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La primera residencia para atender a sacerdotes con problemas psicológicos

La primera residencia para atender a sacerdotes con problemas psicológicos
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En el centro, situado en el Castellón rural, se atiende a curas que sufren desde depresión y adicciones hasta dudas en su fe

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Los usuarios son miembros de la Iglesia que en un momento de sus vidas sienten que no pueden más. Adobe Stock La primera residencia para atender a sacerdotes con problemas psicológicos

En el centro, situado en el Castellón rural, se atiende a curas que sufren desde depresión y adicciones hasta dudas en su fe

Jorge Alacid

Domingo, 5 de abril 2026, 00:07

... más naranjos. Y silencio. Caminos escarpados que conducen hacia la edificación custodiada por los integrantes de la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, que en su página web se presenta como «asociación de sacerdotes seculares que vive la fraternidad sacerdotal trabajando por las vocaciones». Son palabras que congenian con la geografía concreta donde se asientan estos principios, aplicados a un objetivo muy específico: acoger fraternalmente a otros sacerdotes como ellos que pasan por dificultades.

«Es fácil caer en el agotamiento emocional», dice el director de la residencia

Son curas que pasan por situaciones… ¿Difíciles? Este es un territorio tan delicado que reclama una semántica de precisión, como corrige enseguida el padre Lavaniegos. «¿Difíciles? No, no se puede usar ese lenguaje», aclara. Prefiere hablar con más crudeza y recurrir a términos como depresión o adicciones para identificar la clase de malestar anímico con que vienen a ponerse en sus manos quienes padecen todos esos procesos también muy extendidos fuera de la Iglesia. Habla incluso de quienes sufren dudas en su fe («Es lógico, no hay fe ni hay vocación si no hay duda», dice), vinculadas a veces a la pulsión propia del sexto mandamiento (objeto de su último libro, 'La maduración sexual en el celibato sacerdotal') o de quienes se confiesan sometidos por ese tipo de agobio que en inglés se llama 'burnout', lo que viene a ser el diagnóstico propio de todo trabajador 'quemado'. «La gente común no lo sabe pero el oficio de cura es una cosa muy expuesta», advierte. Y añade: «Un párroco tiene mucho trabajo: hay quien tiene encargado el servicio de hasta diez parroquias». «Es fácil entonces», prosigue, «que caiga no sólo en el agotamiento físico sino también en el emocional».

La Iglesia «repara»

Menciona en este punto Lavaniegos cómo se detona el mecanismo instaurado en esta apartada casa de Castellón para cumplir otro mandato bíblico: curar al enfermo. «En la Iglesia, a la gente no se la deshecha: se la repara», proclama. Luego de este preámbulo, se activa el sistema de asistencia según un protocolo muy bien definido. Primer paso, aceptación del problema. «Cuando el sacerdote pide ayuda a su obispo y lo manda para aquí, ya significa que hay una capacidad de creer, de esperar… De buscar ayuda». Segundo paso. El cura que se encamina hacia la Residencia Mosén Sol (llamada así en honor del beato que fundó la Hermandad de los Operarios Diocesanos en el siglo pasado) es recibido con una consigna que Lavaniegos expresa de modo elocuente: «Lo primero que le decimos es: 'Tú no eres un problema, eres una persona y aquí lo importante es eso, tu persona'».

115 sacerdotes

han pasado en cinco años por el centro situado en Alquería del Niño Perdido, con éxito en el 80% de los casos.

Superada esa fase de acercamiento, llega el momento que denomina «proceso de crecimiento integral». «Son cinco etapas», apunta. Y las recita de carrerilla: «La primera es una introducción, la segunda es conocerse, la tercera comprenderse, la cuarta es asumir el modelo sacerdotal y la quinta proyectar el futuro». Un tratamiento que deben acometer los internos en una residencia con capacidad para 15 personas que Lavaniegos prefiere no exprimir demasiado. «Si pasan de nueve personas, ya no lo manejo bien», explica, antes de detallar cómo el servicio que presta a esa comunidad de religiosos que acude a sanar su alma obliga a la lectura de una serie de manuales, tantos como fases tiene su programa de asistencia: 700 páginas cuyo contenido deben absorber quienes participan en el proceso de curación. «Lo importante es la reflexión», observa. Una asistencia que ofrece en compañía de otros tres sacerdotes, auxiliados además por un grupo de 25 profesionales de varias áreas de conocimientos «que nos ayudan en distintas cosas». «En cinco años han venido 115 sacerdotes y de ellos el 80% se ha reincorporado a su diócesis».

- ¿Y el otro 20%?

- Les hemos ayudado a dejar el ministerio en paz. Se han secularizado tranquilamente, sin conflictos ni crisis. Sin agobios.

«El celibato no es mágico»

El resto, esa mayoría de sacerdotes que salvan de modo feliz su estancia en la residencia, pautada en unos seis meses, puede regresar a esta suerte de casa de salud donde alivió sus penas. «Durante tres años permitimos que vuelvan y sí, la gente vuelve. Hablamos con ellos de nuevo o concertamos cita con el psicólogo, siempre de acuerdo con su obispo», detalla Lavaniegos, que llegó hace cinco años a España con la intención de procurar esta clase de asistencia tan enraizada en lo que llama «carisma» de su institución.

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Emilio Lavaniegos dirige el centro situado en el pueblo de Alquerías del Niño. Greisy Avendano

No oculta, como autor especializado en analizar las conductas de los sacerdotes respecto al celibato, que la cuestión del sexto mandamiento forma parte de las dificultades personales que se abordan en Castellón y describe el proceso que se sigue en estos casos de acuerdo con la doctrina que expresa en sus libros: «Por el celibato no se deja de tener sexualidad ni se renuncia a la sexualidad». Segunda observación al respecto: «El ejercicio de la sexualidad no está eximido de una maduración sexual y de todos los problemas que puedan surgir en torno a ella, que son muy diversos como lo son también entre los casados y los solteros». ¿Conclusión? «El celibato no es mágico. Lo que supone es un camino extraordinario y extremadamente valioso que exige a la vez medios extraordinarios».

Sea cual sea la condición de partida de quienes reciben asistencia en la residencia, vale para todos el precepto que invoca Lavaniegos: «El carisma de nuestra institución es el cuidado de los sacerdotes». Un propósito materializado a través de un proceso donde «lo más típico es el agotamiento emocional de la persona». Una situación límite que puede encauzarse durante su estancia en la residencia, como comprueba él mismo meses después, cuando visita a cada cura en su parroquia y concluye que «se recuperan requetebién». «Te das cuenta entonces que han adquirido una matriz no sólo para aquello a lo que vino, sino para afrontar la vida de otra manera», concluye.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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