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La nostalgia vence al escándalo en el regreso de La Oreja de Van Gogh en Madrid

La nostalgia vence al escándalo en el regreso de La Oreja de Van Gogh en Madrid
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El grupo vasco llena el Movistar Arena con la gira 'Tantas cosas que contar' y la vuelta de Amaia Montero, la cantante original, casi dos décadas después. Más información: Amaia Montero, en su regreso a La Oreja de Van Gogh: "Bajé al mismísimo infierno, pero aquí estoy con mis cicatrices"

El grupo La Oreja de Van Gogh recala este jueves en el Movistar Arena de Madrid en su nueva gira con Amaia Montero como vocalista. Víctor Lerena EFE

Música La nostalgia vence al escándalo en el regreso de La Oreja de Van Gogh en Madrid

El grupo vasco llena el Movistar Arena con la gira 'Tantas cosas que contar' y la vuelta de Amaia Montero, la cantante original, casi dos décadas después.

Más información:Amaia Montero, en su regreso a La Oreja de Van Gogh: "Bajé al mismísimo infierno, pero aquí estoy con mis cicatrices"

Publicada 29 mayo 2026 02:10h Actualizada 29 mayo 2026 02:23h

Huelga decirlo: la vida a veces brinda grandes momentos. Y trata de repartir alegrías de forma ecuánime. Un día después de que Leire Martínez ganara Mask Singer, La Oreja de Van Gogh llenaba el Movistar Arena de Madrid con Amaia Montero, su cantante original. Habían transcurrido casi dos décadas y varias polémicas a sus espaldas. Desde la noticia de que su primer disco lo grabaron otros músicos hasta una temprana ruptura o la expulsión, aún sin aclarar del todo, de la triunfadora en el mencionado concurso televisivo.

A esto le siguió el anuncio -¡sorpresa!- de que la formación vasca recuperaba a su líder primigenia y emprendía una gira con cierta retranca: la llamaba ‘Tantas cosas que contar’, como uno de sus primeros temas. Además, iba acompañada de un ‘single’ y varias fechas en grandes recintos. Nombre clave en el pop nacional de finales de los noventa, La Oreja de Van Gogh ha ido acumulando éxitos de radiofórmulas mientras a su alrededor se libraban batallas por sus vaivenes (o como se defina a las discusiones airadas de Twitter y demás redes sociales).

Por eso, este regreso a la capital era extremadamente simbólico. No sólo porque Madrid haya supuesto una especie de karaoke emocional en su trayectoria, sino porque suponía un termómetro de aceptación. Y el resultado fue inequívoco: nada resiste a la nostalgia. Nada derriba el recuerdo adolescente de un baile compartido entre efluvios de inconsciencia o de la banda sonora que puso lágrimas a sus desengaños. La Oreja de Van Gogh ajustó cuentas con su pasado y sintió el aliento de la gloria.

Decenas de personas durante un concierto del grupo 'La Oreja de Van Gogh, en el Movistar Arena, a 28 de mayo de 2026, en Madrid. Ricardo Rubio Europa Press

No existía espacio para las rencillas. Sólo lo había para esas estrofas que ya son parte de un idioma compartido. El Movistar Arena parecía un santuario generacional. Abundaban los amigos que iban vestidos para reencontrarse con una versión antigua de sí mismos. Con esa que sufría en el autobús del instituto cuando le ignoraba su amado, que coreaba a gritos en el coche de camino a las playas del sur o que les fundía al final de las bodas. Y entonces, diez minutos más tarde de la hora prevista, se apagaron las luces.

Un mosaico de pantallas en blanco avanzó el aterrizaje. Los miembros de La Oreja de Van Gogh tomaron sus instrumentos y del centro, en una plataforma también blanca, surgió Amaia. Bastó escuchar las primeras frases de 20 de enero para entender por qué el retorno era inevitable. No por una escenografía actualizada con luminosos y efectos de sonido, sino porque esas letras parecen construidas alrededor de su forma de entonarlas.

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Y, aunque haya recibido críticas, Amaia Montero cumplió con creces. Quizás su voz no alcance aquellos agudos, pero nunca flojeó a lo largo de la noche (como sí lo hizo en su primera cita del reencuentro, en el Bizkaia Arena de Barakaldo, según apuntó ella misma). Además, el público no había ido a escuchar perfección técnica. Había ido a comprobar si podía volver a sentir. Y lo consiguió: París, Cuéntame al oído o La playa sonaron como cápsulas de una España anterior a los ‘smartphones’. Cuando el pop aún podía ser romántico sin ironías ni estribillos virales.

Resultaba extraño escucharlas en 2026: tan ingenuas, tan melodramáticas, tan poco avergonzadas de querer gustar. Mientras gran parte del pop contemporáneo parece escrito para sobrevivir quince segundos en TikTok, La Oreja de Van Gogh se empeñaba en narrar historias. Cándidas, o cursis, pero universales y cercanas, al fin y al cabo. Quizás por eso envejecieron mejor de lo que muchos esperaban y todavía se gritan al alimón.

El grupo La Oreja de Van Gogh recala este jueves en el Movistar Arena de Madrid en su nueva gira con Amaia Montero como vocalista. Víctor Lerena EFE

Durante los primeros minutos, encadenaron temas sin tregua. Y saludó con cariño: Amaia repitió “buenas noches” hasta en cinco ocasiones y dio las gracias por la acogida desde el principio: “La Oreja no se explica sin Madrid”, alegó antes de arrancar la canción que da título al tour. Siguieron Perdóname, La chica del gorro azul o Dulce locura hasta que las pantallas emitieron una cuenta atrás que inducía a la pirotecnia. Traca que se quedó encasquillada debido a un “problema técnico”: la plataforma que elevaba a la artista en Mariposa no funcionaba.

El parón se saldó pronto y se zanjó con Vestido Azul antes de que, sin avisos, el escenario se quedara vacío. Al rato, Xabi San Martín ocupaba el trono central con su piano y tocaba Tan guapa, atreviéndose con la voz en los primeros versos hasta que se le sumó Amaia. Fue uno de los momentos más intensos y uno de los menos espectaculares, a pesar de que la composición siempre arrastró rumores, dobles lecturas y biografías ocultas del conjunto. Allí, cantándose casi uno al otro, parecía resumirse toda la historia de La Oreja de Van Gogh: amistad, heridas, silencios larguísimos y la imposibilidad de eliminar lo acontecido. La nostalgia podría consistir exactamente en eso: descubrir que aquello que parecía enterrado seguía esperándote.

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Y ya el repertorio final rodó como una máquina de memoria colectiva perfectamente engrasada. Rosas convirtió el recinto en un orfeón gigantesco; Muñeca de trapo sonó casi como una reconciliación total entre banda y audiencia; y Cuídate o Puedes contar conmigo confirmó algo que creemos olvidar: sus canciones son capaces de instalarse en el subconsciente incluso de quienes juraban detestarlas.

“Sois increíbles”, esgrimió Amaia antes de fundirse en un abrazo con el resto del grupo y recibir una ovación que no entendía de debates morales. La gente había acudido para reencontrarse con esas rimas que ejercen de refugio sentimental. Y durante algo menos de dos horas, ocurrió. Con imperfecciones, con el fantasma de Leire Martínez asomando o con el eco de artificio comercial, pero ocurrió. “Ha sido el mejor concierto de mi vida”, decía un hombre maduro al terminar. Como otros 15.000 espectadores, daba fe de que la nostalgia vence al escándalo.

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