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El Kanka, en la plaza de la Merced. (Antonio Contreras) La semana grande del KankaEl cantante malagueño inicia este lunes una serie de seis conciertos en el Teatro Cervantes con los que superará el récord de Raphael
Regala esta noticia Añádenos en Google 06/06/2026 a las 00:26h.La primera vez que pisó el Teatro Cervantes lo hizo como tantos malagueños: con una entrada de paraíso en el bolsillo, la más barata, y el camino aprendido hasta el gallinero, peleándose con su reconocido vértigo. Allí veía actuar a los artistas y grupos que admiraba, como Tabletom. Ahora El Kanka regresa pero varias plantas más abajo, hasta el escenario, convertido en uno de los nombres imprescindibles de la canción de autor española. Y no lo hace para dar un concierto ni dos ni tres sino seis: una cifra inédita en la historia del teatro más importante de Málaga que le permite superar el récord que hasta ahora tenía Raphael.
Curtido en garitos, El Kanka es un artesano de la música, un obrero que ha escalado desde El Harén y La Botica hasta los principales escenarios del país sin saltarse un solo peldaño. Quizá por eso observa su propio éxito con cierta incredulidad. Porque su carrera no está construida sobre modas ni golpes de suerte, sino sobre años de carretera, sándwiches de gasolinera, noches de sofás ajenos y escenarios estrechos donde aprendió el oficio mucho antes de que miles de personas corearan sus canciones. Nada de lo que está viviendo, confiesa con los ojos muy abiertos, sentado en un banco de la plaza de la Merced, entraba en sus cálculos cuando empezó a tocar.
Nada de lo que está viviendo, confiesa con los ojos muy abiertos, sentado en un banco de la plaza de la Merced, entraba en sus cálculos cuando empezó a tocar
«Yo ni siquiera me planteaba la posibilidad de hacer un Cervantes», reconoce: «Me conformaba con poder vivir de la música, con ser profesor de guitarra y, como mucho, hacer conciertos para treinta o cuarenta personas». Habla de la amistad que ha forjado con algunos de sus ídolos como quien sigue sin acostumbrarse del todo a ciertos privilegios. «Hay veces que me veo desde fuera, por ejemplo en casa con Jorge Drexler, y me pregunto: '¿Pero qué hace este tío codeándose con esta gente?'». Como si una parte de él siguiera siendo aquel músico que recorría el país con la guitarra a cuestas, haciendo cuentas para llegar a fin de mes.
Una mezcla de asombro y humildad que se agudiza cuando vuelve a Málaga. Porque aquí están los escenarios donde empezó, pero también una parte esencial de su biografía. Mientras pasea por el centro, las calles funcionan como una especie de mapa sentimental: las primeras salidas al centro, los botellones en la Merced, los amigos. «Me acuerdo de la esquina en la que me enamoré y de la esquina en la que me rompieron el corazón», admite. Habla de una ciudad querida, pero no idealizada. «Málaga no es que sea guapa, es que es carismática», resume. En su pregón de la Feria, el año pasado, ya expresó su preocupación por la transformación acelerada de la ciudad y por las dificultades crecientes para que muchos malagueños puedan seguir viviendo en ella.
Habla de una ciudad querida, pero no idealizada: «Málaga no es que sea guapa, es que es carismática»
El sentido de pertenencia, eso sí, permanece intacto. Lo encuentra en la Misericordia, donde creció, aunque también en los veranos de El Palo y en la manera de hablar de un camarero de chiringuito. «Yo escucho a un tío decirme 'Niño, tenemos espetos' y siento que estoy en casa», cuenta entre risas: «Habla igual que yo».
Las seis noches del Cervantes tendrán, inevitablemente, algo de reunión familiar. Por los fans que ya le seguían la pista cuando era «una rata de cloaca», desde los tiempos de Doctor Desastre, por los amigos —se mantiene leal a compañeros de viaje como El Mani, su percusionista desde los inicios, o María Pellicer, representante y brújula profesional y moral— y por el recuerdo de quienes ya no están. Su padre llegó a verlo actuar en grandes recintos y fue testigo de buena parte de su crecimiento. Su madre, fallecida cuando él apenas empezaba, solo pudo asistir a uno de sus primeros bolos. «Vio un concierto mío en El Harén», recuerda: «La mayoría eran versiones. Tenía tres o cuatro canciones compuestas y eran bastante malas».
La ausencia abierta por la orfandad sigue pesando cuando habla de ellos: «Me hubiera encantado que supieran muchas cosas de las que han pasado». También las personales. «Los echo mucho de menos, claro». Sin dramatismo, como quien convive desde hace años con una nostalgia que forma parte del paisaje.
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