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La revolución de las canas

La revolución de las canas
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Pequeñas infamias

La revolución de las canas Regala esta noticia Añádenos en Google

Carmen Posadas

19/06/2026 a las 10:43h.

Hace poco tuve la suerte de participar en el VII Seminario Académico del Centro de Investigación Ageingnomics de la Fundación Mapfre junto con Elvira Vega, ... su directora general, para reflexionar sobre algo que nos atañe a todos: los retos de la nueva longevidad. Actualmente en Europa los mayores de 65 años suponemos el 21,3 por ciento de la población, es decir, que una de cada cinco personas está en edad de jubilarse. Alarmante como dato, pero el fenómeno presenta también aspectos positivos que apuntan a una nueva y esperanzadora realidad.

Esta circunstancia tiene también consecuencias económicas. Esas personas que antes pasaban a la retaguardia ahora se mantienen activas, tienen ganas de disfrutar, de aprender, de participar. También tienen un alto poder adquisitivo, hasta tal punto que la llamada 'economía del envejecimiento' representa el 25 por ciento del PIB europeo. Frente a esta realidad inédita se abren no solo oportunidades (cada vez con más frecuencia, empresas que antes favorecían jubilaciones tempranas ahora se están dando cuenta del valor económico de la experiencia sénior). También se abren nuevos retos.

Ya no es un desiderátum ni una frase bonita decir que los 50 son los nuevos 30

En ese mismo seminario, Juan Luis Arsuaga subrayó que el número de personas mayores en una sociedad es la medida del conocimiento, la inteligencia y la experiencia del grupo. En ediciones anteriores, Luis Rojas Marcos destacó que para vivir más y mejor conviene tener mala memoria, porque recordar todo lo malo impide ser feliz. José Antonio Marina, por su parte, recordó que es fundamental conservar la curiosidad, socializar, compartir, porque «la soledad es nuestra peor condena».

Yo, por mi parte, me esforcé en señalar un par de puntos. El primero, que estamos renunciando a un enorme caudal de experiencia y sabiduría cuando invisibilizamos a los mayores. El segundo, envejecer bien es un arte. Uno que está al alcance de todos, pero que requiere de atención y de perseverancia. Ahora todo el mundo está de acuerdo sobre la necesidad de mantener un cuerpo joven. Hacer ejercicio, cuidar la alimentación, recurrir a terapias antiaging. Pero no es tan frecuente hacer lo mismo con el cerebro. No me dio tiempo en mi intervención a elaborar más esta idea, por lo que me gustaría mencionarla aquí.

Al igual que ocurre con el cuerpo, la mente también requiere su ejercicio. Que cada uno elija el suyo. El mío es leer y escribir, pero existen mil formas. Hay quien prefiere apuntarse a la jubilación activa; otros, a aprender un idioma, tocar un instrumento, hacer una carrera o incluso montar una empresa. También la alimentación del cerebro es importante. Si se lo nutre con comida de mala calidad (programas de telebasura, scrolling sin fin, conversaciones lelas o lecturas pésimas, etc., se embota).

En cuanto a lo que podríamos llamar 'terapias antiaging para el cerebro', ya he mencionado las recomendaciones de maestros como Arsuaga, Rojas Marcos o Marina. Ahora les contaré la mía y es esta: tener un propósito. Nada envejece tanto y convoca más a la muerte que carecer de un objetivo. Desde el punto de vista biológico, tener un objetivo activa directamente los circuitos dopamínicos, lo que genera energía y una sensación intrínseca de satisfacción al lograr avances. Esto es así porque nuestro mandato biológico primordial es la supervivencia, y los propósitos son mecanismos orgánicos que impulsan a la acción y nos recompensan por ello. ¿De qué propósitos hablamos? ¿Vale cualquiera? Sí, pero, a partir de los 65, lo que más satisfacción produce es sentirse útil, necesario. Útil y necesario para algo o para alguien, y ahí la familia juega un papel clave. Pero aun sin tener ese soporte fundamental se puede ser feliz. Basta con mirar alrededor, siempre hay alguien a quien tender una mano.

Decía Albert Camus que con los años uno pasa de la pasión a la compasión y que ayudar a otros es la mejor manera de sentirse joven. A esto yo añadiría que los mayores de 65 años de ahora somos unos privilegiados. La sociedad (también las empresas) están reconociendo lo que Antonio Huertas e Iñaki Ortega abordaron en su libro La revolución de las canas: redescubrir –después de unos años de edadismo ciego– cómo los efectos positivos de la longevidad compensan los negativos y propician, e incluso estimulan, el crecimiento económico de toda la sociedad. Curiosamente, esto remite a lo que ha ocurrido siempre en todas las civilizaciones, desde los maoríes a los antiguos griegos, pasando por los sioux. Los pueblos más cohesionados y los que más progresan son aquellos que valoran a sus mayores y aprovechan su experiencia.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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