Los políticos, llegado el momento, se ponen cascos de obreros, monos de la minería o disfraces de carnaval
Viernes, 13 de marzo 2026, 01:00
... rematador para marcar un gol de chufla. De chufla porque el guardameta estaba allí como un poste más de la portería, con la misma inmovilidad que un palo y dejando que don Alberto le metiera el gol. Una nimiedad. Los políticos, llegado el momento, se ponen cascos de obreros, monos de la minería o disfraces de carnaval. Les va en el oficio ese travestismo que busca la mímesis, la identificación no de ellos con el obrero sino la del obrero con ellos, con el voto. Pero de la pirueta deportiva de Feijóo se puede extraer una metáfora más o menos decente.Así que cuando Núñez Feijóo ha tomado carrerilla y cree materializado el gol, saca Sánchez la manopla y el juego ya está en la otra área. De poco le sirve la estampa al conservador, ni el vuelo ni el estilo. Le pasó en las elecciones del 23, no yendo al debate de los candidatos y quedándosele cara de pasmo cuando ya estaba besándose el escudo y cantando el gol que solo fue un Uyy. Y lo mismo que con Sánchez le ocurre con Abascal y su partida. Va y viene. Posa y se desposa. Un día los tiene por hermanos de la misma familia y al siguiente los pone en ridículo como a un vecino indeseado que ha venido a meterse en su jardín. Echa por delante a sus cancerberos, el ladrador Tellado y la totémica Ester Muñoz, con el guion del día a medio aprender más allá del mantra contra Sánchez. O se quedan a remolque de lo que ese día haya dicho Díaz Ayuso como portavoz de sí misma o de su señor Trump. Muy ladradores pero sin alcanzar a morder el tobillo de la presa, que ya hemos visto que está en otra parte del campo, del tablero político y con Ábalos, Koldo y toda la mugre momificada en el graderío. Casi amortizada la podredumbre gracias a un zigzagueo que Feijóo desconoce por mucho que se adorne con carrerillas y piruetas sobre el vacío.
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