- TOM BURS MARAÑÓN
De admirar a la selección nacional se puede pasar a reconocer la valía de tantas buenas empresas. Lo español tiene mucho que decir en servicios financieros, grandes proyectos y marcas de lujo al igual que lo tiene la selección nacional en ese fabuloso 'big business' que es lo que organiza la FIFA.
España tiene el domingo al alcance de la mano ganar la copa del Mundial de Fútbol más fastuoso en la historia de la competición. El ganador de la Copa de Europa de Naciones hace dos años se medirá contra Argentina que aspira a retener la del mundo que ganó en 2022. El mejor equipo nacional del viejo continente se enfrenta al mejor del nuevo mundo que España descubrió y evangelizó. Lo mejor del juego global habla español y España está en boca de todos los europeos.
El tan deseable triunfo de España frente a Argentina pasado mañana creará una clara percepción en su entorno de lo que es esta anciana nación y de lo que da de sí. España se convierte en el país de éxito que ha tomado el relevo a Alemania, Francia, Inglaterra e Italia, las potencias futboleras europeas que han dejado de serlo. España, que a lo largo de este año habrá recibido a más de cien millones de visitantes, es el país de moda.
Si España levanta la Copa del Mundo en el atardecer del domingo se debería poner fin de una vez por todas a la saga de tópicos que tanto han penalizado a estos pagos abandonados que desprecian cuanto ignoran. Antes era Alemania la que jugaba como una perfecta y poderosa máquina, Italia la de las genialidades, Inglaterra la del tesón y Francia la que aplicaba método y razón al campo de juego. Ahora todo eso que caracterizaba a los otros goza de buena salud entre Hendaya y un Gibraltar que ya no tiene verja.
Se ha de tener en cuenta el extraordinario poderío que ejerce el deporte rey en la imaginación global. La selección de cada país retrata lo que es. Los noruegos se marcharon del mundial transfronterizo de las américas habiendo creado la imagen de los peleones vikingos que son y los alemanes, cabizbajos, como la de un país que ha perdido la brújula que lo orientaba. La imagen de España está sembrada de lugares comunes negativos y estos en una gran parte los está eliminando La Roja.
En un mundo donde el fútbol cuenta tantísimo, un país cuya selección de astros gana la Eurocopa de fútbol y que dos años después está próximo a coronarse campeón mundial merece mucho respeto. Y esto es justamente lo que España ha echado en falta desde que su Edad de Oro pasó a ser un lejano recuerdo.
Hoy se pone la necesaria pica en Flandes llenando los estadios de hinchas que se pintan las caras con los colores nacionales. Unos nuevos y también imbatibles tercios les harán y estallar de júbilo a base de jugadas que acaban en gol. Ganar campeonatos, como antes se ganaban guerras, está reservado a una nación que rebosa talento y que, también, cuenta con la disciplina que se requiere para encauzar hacia el éxito las cuantiosas habilidades con las que cuenta.
Como sabe hasta el que no sabe nada de fútbol ni quiere saber nada de ello, el pasado martes en la primera semifinal del mundial 2026 España eliminó con eficacia a Francia. Fue una humillación para los franceses que han mirado a España por encima del hombro desde hace trescientos años en un ejercicio de altanería que refinaron sus ilustrados antepasados.
Voltaire ya decretó que España era el "país de la pereza". Y antes que él, Montesquieu sentenció que en España el que "permanece sentado diez horas del día obtiene el doble de consideración que el que solo esté cinco". De ahí a decir que "África empieza en los Pirineos" hay solo un pequeño paso.
Y de ahí vienen los lugares comunes tan perjudiciales. Sin embargo, lo que no olvidan los que sí saben algo de fútbol es que España ya le negó a Francia el pase a la final de la Eurocopa en 2024, final que España ganó frente a Inglaterra. Llueve sobre mojado en los encuentros entre los dos países vecinos y la superioridad de España ante Francia es indiscutible. Lo es al menos en el fútbol, que es el espejo en el cual se mira una gran parte de la humanidad.
De vencer a Argentina, los ingleses seguramente también hubieran sucumbido en la final ante España el domingo como ocurrió en la Eurocopa. Y esto tiene su miga porque los ingleses tampoco se han quedado atrás a la hora de crear tópicos generalmente hirientes acerca de España.
