Conduciendo de Chicago a Santa Mónica se pueden descubrir algunas de las mejores facetas del país
Regala esta noticia Añádenos en Google 15/07/2026 Actualizado a las 03:11h.John Steinbeck la bautizó la «carretera madre» en Las uvas de la ira; la familia Joad viajaba hacia el oeste desde Oklahoma en busca de ... una vida mejor en California. Nat King Cole cantaba que era allí donde uno «se lo pasaba en grande». Dio nombre a una popular serie de televisión de los años sesenta e inspiró la trama y el escenario de Cars, la película de animación de Pixar estrenada en 2006. Es el itinerario de uno de los viajes por carretera más emblemáticos de Estados Unidos.
Aunque comenzó siendo un mosaico heterogéneo de carreteras estatales y locales —no fue hasta doce años después de su inauguración cuando se convirtió en la primera autopista estadounidense completamente asfaltada—, pronto pasó a ser la principal ruta hacia el oeste, atravesando ocho estados. Los jornaleros agrícolas la recorrían para huir del Dust Bowl; también lo hacían los trabajadores, muchos de ellos afroamericanos procedentes de Texas y Oklahoma, que acudieron en masa a la floreciente base industrial de California tras la Segunda Guerra Mundial; y los veraneantes la utilizaban para llegar a Los Ángeles. Durante los primeros años de la Ruta 66, cada vez más personas se ponían al volante gracias al asequible Modelo T de Henry Ford. Al mismo tiempo, florecieron los servicios para los automovilistas —gasolineras, cafeterías y moteles—, al igual que las pequeñas localidades por las que discurría la carretera.
Sin embargo, con un solo carril por sentido, la popular ruta acabó convirtiéndose en un inmenso atasco. Dwight Eisenhower, presidente de Estados Unidos, había quedado impresionado por las autopistas alemanas (Autobahn) durante su servicio en Europa en la Segunda Guerra Mundial y en 1956 firmó la Federal Aid Highway Act (Ley federal de ayuda a las carreteras) para financiar una red de autopistas interestatales de varios carriles. En las décadas siguientes, algunas de esas nuevas vías discurrieron en paralelo a la Ruta 66; otras, sencillamente, la sustituyeron. La Ruta 66 fue eliminada oficialmente de la red de carreteras federales de Estados Unidos en 1985.
Ese podría haber sido el final de la historia. Sin embargo, surgieron organizaciones ciudadanas para preservar y proteger la Ruta 66, confirmando la observación que Alexis de Tocqueville hizo hace casi dos siglos: «los estadounidenses… siempre están formando asociaciones… al frente de cualquier nueva empresa».
Esa es la primera lección que ofrece la Ruta 66: pese a todas las lamentaciones y a los incontables píxeles gastados en hablar de la atomización social provocada por la era digital, los estadounidenses conservan una admirable vocación por el voluntariado presencial. Los ocho estados cuentan con asociaciones dirigidas por voluntarios dedicadas a preservar y promover la Ruta 66, y personas entusiastas y extraordinariamente comunicativas atienden los museos de las pequeñas localidades y las atracciones situadas junto a la carretera. De hecho, la vitalidad de la ruta se debe, en gran medida, al esfuerzo de innumerables personas que decidieron, cada una por sus propios motivos, que querían conservar su encanto y evitar que cayera en el abandono y el olvido.
La movilidad, motor del auge de Estados Unidos
Bill Thomas, presidente de la organización nacional de conservación Route 66 Road Ahead Partnership y responsable de desarrollo económico del condado de Logan, en Oklahoma, considera que preservar la ruta es una forma de atraer turistas. Atlanta (Illinois), una localidad de apenas 1.600 habitantes, recibe unos 8.000 visitantes al año. Su principal atractivo es el extravagante American Giants Museum, dedicado a las enormes estatuas de fibra de vidrio que las empresas utilizaban para captar la atención de los clientes y atraerlos a sus negocios —su desafortunada tendencia a desplomarse provocó demandas judiciales y acabó motivando su retirada—. El museo ocupa una antigua gasolinera Texaco; al otro lado de la calle, un gigante de fibra de vidrio sostiene —o parece dispuesto a utilizar como arma— un perrito caliente del tamaño de un banco de parque.
