El perdón, el encuentro, la reconciliación. Unos conceptos extraordinariamente humanos que, como tales, son imposibles de legislar. Porque pertenecen a lo más profundo de la libertad de acción y de conciencia de cada individuo. En ese margen de maniobra interior de cada persona se manifiesta, de hecho, la liberadora imposibilidad de ser perfectos. Los seres humanos -independientemente de las creencias religiosas de cada cual, si las hubiera- pueden acertar y equivocarse, acercarse y alejarse, arrepentirse y avergonzarse, pedir perdón y perdonar, ayudar y pedir ayuda, buscar y ser encontrados. Lo cual facilita aceptar la equivocación de los demás y, a menudo, la propia. Para ello, hay que reconocerse, ante todo humanos.
«Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona», dijo este jueves por la mañana el Papa. Un mensaje profundo, potente, si se piensa que lo pronunció desde una prisión -la primera vez para un Papa en España-, la de Brians 1 en Barcelona. El Pontífice, delante de más de 80 personas en régimen carcelario, recordó que «todo ser humano es digno» incluso en el caso de las personas que tenía enfrente, que «lleváis el peso de estar lejos de vuestros seres queridos» y «sufrís a causa de vuestra condición». León XIV subrayó que siempre es posible «empezar de nuevo», dado que «ser humano» -y «ser cristiano»- no consiste en «no equivocarse»; sino en creer en la capacidad de «arrepentirse, enmendarse y, sobre todo, de reconciliarse y de perdonar».
El sentido del perdón fue un aspecto sobre el que Robert Prevost ahondó también unas horas más tarde en la Iglesia de San Agustín de Barcelona, donde aseguró que «perdonar no significa decir que lo malo estuvo bien, ni dejar que alguien siga haciendo daño», ni «olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado», subrayó el Papa: «Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón».
El clima de la jornada de ayer se vio marcado, sobre todo, por el momento histórico de la bendición de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia de Barcelona. Una instantánea muy emotiva, en coincidencia con el centenario de la muerte del arquitecto catalán Antoni Gaudí. Tras la misa en el templo barcelonés, presidida por el Santo Padre, la bendición de la torre más alta de la Sagrada Familia ha convertido este templo, oficialmente, en la iglesia más alta del mundo.
Poco antes de las 19:00, delante de la Sagrada Familia, se respiraba un gran fervor. Multitud de personas se habían colocado en los asientos exteriores delante de la iglesia más icónica de Barcelona, mientras que Prevost empezaba a acercarse a ella, a través de las calles aledañas, saludando a miles de personas desde el papamóvil. Todo ello, mientras que el personal de seguridad del Pontífice seguía, una y otra vez, entregando bebés para que fueran bendecidos por el Santo Padre. En los minutos anteriores, mientras tanto, fueron llegando las máximas autoridades españolas, entre ellas, los Reyes de España, Don Felipe y Doña Letizia; el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; y el presidente de la Generalitat de Cataluña, Salvador Illa.
Rato después, el Papa presidió la misa en el interior del templo barcelonés. Instantes antes, en la zona exterior delante de la fachada de la Sagrada Familia, cuando las pantallas gigantes encuadraron a los Reyes de España, arrancó un espontáneo y generoso aplauso. La meteorología del día de ayer en Barcelona se vio marcada por una jornada nublada donde sin embargo, a última hora de la tarde, un reducido espacio entre las nubes, a la derecha de la fachada principal, dejó pasar un algo de luz; iluminando los elementos más brillantes de la Torre de Jesucristo.
A lo largo de la mañana de hoy viernes, los corresponsales del Vaticano volveremos a volar junto al Papa en el tercer trayecto de su viaje a España, que nos llevará desde Barcelona a Las Palmas de Gran Canaria. Las etapas metropolitanas de Madrid y Barcelona han puesto de relieve cómo León XIV está uniendo incluso dentro de ellas los contextos de centro y periferia. La alegría de quienes celebran, con el dolor de quienes sufren. A nivel mediático, igualmente, la próxima etapa española de Prevost en Canarias podría tener aún más repercusión mediática en relación a una de las cuestiones antropológicas de nuestro tiempo: la migración.
El fenómeno migratorio -no hubo dudas por parte del Papa dentro del Congreso de los Diputados en Madrid- es un asunto definitorio para la Iglesia Católica. Porque atañe, directamente, al tratamiento digno del otro, en cuanto ser humano. «Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano», recordó a los creyentes en la misa del Corpus Christi en Cibeles. La dignidad humana a nivel individual, el bien común a nivel colectivo y la paz a nivel internacional son tres niveles que, para Prevost, están conectados. Las palabras del Papa, como líder espiritual del planeta, es una referencia universal -tanto para creyentes como no creyentes-; porque su humanismo ante todo pone de manifiesto la necesidad de proteger, como algo sagrado, la «familia humana».