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La OTAN, una organización sin tarjeta roja para expulsar a sus aliados

La OTAN, una organización sin tarjeta roja para expulsar a sus aliados
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Las normas de la Alianza y sus propios valores fundacionales prohíben suspender a un país miembro de la organización, como quiere hacer Trump con España, salvo que se dé de baja de forma voluntaria

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Maniobras de la OTAN en España. EFE La OTAN, una organización sin tarjeta roja para expulsar a sus aliados

Las normas de la Alianza y sus propios valores fundacionales prohíben suspender a un país miembro de la organización, como quiere hacer Trump con España, salvo que se dé de baja de forma voluntaria

M. Pérez

Viernes, 24 de abril 2026, 21:16

... lo otro son factibles ni están en su mano. Al menos, de manera instantánea y sin un largo proceso intermedio de gestiones, presiones y negociaciones incluso al límite de las orillas legales.

Tampoco el líder republicano lo tiene fácil para sacar a su país de la estructura transatlántica. Aunque quisiera hacerlo, una ley aprobada en Estados Unidos en 2023 se lo impide si antes no consigue el apoyo de dos tercios del Senado o el Congreso promulga una nueva legislación de Defensa Nacional que rectifique la anterior, lo cual es muy poco probable en unas Cámaras como las actuales, dominadas por el bipartidismo más enfrentado que nunca.

Pero supongamos que Trump quiere sí o sí dar de baja a EE UU. Entonces podría invocar los poderes presidenciales e ir al choque con el Congreso con el argumento de que negarle esta potestad resulta inconstitucional. En ese caso, la cuestión quedaría en manos de la Corte Suprema. El abandono de la OTAN pasaría, por lo tanto, del debate político al judicial y ya no sería solo el producto de un berrinche del líder republicano. Entraría en un proceso largo y muy complejo en las altas instancias estadounidenses, en el que estarían en juego decisiones que abarcan desde la defensa nacional y las responsabilidades internacionales de EE UU hasta el límite de las competencias del presidente.

Una baja del principal socio fundacional también produciría una parádoja. Washington es el depositario del Tratado de la Alianza Atlántica, con lo cual, su salida debería abrir el debate sobre el nuevo encargado de velar por las reglas que rigen la OTAN. Es muy posible que obligase a refundar sustancialmente la arquitectura normativa y administrativa de la institución. Por no decir que también sería necesario buscar sustitutos a todos los cargos estadounidenses que ocupan plazas de máximo nivel en la estructura militar de la Alianza.

¿Pueden producirse presiones extranormativas?

Evidentemente, el juego menos limpio siempre existe. Estados Unidos es el séptimo socio de la OTAN en cuanto a esfuerzo relativo del PIB. Aporta más de un 3% mientras Polonia y Lituania se sitúan por encima del 4%. Sin embargo, en términos absolutos la Casa Blanca es la que más dinero contante y sonante suministra a las arcas de la Alianza, que en 2026 contemplan un fondo común de 6.200 millones de dólares. Trump podría forzar una bajada de su cuota –redundando de paso en una mejora del ahorro y de la redistribución de su PIB nacional–, a la par que ordenar la salida de gran parte de sus 80.000 soldados repartidos en Europa.

Respecto a España, la inexistencia de una cláusula de expulsión le garantiza que está a salvo de cualquier maniobra formal del líder republicano. Pero quedan las informales. Lo que se conoce como 'diplomacia de presión'

Tampoco es algo que se haya puesto en práctica en la larga historia de la OTAN, pero si resulta posible que, en casos de incumplimiento, los socios decidan aislar a un aliado de los órganos de decisión. los cargos de responsabilidad, las reuniones clave de seguridad o incluso de las maniobras conjuntas, además de cerrarles el acceso a información de Inteligencia. O sea, sumirlos en la marginalidad absoluta. En un momento dado, Trump, por su cuenta, podría recurrir a sus frecuentes amenazas económicas y arancelarias o predisponer a la Alianza a su favor, como socio principal, aunque resulte más complicado conseguir ese respaldo en el actual contexto de confrontación entre Estados Unidos y Europa.

La paciencia es una virtud

Pues sí, en el caso de la Alianza Atlántica la paciencia es una gran virtud. Por lo general, la OTAN siempre ha funcionado en la confianza de que los gobernantes que la apoyen se manejen según los valores transatlánticos de lealtad, protección mutua y seguridad estratégica, y no por criterios políticos, partidistas o, simplemente, personales. ¿Qué sucede en ese caso? Lo habitual es que la organización se arme de calma ante un socio disruptivo y espere a que su Gobierno cambie de signo en favor de un dirigente conciliador.

En el caso actual, las críticas sobre el actual secretario general, Mark Rutte, y su connivencia con Donald Trump (o, al menos, su subordinación para no causar chasquidos) son harto conocidas. Es posible, sí, que exista esa especie de conciliación excesiva, aunque algunos expertos internos consideran que Rutte simplemente deja pasar el tiempo hasta que el presidente de Estados Unidos concluya su mandato o unas elecciones intermedias adversas –con un triunfo de los demócratas en el Congreso el próximo noviembre– recorte sus posibilidades de acción. Los presidentes pasan, pero la OTAN sigue. Al menos desde 1949.

¿Alguien se ha dado de baja?

Nunca, pero sí se han dado casos curiosos. Francia, por ejemplo, decidió retirar su ejército de la Alianza en 1966, aunque permaneció como aliado dentro de su estructura. Hasta hoy, representa la mejor demostración de la política de «puertas abiertas» de la organización.

El general De Gaulle, presidente del país, tomó la decisión como una manera de fortalecer la soberanía francesa frente a la omnipresencia de Estados Unidos. Aparte, permitió a su Gobierno dotarse de la oportunidad y los medios para revitalizar el ejército galo y desarrollar un programa nuclear propio que, a la postre, mantiene a día de hoy a Francia como la primera potencia militar de la Unión Europea. Otra de las realidades forjadas en aquellos años y que perduran en la actualidad es el denominado eje franco-alemán, concebido como una estructura ajena a la OTAN y la manera de lograr cierto equilibrio de Europa frente al poder de EE UU y de Rusia.

La retirada se materializó en marzo y conllevó cambios muy importantes. Las fuerzas estadounidenses debieron salir de suelo francés y el Cuartel General Supremo de la Alianza se trasladó de París a Bruselas, donde continúa en la actualidad. El presidente Nicolás Sarkozy hizo que los franceses volvieran a integrarse militarmente en la OTAN en 2009.

En el caso de España, pudo haber sido el primer país en salirse de la disciplina transatlántica en 1986, cuatro años después de su ingreso durante la etapa de Leopoldo Calvo-Sotelo al frente del Ejecutivo y tras la previa autorización parlamentaria a pedir la adhesión. Los españoles se convirtieron entonces en el socio número dieciséis de la Alianza. El Gobierno de Felipe González celebró un referéndum sobre la permanencia el 12 de marzo de 1986. Ganó el 'sí' por un 52,5% de votos.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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