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La noche en la que Emil Jonsson volvió a nacer en el mortífero vagón 8 del Iryo: "Un chico me cambió el sitio. Él murió y yo..."

La noche en la que Emil Jonsson volvió a nacer en el mortífero vagón 8 del Iryo: "Un chico me cambió el sitio. Él murió y yo..."
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Un viaje ordinario hacia Madrid terminó convertido en una espera suspendida entre hierros, silencio y cuerpos de personas fallecidas, dentro del coche que recibió el golpe más violento del choque ferroviario de Adamuz. Más información: En la zona cero del choque de trenes de Adamuz: "Para poder sacar a los vivos hemos tenido que empujar a los muertos".

Emil Jonnson, de 46 años, recibe a EL ESPAÑOL en Benalmádena tan sólo un día después de haber sobrevivido al accidente fruto de la colisión de dos trenes en Adamuz. Francis González

Reportajes CRÓNICA DE SUPERVIVENCIA La noche en la que Emil Jonsson volvió a nacer en el mortífero vagón 8 del Iryo: "Un chico me cambió el sitio. Él murió y yo..."

Un viaje ordinario hacia Madrid terminó convertido en una espera suspendida entre hierros, silencio y cuerpos de personas fallecidas, dentro del coche que recibió el golpe más violento del choque ferroviario de Adamuz.

Más información: En la zona cero del choque de trenes de Adamuz: "Para poder sacar a los vivos hemos tenido que empujar a los muertos".

Benalmádena Publicada 25 enero 2026 02:38h

Llueve en la Costa del Sol. Llueve con una obstinación impropia del tópico, como si el nombre hubiera decidido vengarse de sí mismo. La lluvia cae densa sobre Benalmádena, aplasta el azul, borra el horizonte y vuelve irreconocible un lugar que suele venderse como promesa de sol perpetuo. Nada aquí parece hoy una postal.

Emil Jonsson está en casa de un amigo porque todavía no puede quedarse solo. Los médicos se lo han repetido con una claridad que no admite discusión: necesita —él y sus costillas rotas— reposo, compañía, alguien cerca por si el cuerpo falla cuando la cabeza se distrae.

El domingo viajaba en la última fila del último vagón del Iryo que descarriló a las 19:35 horas a la altura de Adamuz, en Córdoba. Un tren de alta velocidad que cubría la ruta Málaga–Madrid y que, por causas que todavía se investigan, perdió el control en un tramo recto de la vía, recién renovado, e invadió la línea contraria. En ese mismo instante circulaba en sentido opuesto un Alvia de Renfe con destino Huelva. El choque fue frontal, inmediato, devastador.

Emil Jonsson, en Benalmádena, donde se recupera en casa de un amigo tras sobrevivir al choque entre dos trenes en Adamuz. Francis González.

A bordo del Iryo viajaban alrededor de 300 personas. Emil iba sentado en la fila 15 y el vagón 8, los que más sufieron de todo el convoy. Justo en su misma fila se encontraba Jesús Aldaña, el cardiólogo del Hopital de La Paz cuyo fallecimiento se confirmaría poco después.

El vagón 8 descarriló primero, se cruzó sobre la vía y quedó expuesto al impacto directo; terminando completamente destrozado de lateral, arrancado de su lógica ferroviaria, convertido en una cápsula frágil en mitad de la violencia.

"El vagón quedó irreconocible", dice hoy Emil. Iba a Madrid para renovar el pasaporte en la embajada sueca. Tenía cita a las nueve de la mañana del día siguiente y pensaba regresar a casa esa misma tarde. Nada extraordinario. Un trámite.

En el tren, cuenta, había sacado el ordenador del trabajo para ver un partido de fútbol, un Aston Villa–Everton cualquiera. A su lado se sentó un joven "de unos 20 años" que le pidió cambiar de asiento para ir junto a la ventana. Emil aceptó.

"Hoy lo agradezco", dice. "Creo que ese era el peor sitio para estar, fue justo donde impactó el otro tren". Se trata del asiento 15A. No volvió a ver a aquel hombre después del choque. No sabe si sobrevivió.

24 horas después

Abre la puerta a EL ESPAÑOL con una sonrisa amplia, casi infantil, una de esas sonrisas que no parecen un mecanismo de defensa sino una forma sincera de agradecimiento. Lleva puesta la camisa azul del pijama del Hospital Reina Sofía de Córdoba y unas zapatillas que no son suyas.

Se las regaló el médico que lo atendió la noche del accidente, cuando Emil salió del tren sin zapatos después de quitarse los pantalones para dárselos a otro pasajero y taparle la cara, una hemorragia que no se detenía.

