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«La rabia me ayuda a escribir»

«La rabia me ayuda a escribir»
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«Soy cruel con mis personajes», reconoce la autora, que desciende a los infiernos académicos en su nueva novela

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Sara Barquinero, en un momento de la entrevista. J. R. LADRA

Sara Barquinero

Escritora «La rabia me ayuda a escribir»

«Soy cruel con mis personajes», reconoce la autora, que desciende a los infiernos académicos en su nueva novela

Miguel Lorenci

Madrid

Lunes, 16 de marzo 2026, 00:15

... celebrada 'Los escorpiones' publica 'La chica mas lista que conozco' (Lumen). Es una novela de campus inclemente con el mundo académico, sus abusos de poder, vicios y camarillas disfrazada de «tratado filosófico sobre la vergüenza». Soy «cruel» con mis personajes, reconoce.

–Le saca partido al enfado.

–Sí. La rabia y el enfado me ayudan a escribir. También a hacer amigos. Si dos personas odian lo mismo, se harán amigas antes. El odio une. Una amiga bromea diciendo que este es el libro de mis venganzas, que me he vengado de todo el mundo que me ha tratado mal. Es una exageración con algo de verdad.

–¿Le ha costado más que 'Los escorpiones'?

–No. Ha sido mucho más fácil. Una vez resueltos los problemas iniciales de la estructura, todo fluyó. No tuve las complicaciones de 'Los escorpiones'. La escribí gracias a una beca. No tenía que trabajar. Fue ideal.

–No se le da bien crear personajes que caigan bien, dice.

—Soy un poco cruel con mis personajes, sí. Me sale así. Pero esta vez he intentado que la protagonista, una estudiante de primero, resultara simpática. No sé si lo he conseguido.

–Alicia, la protagonista. ¿Quién es?

–Una chica que, cuando consigue lo que quería, deja de quererlo. Alguien que ha crecido entre libros y referencias intelectuales en un entorno poco intelectual. Quiere convertirse en una de esas heroínas que veía en las novelas de Jane Austen y en otras autoras románticas.

–La universidad puede ser un nido de ratas, escribe.

–Sí. Siempre me viene a la cabeza la imagen de dos ratas peleando por un churro con música de Linkin Park de fondo. Para mí eso representa muchas discusiones universitarias: gente peleando por tonterías.

–Su retrato del mundo académico es inclemente.

–La universidad pública es un espacio que hay que proteger. No ha tenido ni la relevancia ni las inversiones que necesita. En muchos casos se ha convertido en un lugar de camarillas, donde la gente intenta que prosperen los suyos. Eso implica usos y costumbres poco democráticos que generan mucho sufrimiento entre quienes intentan entrar o progresar en ella.

–¿Un campo abonado para los abusos de poder?

–Casi cualquier espacio lo es, por desgracia. Pero la universidad, igual que las camarillas, favorece que ciertas prácticas se callen o se normalicen. Algunas asociaciones feministas han intentado impulsar protocolos contra el acoso ambiental, pero no diría que funcionen perfectamente.

–¿Existe violencia intelectual?

–No es exclusiva de la universidad, pero existe. Frente al mito democrático de que cualquiera puede llegar a cualquier sitio, hay diferencias enormes de capital cultural y económico entre estudiantes. Y eso influye mucho en quién acaba prosperando dentro de la institución.

–Describe relaciones desiguales y con zonas oscuras entre profesores y alumnas.

–Es un tema complejo. Si la alumna es mayor de edad, no debería ser ilegal en sí mismo, sobre todo si el profesor ya no la evalúa. El relato ideal sería que dos personas se conocen, se enamoran y esperan a que terminen las clases. El problema aparece cuando existe una estructura de impunidad y esas situaciones se repiten una y otra vez. Si tienes profesores que en diez años han tenido relaciones con varias alumnas y muchas de ellas acaban abandonando la universidad, hay un problema social.

–¿El movimiento 'MeToo' llega tarde al mundo académico?

–El problema es que mucha gente se escandaliza con la idea de que cualquiera pueda acusar a cualquiera. El 'MeToo' ha llegado a muchos ámbitos, pero a quienes tienen poder no les interesa que se haga una depuración real de las instituciones. Por eso muchas veces se queda en ruido y polémica sin cambios estructurales.

–¿Está más calmada después de publicar el libro?

–Las cosas que me enfadaban cuando lo escribí siguen ahí. No han cambiado. Escribirlo me permitió entender mejor lo que sentía y darle sentido.

–¿Qué es lo que más le enfada?

–Que la universidad, en Humanidades, se haya convertido en un espacio de hiperespecialización con lógicas absurdas. Hay gente pagando por artículos académicos, 'papers', o porque otros los escriban para conseguir méritos. Esos marrulleos me crispan. La universidad debería ser más pública y más transparente.

–¿La novela es una historia disfrazada de tratado filosófico?

–Cuando empecé no tenía claro el punto de vista. Quería hacer observaciones cínicas sobre la vida académica a través de una protagonista joven con la que el lector empatizará. Primero dividí el relato y luego apareció esa estructura.

–¿Narrar es filosofar?

–Depende de cómo se narre. Me gusta que las novelas giren alrededor de una idea o una pregunta. Siempre me planteé cuál es la pregunta central del libro, casi como si fuera un ensayo.

–¿Cuál es la pregunta de 'La chica más lista que conozco'?

–Cómo lidiar con la vergüenza, en especial con la vergüenza por pecados que no hemos cometido nosotras, sino que se han cometido contra nosotras. Por eso el subtítulo es 'Un tratado sobre la vergüenza'.

–Se define como empollona. ¿Lo pasó mal en la universidad?

–No, mi experiencia universitaria fue en general muy feliz. Pero eso no me impedía ver los peores usos y costumbres que había a mi alrededor. El doctorado fue más duro. Cuando entregué la tesis me quedé sin ganas de leer filosofía durante años.

–¿Ha recuperado ese interés?

–Sí, gracias a la novela. Si escribía este libro, pensé, tendría que leer autores para incluir referencias. Y eso me volvió a enganchar. Siempre me ha gustado la filosofía tanto como la literatura.

–¿La filosofía sigue teniendo algo que decir?

–Claro. A la filosofía se le exige algo que no pedimos a otras ciencias. Un libro de divulgación debe enseñarte algo; con la filosofía debería pasar lo mismo. No todo el mundo debe ser experto, pero hay autores que dialogan muy bien con nuestra generación, como Judith Butler o Mark Fisher.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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