Pequeñas infamias
La receta de Audrey Hepburn Regala esta noticia Añádenos en GoogleCarmen Posadas
12/06/2026 a las 10:07h.Todos los años, a medida que se acerca el verano y, por tanto, mi cumpleaños, les doy a todos ustedes la tabarra con mis neuras ... sobre el paso del tiempo, la pérdida de la belleza, la aceptación de la vejez y todo eso. Para alguien que como yo quería morir a los treinta (pensaba que nada muy interesante podía ocurrirle a uno pasada esa edad), haber llegado hasta los setenta y tres añazos que me caen en agosto supone una sorpresa; también, una victoria.
¿Se han fijado en cómo envejecen los amargados, los resentidos, los feos por dentro?
De ahí que llega un momento en el que conviene elegir qué clase de viejo –o vieja– quiere uno ser, y yo ya tengo decidido mi role model. En un primer momento, pensé en imitar a Agatha Christie, que, aparte de ser una grandísima escritora, tenía tanto sentido del humor (una cualidad fundamental a la hora de envejecer bien) que jamás se tomó a sí misma demasiado en serio. Y lo demostraba a cada paso. Como cuando le preguntaron si no le producía inquietud estar casada con un hombre catorce años más joven. «¡Todo lo contrario! –contestó ella–, Max esarqueólogo, así que cada año me encuentra más fascinante». Su método para envejecer con tranquilidad es buenísimo, no me digan que no, pero encontrar un novio arqueólogo o uno coleccionista de antigüedades no es fácil, así que tuve que buscar otro modelo que imitar, y me acordé de Audrey Hepburn.
Murió con sesenta y pocos años, pero aun así me sirve como inspiración, porque aceptó su edad sin caer en el espejismo de otras colegas suyas. Su receta a la hora de envejecer no tenía nada que ver con la de Joan Collins, por ejemplo, que a las noventa y dos primaveras aún viste minifalda. Tampoco con la de Cher, que, a pesar de estar tan bien preservada (algunos dirían momificada), se comporta como si tuviera cuarenta o cincuenta años menos. Ni siquiera con la de Jane Fonda, que intenta más inteligentemente hacerle trampas al calendario sin dar tanto el cante, pero aun así opta por la vía sexy.
Audrey, en cambio, eligió otro camino, dejar que el tiempo hiciera su trabajo y mostrarse natural. Pero, eso sí, sin que se le fuera la mano como a Carolina de Mónaco, que, de tan tan natural, ni siquiera se toma la molestia de peluquerearse un poco. Audrey Hepburn, en cambio, se recogía el pelo de manera simple pero favorecedora, se maquillaba un poquito (a estas edades, menos es siempre más), elegía ropa sin estridencias pero favorecedora, pensada para destacar los puntos fuertes y disimular los no tan fuertes. Y luego contaba con un arma de belleza infalible que no funciona tan bien en las edades tempranas, pero que en la vejez resulta imbatible: la bondad.
¿Se han fijado en cómo envejecen los amargados, los resentidos, los feos por dentro? Injusto, claro, porque se pasa uno la vida tratando de disimular defectos y fealdades del alma para que luego asomen sus vergüenzas cuando la juventud ya no sirve de camuflaje. Audrey, cuando alguien le preguntaba por su estrategia para mantenerse tan joven y guapa, decía: «Para tener ojos bellos busca lo bueno que siempre hay en otros. Para tener labios irresistibles, pronuncia solo palabras de bondad». Y decía también: «A medida que te hagas viejo o vieja, descubrirás que tienes dos manos. Una para ayudarte a ti mismo. La otra para ayudar a los demás». Y luego está su última recomendación estética, que nada tiene que ver con el bótox, los superalimentos, tampoco con el ácido hialurónico ni con machacarse en el gimnasio para que no se descuelguen las carnes, y es esta: «Mi mayor victoria sobre los años ha sido aprender a aceptarme y convivir con mis defectos, fallos y contradicciones».
Yo, desde luego, no he llegado a esta gran sabiduría que tanta belleza confiere, pero, créanme, estoy calentando en la banda. De momento, me he apuntado también este otro retazo de sabiduría de Santiago Ramón y Cajal, que tanto comprendía la naturaleza humana: «En la vejez, lo que más afea no son las arrugas del rostro, sino las del cerebro».
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