En el departamento, a escasos metros de la línea de costa, camina despacio, con mucho cuidado. "No debería estar de pie", dice. Salió del hospital en silla de ruedas. Y todavía la necesita. Pero tiene que buscar una por su cuenta porque el hospital no le ha cedido una. Se apoya apenas en los muebles, mide cada gesto. Pero se mueve. Está vivo.

El último vagón del Iryo fue uno de los más dañados del siniestro; Emil Jonsson logró sobrevivir tras quedar atrapado más de 20 minutos Francis González.

Tiene 46 años, es sueco y vive desde hace cinco en Málaga porque no soporta el frío ni la oscuridad de su país. "En Suecia ahora el sol se pone a las dos o tres de la tarde", dice. "Es de noche casi todo el día". Trabaja desde casa para una gran empresa turística, atiende al mercado nórdico, encadena turnos largos y horarios cambiantes.

Cuando no trabaja, camina por la montaña. "Camino mucho", dice. Tres horas al día. "Prefiero la siera antes que la playa", continúa. Cree —lo dice sin épica— que eso le salvó la vida. "Si hubiera tenido diez años más, o si hubiera estado peor físicamente, estaría muerto en ese tren", afirma, como quien constata un dato y no una hipótesis.

"Pero lo que más me gusta es jugar al billar. Juego en Fuengirola todos los lunes y jueves en la liga y tengo muchos amigos allí". Emil sonríe casi todo el tiempo. Incluso cuando empieza a hablar del accidente. Pero a medida que la conversación avanza, la sonrisa se le resquebraja. Tiene que parar. Respira. Se seca los ojos. Hay recuerdos que llegan sin avisar. El movimiento lateral. El golpe. El silencio. La idea, nítida y persistente, de que podría haber muerto.

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El impacto

El primer aviso fue mínimo. Un movimiento algo más fuerte de lo habitual. "Cuando vas al baño en un tren siempre se mueve", explica. "Pero esto fue distinto". Un segundo después, el impacto. El otro tren golpeando el vagón.

Emil no sabe contra qué chocó su cuerpo. Cree que voló. "Tal vez contra el techo. Tal vez contra una pared. No lo sé". Todo ocurrió demasiado rápido para ordenar las imágenes.

Cuando el tren se detuvo, el vagón estaba volcado sobre un costado. Emil levantó la cabeza y no reconoció el lugar en el que estaba. "Era el mismo sitio que dos segundos antes, pero ya no lo era".

Había cristales por todas partes. Tierra. Sangre. Personas cubiertas de sangre. Durante unos segundos —dice— todo quedó en silencio. Un silencio espeso, antinatural. "Como si el tiempo se hubiera parado". Después alguien gritó y el ruido regresó de golpe.

El gesto acompaña al relato cuando Emil Jonsson describe el choque. Francis González.

Emil permaneció consciente. No pensó, al principio, que aquello fuera una tragedia de grandes dimensiones. "Pensé: hay heridos, nada más". La magnitud real le llegó después, ya en el hospital, cuando empezó a entender que no había sido un descarrilamiento sin más, sino un choque entre dos trenes lanzados en sentidos opuestos.

Dentro del vagón permanecieron atrapados entre veinte y treinta minutos. Las sillas estaban arrancadas de sus anclajes, volcadas unas sobre otras. Los cuerpos habían salido despedidos. El suelo estaba cubierto de maletas abiertas, ropa, fragmentos de metal, restos de lo que había sido un viaje rutinario.

Tenía varias costillas rotas, la espalda dañada, una pierna que no respondía. Pensó que quizá no volvería a caminar. "Pensé: voy a quedarme así para siempre". Aun así, en el momento, no pensó en sí mismo. Pensó en los demás. En cómo calmar a quienes gritaban. En ayudar a una mujer inconsciente que apenas respiraba.

Cuando los bomberos empezaron a romper los cristales para abrir una salida, Emil se quitó la camisa y la colocó sobre ella para protegerla de los fragmentos que caían. "Había mucho cristal. Caía sobre nosotros", recuerda.

No sabe cómo logró trepar por los asientos para salir del vagón. "Adrenalina", dice. Afuera, no podía moverse. Gritó durante media hora. Una mujer —la recuerda con precisión: joven, fuerte, completamente ilesa— se acercó, lo cubrió con mantas y no se fue de su lado. "Ella fue increíble", repite.

Emil Jonsson muestra en su teléfono una imagen de las lesiones en la espalda y las costillas sufridas durante el accidente ferroviario. Francis González.

La oscuridad

Mientras tanto, a casi un kilómetro de distancia, en plena oscuridad de la sierra Morena, los primeros agentes de la Policía Local de Adamuz llegaban a la zona del siniestro. El jefe del cuerpo, Antonio Ruiz, recordaba aquel momento como una sucesión de intuiciones confirmadas.