El duque de Wellington, que fue el comandante en jefe de la tropa durante la Guerra de Independencia, creó uno que ha persistido a lo largo del tiempo. En sus despachos al ministerio de la Guerra en Londres Wellington se quejaba con frecuencia de lo que llamaba el impractability, la ausencia de sentido práctico de los políticos y de los mandos militares españoles.
Los "padres de la patria" que se habían reunido en las Cortes Constituyentes de Cádiz le sacaban de quicio a Wellington tanto más que los capitanes generales de las distintas regiones militares. "¿Qué se puede hacer por esta nación perdida?", escribió Wellington a sus superiores en Inglaterra. "No se puede pensar que recluten hombres o procuren abastecimientos, ni en la adopción de medida alguna que pudiera capacitarles para proseguir la guerra".
Más de veinte años después, cuando ya había estallado la primera Guerra Carlista, un joven aristócrata inglés llamado Richard Ford, gran admirador de Wellington, puso en circulación los tópicos de su héroe cuando recorrió España visitando los campos de batalla de lo que los británicos conocen como la Guerra Peninsular.
En un monumental libro sobre sus peripecias hispanas que influenció muchísimo a posteriores extranjeros que escribieron sobre España, Ford explicó a sus lectores que los españoles constituían un pueblo noble y estupendo que tenía la secular mala fortuna de padecer malos gobiernos. Los españoles eran "cuerpos atados por una soga de arena".
Impractability explica cómo España se "saltó" el Siglo de la Luces que era el de Voltaire, cómo fracasó el liberalismo a lo largo del siguiente y cómo se propagó el incivismo durante buena parte del XX. Es la narrativa de una sociedad que vive penosamente al margen de las corrientes europeas. Carga con un sentimiento trágico de la vida y, debido a su aislamiento, es un pueblo retrasado y pobre.
El fútbol lo puede cambiar todo. No convierte España en un país bello, agradable y hospitalario. Eso ya lo conocen de sobra los turistas, sobre todo los ingleses y los franceses, que masivamente y en creciente número aterrizan en España en cuanto tocan las vacaciones. Lo que ocurre es que, además, España constituye una sociedad vital que funciona. Es alegre, limpio y eficaz como lo es su selección nacional.
Esto lo saben los franceses porque la Roja les dio una paliza en la semifinal de la Eurocopa de 2024 y de nuevo en la del Mundial el martes. Y lo saben los ingleses porque recibieron la correspondiente paliza en la final de aquel campeonato europeo y porque hasta siete de los jugadores de la selección española militan en clubes de la Premier.
Con algo se empieza y de admirar a la selección nacional se puede pasar a reconocer la valía de tantas buenas empresas españolas que, sobre todo en Reino Unido, triunfan en el exterior. Lo español tiene mucho que decir en servicios financieros, en grandes proyectos de infraestructura y en marcas de lujo al igual que lo tiene la selección nacional en ese fabuloso big business que es lo que organiza la FIFA.
No es que ya unos y otros de fuera les hablen de tú a tú a los españoles. Es que se dirigen a ellos con respeto. España, por su parte, ha de perder los complejos que tuvo y que en cierta manera sobreviven debido a los tópicos.
La tristísima ironía es que esta imagen tan espectacular de España hacia el exterior que han creado sus ídolos del balompié coincide con un mal Gobierno, un fallo tremebundo de las elites políticas que es semejante al que denunciaban aquellos forasteros que fueron los viajeros románticos del XIX, también llamados los Curiosos Impertinentes.
Tales alegaciones no son ninguna impertinencia como tampoco son una novedad. Es solamente constatar la ausencia de pragmatismo de un Gobierno atado de pies y manos por las imputaciones de corrupción que es incapaz de conseguir la aprobación parlamentaria de su techo de gasto y que se niega a convocar las elecciones anticipadas que demandan amplias capas de la población.
Los que han ensuciado las manos blancasNi apoyos ni margen fiscal para gastar másGibraltar, entre el futuro y la ocasión perdida Comentar ÚLTIMA HORA