y que dejaba un rastro de sangre mientras el miedo sacudía a los espectadores de la serie.

Esa imagen prevalece en el imaginario colectivo sobre la de la mujer que fascinó a Sartre, que amó a Camus, que inspiró a Prévert, que impresionó a Gainsbourg y que decía que prefería envejecer a mantener su belleza. Tal vez pesaba su dramático pasado cuando su familia fue detenida por la Gestapo tras cumplir 16 años. Fue encarcelada mientras su madre y su hermana eran deportadas por sus vínculos con la Resistencia. La experiencia marcó su carácter.

Gréco nunca quiso convertirse en una estrella de la pantalla, pero participó en 40 películas. Tenía dudas sobre su voz, pero triunfó por su timbre. Detestaba el apelativo de musa y reivindicaba su condición de artista mientras renegaba de su atractivo físico. No quería ser lo que los otros veían en ella, pero todo lo que hacía fomentaba el mito.

Se casó con un conocido pianista y luego mantuvo una relación estable con el actor Michel Piccoli. Me pareció verlos juntos en la plaza de Saint Sulpice en una noche de invierno, pero tal vez fue un sueño. Yo vivía a pocos metros en la rue de Vaugirard.

Como ella reconoció a sus amigos, el amor de su vida fue Miles Davis, al que conoció en París en 1949. El compositor y trompetista interpretó aquel día 'Les feuilles mortes', la canción de Yves Montand. Juliette cayó rendida a sus pies. Fue un romance corto e intenso, que se rompió porque Miles estaba casado y porque la sociedad francesa rechazaba la relación de una mujer blanca con un hombre negro. Ninguno de los dos superó la separación.

Hay una canción cuyo título no he podido recordar que habla de un desconocido con el que intima a orillas del Sena. Los encuentros se hacen habituales hasta que él desaparece de repente. Ella lo busca hasta que descubre que ha muerto. Lo que impresiona de su interpretación es la intensidad dramática que transmite su voz. Cuando la escuchaba pensé que tal vez seguía añorando a aquel músico de jazz que desapareció de su vida para siempre.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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