"Cuando llegamos al segundo tren vimos que aquello era otra cosa", contaría después. Vagones caídos por el talud, hierros retorcidos, voces desde dentro pidiendo ayuda. "La gente andaba como zombi", resumió. Para sacar a los vivos, admitió, hubo que empujar a los muertos.

El Alvia fue el tren más castigado. Sus dos primeros vagones salieron despedidos y cayeron por un desnivel de varios metros, concentrando la mayor parte de las víctimas mortales.

Pero el último vagón del Iryo —en el que viajaba Emil— quedó también destrozado, convertido en un espacio sin geometría ni referencias, donde el cuerpo solo podía obedecer a la urgencia.

Las ambulancias no podían acceder. El rescate se hizo a pulso, con linternas, camillas improvisadas y manos que se relevaban sin preguntar. La noche era cerrada. No había luz. Solo gritos, respiraciones agitadas y el sonido seco del metal enfriándose.

Al cierre de esta crónica, la cifra oficial de fallecidos asciende ya a 45 personas. Cuando Emil pudo usar el teléfono, escribió primero a su jefa. "Le dije: he tenido un accidente de tren, he sobrevivido, pero mi ordenador no. Necesito otro". Se ríe al recordarlo.

El billete sigue ahí, en el teléfono de Emil Jonsson, como prueba de un viaje en el último vagón que no terminó como estaba previsto. Francis González.

Después llamó a su madre. No recuerda bien la conversación. Solo recuerda que era la segunda vez en su vida que tenía que decirle algo así. A los veinte años sufrió un grave accidente de moto en Tailandia. También entonces la llamó para pedirle dinero para una operación. "Cuando le dije que había tenido otro accidente, me dijo: estás de broma".

En el Hospital Reina Sofía de Córdoba entendió que aquello no había sido un accidente menor. Médicos por todas partes. Policías. Psicólogos. Periodistas. "Todo el mundo estaba allí".

La atención mediática llegó rápido: televisión sueca, noruega, británica. El alcalde de Málaga visitándolo en el hospital. Emil se dejó hacer. "Es parte de esto", dice. Pero el cuerpo empezó a pasar factura.

Las noches sin dormir. El dolor constante. El cansancio que no se va. "La segunda noche fue terrible. No podía dormir. Me dieron pastillas y dormí veinte minutos, me despertaba, volvía a dormirme".

El shock no desapareció al salir del hospital. Al contrario. "Me di cuenta al día siguiente de que esto era una noticia internacional. No era un accidente pequeño. No era como chocar con un coche".

Ahora, sentado en el salón de un piso que no es el suyo, Emil habla y sonríe. Pero cuando recuerda el momento exacto en que el otro tren golpeó el vagón, se detiene. Busca palabras. Llora. "Es como una película", dice. "Todo el mundo volando. Sin cinturones. Bolsas, maletas, cuerpos".

Emil Jonsson no puede contener las lágrimas al volver sobre lo ocurrido en el último vagón del Iryo. Francis González.

"La gente andaba como 'zombi' y se oían gritos de los atrapados": el testimonio del policía local que llegó primero al accidente

Renacer a los 46

La imagen del impacto le viene vuelve una y otra vez. Dice que lo que más miedo le dio no fue morir, sino quedar "en una forma extraña para siempre". Perder el cuerpo. La autonomía. La vida tal como la conocía.

Sobrevivir le ha obligado a pensar en lo que importa. "Necesito reevaluar mi vida", dice. No se considera una persona especialmente familiar. Ha vivido lejos, ha trabajado mucho, ha estado solo. "Echo de menos a mi familia". Su madre y su hermana viajan ahora a España para estar con él. Cuando habla de eso, baja la voz. Y la sonrisa desaparece.

Emil no habla de milagros. Habla de segundos. De gestos mínimos. De un asiento intercambiado casi por cortesía. De una camisa arrancada para frenar una hemorragia ajena. De un vagón convertido en trampa.

Habla, sobre todo, de haber vuelto. De haber salido. De haber cruzado un umbral invisible del que otros no regresaron. Emil no se siente distinto, dice, pero sí más consciente: del cuerpo que responde, del aire que entra y sale, de la posibilidad —tan frágil como real— de no haber estado hoy aquí.

Afuera sigue lloviendo. Cuando cierra la puerta, queda la sensación de haber estado frente a alguien que no sobrevivió para aprender nada ni para corregirse, sino simplemente para seguir viviendo. Como si, después del golpe, el tiempo hubiera vuelto a arrancar desde otro lugar.

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