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La paradoja de Cambridge: de Shanghái a Jason Arday

La paradoja de Cambridge: de Shanghái a Jason Arday
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Una universidad que figura entre las cuatro mejores del mundo ha promovido a un profesor que no era lo que parecía ser. La realidad obliga a abrir una investigación

El Foco

La paradoja de Cambridge: de Shanghái a Jason Arday

Una universidad que figura entre las cuatro mejores del mundo ha promovido a un profesor que no era lo que parecía ser. La realidad obliga a abrir una investigación

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Jesús G. Maestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada

06/09/2026 a las 00:00h.

Decía Quevedo que «los dos embustes de la vida humana / desde la cuna son honra y riqueza». Cuidado con la fama porque hay situaciones en ... las que la realidad parece obra de un guionista particularmente trágico, irónico y cruel. Y esta es una de ellas.

Sin embargo, coincidiendo con la publicación de estos índices de «éxito», nos llega la noticia de la trágica muerte de Jason Arday, un profesor al que esta universidad ha promovido de forma muy discutida a la vista de una serie de hechos aducidos por diferentes medios de comunicación.

Cambridge no le concedió el doctorado a Arday. Eso correspondió a Liverpool John Moores University. Lo que hizo Cambridge fue algo bastante más potente: lo incorporó a su Facultad de Educación como catedrático de Sociología de la Educación. El procedimiento no fue mediante una oposición propiamente dicha, sino según un proceso interno de elección. Parece que de este modo el sistema universitario anglosajón evita la famosa endogamia española, con procedimientos selectivos más privados que públicos, es decir, más parecidos a una cooptación que a un concurso abierto de méritos.

Después de que aparecieran acusaciones de plagio en su tesis doctoral y preguntas sobre distintos elementos de su trayectoria académica, Cambridge pasó de defender públicamente al profesor a aceptar una investigación independiente sobre las circunstancias de su nombramiento y su permanencia en la institución.

Cambridge no diseñó el currículum de Arday. Cambridge lo leyó, evaluó y consideró apto. Después le concedió una cátedra.

Uno siempre habría imaginado que una universidad situada en el cuarto puesto mundial dispondría de mecanismos extraordinariamente sofisticados para distinguir entre una trayectoria académica excepcional y un CV como el mío. Quizá tenemos demasiada imaginación y suponemos que en Cambridge, antes de conceder una cátedra, se examina con detenimiento lo que científica y verdaderamente el candidato ha hecho.

Tal vez el número cuatro de Shanghái mida estupendamente producción científica, premios, publicaciones y citas multitudinarias. Lo que no sabemos es si mide tan bien la capacidad de leer un currículum antes de convertir a su titular en catedrático estrella.

Y conviene detenerse aquí, porque la crítica tiene un límite que la tragedia ni comparte ni tampoco autoriza.

Jason Arday ha muerto a los 41 años, pocos días después de haber dimitido de Cambridge y en medio de una enorme controversia pública. La policía británica ha calificado el fallecimiento de inesperado, pero no como algo sospechoso. Por el momento, porque las circunstancias continúan bajo investigación. Arday había negado las acusaciones de plagio, aunque reconoció «errores» en su tesis, y su familia ha denunciado la presión y el acoso que, según sostiene, acompañaron al escándalo.

Jason Arday ha muerto pocos días después de haber dimitido y en medio de una enorme controversia pública

Si Arday fue víctima de una persecución injusta, habrá que preguntarse por qué una institución como Cambridge no fue capaz de protegerlo adecuadamente después de haberlo elevado a una posición académica de enorme prestigio. Y si las acusaciones contra su trayectoria contienen elementos demostrables, habrá que preguntarse algo todavía más inaudito: ¿cómo pudo Cambridge nombrarlo catedrático? ¿Quién evaluó aquello? ¿Con qué criterios?

Cambridge ha anunciado ahora una investigación independiente. Es una decisión razonable. Pero resulta inevitable preguntarse por qué la investigación llega después del nombramiento y como consecuencia de una tragedia personal.

El asunto resulta especialmente amargo porque aquí no estamos ante una simple errata burocrática, sino ante una tragedia personal. ¿Recuerdan el caso de Antonio Calvo, profesor de español en la Universidad de Princeton?

Una universidad puede equivocarse al contratar a alguien, valorar una publicación e incluso interpretar una trayectoria. Lo que no puede permitirse es fracasar de este modo cuando promueve en tales condiciones un prestigio académico que acaba mortalmente.

Esta tragedia es una desafortunada alegoría de buena parte de la universidad del siglo XXI. Una institución que figura entre las cuatro mejores del mundo ha promovido a un profesor que no era lo que parecía ser. El 'ranking' puede colocarte en el cuarto lugar del planeta, pero la realidad te obliga a abrir una investigación porque tu sistema de selección de profesores no identifica presuntos fraudes académicos y científicos.

No es precisamente el mejor momento para presumir de infalibilidad. Y menos aún cuando la persona que protagoniza este infortunio acaba de fallecer.

Al final estamos ante dos tragedias distintas que no deben confundirse. En primer lugar, la tragedia humana de Jason Arday, cuya muerte merece el máximo respeto y cuyas circunstancias todavía no conocemos completamente. Y en segundo lugar, la propia tragedia institucional de una universidad que tendrá que explicar cómo pudo promover a una persona a una posición académica de máximo prestigio para descubrir inmediatamente después que debía investigar en serio los fundamentos de aquella decisión.

Las causas de su muerte imponen prudencia y respeto absoluto. Las razones de su elección y promoción exigen explicaciones que sospecho imposibles de fundamentar con la debida coherencia.

Shanghái, mientras tanto, puede seguir exhibiendo a Cambridge en el puesto número 4. Los 'rankings', al menos, tienen una ventaja: nunca tienen que contratar a nadie. ¿O tal vez sí? Trabajar en una universidad que, como la mía, ocupa en 2026 un puesto entre el 901 y el 1000 es en estos tiempos una ventaja. El año pasado estábamos entre el 801 y el 900 (vamos mejorando, aunque no lo parezca ni lo crean). Lo que a veces asegura tu supervivencia no es la fuerza, sino tu insignificancia. Descanse en paz Jason Arday.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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