A lo largo de la ruta, abundan este tipo de extravagancias junto a la carretera. En Holbrook (Arizona) hay un motel formado por tipis de hormigón pintados, un poco más adelante aparece un antiguo pueblo minero reconvertido en un museo al aire libre del Viejo Oeste, y también hay museos dedicados a las motocicletas, gestionados por apasionados de la carretera que desean compartir su afición con el público.
En conjunto, estas atracciones ilustran la segunda lección: la economía estadounidense no solo es dinámica y productiva, sino también extraordinariamente creativa. Las empresas estadounidenses destacan por su capacidad para despertar en los clientes el deseo de comprar. La publicidad, cuando está bien hecha, es un arte. Aunque hoy suele ser terreno exclusivo de grandes y costosas agencias, la Ruta 66 ofrece cientos de ejemplos de que también puede surgir de iniciativas individuales que apenas requieren unas cuantas latas de pintura y un nombre inolvidable, como Blue Swallow o Wagon Wheel, ambos moteles. Los reclamos publicitarios también siguen funcionando: si eres capaz de comerte un filete de 72 onzas en el Big Texan Steak Ranch de Amarillo en menos de una hora sin vomitar, la comida te sale gratis.
La última lección es, más bien, un recordatorio: la movilidad fue uno de los motores del auge de Estados Unidos. La gente podía trasladarse a otra ciudad o a otro estado para encontrar mejores oportunidades y reinventarse. Hoy, sin embargo, cada vez son menos quienes lo hacen. Además, los políticos se muestran cada vez más recelosos ante la llegada de nuevos vecinos: la izquierda critica la llegada de estadounidenses de clase media y lamenta la gentrificación, y la derecha rechaza la inmigración y sostiene que los extranjeros les arrebatan los puestos de trabajo. La Ruta 66 simboliza aquello que realmente hizo grande a Estados Unidos.
Recorrer la Ruta 66 para disfrutar del viaje
A lo largo de toda la Ruta 66 se percibe que el país puede estar políticamente crispado y dividido, pero sigue siendo un lugar acogedor y fascinante, repleto de tantas maravillas como defectos. Algunos tramos de la ruta —los vertiginosos puertos de montaña entre Cool Springs y Oatman, en Arizona, las montañas áridas y estriadas de Nuevo México, o las suaves llanuras onduladas y los cielos infinitos de Oklahoma— poseen una belleza sobrecogedora.
Recorrer la «carretera madre» también recuerda a los estadounidenses lo inmenso y hospitalario que sigue siendo su país. En ella se encuentran muchos menos gruñones de los que uno podría cruzarse en cualquier aeropuerto y precisamente su falta de comodidad constituye parte de su encanto. «Nadie quiere conducir a 55 millas por hora cuando puede hacerlo a 75 por la interestatal», se lamenta un voluntario en una gasolinera restaurada de Shamrock (Texas). La gente utiliza las autopistas interestatales porque necesita llegar, pero recorre la Ruta 66 porque quiere disfrutar del viaje.
Los viajes por carretera ayudan a sentir que uno avanza hacia una comprensión más profunda del país
Thomas recuerda cómo muchos turistas extranjeros le dicen «estamos recorriendo la Ruta 66 para conocer la «verdadera América»». Y, aunque Adrian (Texas) y Pontiac (Illinois) no sean más «auténticas» que Queens o Boston, los viajes por carretera ayudan a sentir que uno avanza hacia una comprensión más profunda del país.
A la puerta de una cafetería de Adrian, situada en el punto medio de la carretera, un fornido francés llamado Vince contempla el camino que acaba de recorrer y el que está a punto de emprender. Cuando le preguntan qué lo atrajo de una carretera en desuso en medio de la nada, sonríe, señala su moto y responde: «para mí, ha sido un sueño durante mucho tiempo, y ahora es una realidad».
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