La Brigada de la Muerte antes de la quema de imágenes religiosas en 1936
Historia La Semana Santa de 1936, cuando las procesiones no salieron: ¿un motivo o una excusa para los sublevados?En su nuevo libro 'El águila y la sotana' el historiador Julián Chaves sostiene que el distanciamiento entre Iglesia y Gobierno fue tal que se llegó a prohibir la salida a la calle de los pasos.
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Ángel Mora Publicada 2 abril 2026 01:55h"Siendo muchas las solicitudes dirigidas a este Gobierno pidiendo autorización para celebrar procesiones en la próxima Semana Santa, dispongo que queda prohibida absolutamente su celebración con carácter general en todos los pueblos de la provincia. Lo que se hace público a fin de que por los alcaldes se dé conocimiento de ello a los curas párrocos de sus localidades y cofradías, para que se abstengan de hacer peticiones en tal sentido".
Así se expresaba en abril de 1936 el gobernador civil de Cáceres en una circular con motivo de las procesiones de Semana Santa, que ese año se celebraría entre el 5 y 12 de abril. Lo recoge el historiador Julián Chaves en su reciente ensayo El águila y la sotana (Ático de los libros, 2026), en el que detalla la relación de la Iglesia con el régimen que salió del golpe de Estado de 1936.
Contiene la primera parte de este trabajo de Chaves una serie de razones que ayudan a comprender los motivos por los que la rama española de la Iglesia católica se alineó con el bando sublevado. Uno de los casos más llamativos, señala en sus páginas el historiador, fue la prohibición de las procesiones durante la Semana Santa meses antes de la asonada. Algo que después de la guerra se ha recordado como una de las grandes afrentas de la República contra la tradición y que en más de una ocasión se ha desmentido y se ha calificado de mera leyenda con poco rigor histórico.
"Mi muy querido amigo Azaña": las cartas inéditas que devuelven al político su rostro de escritorNo opina lo mismo Chaves. Según apunta el historiador, la primavera de 1936 fue testigo de un recrudecimiento de la ya de por sí mala relación con la República. "Fueron unos meses en los que se identificó ya definitivamente al catolicismo como el eje contrario a la República, lo que además polarizó más a la población española, en la que la religión es algo tan enraizado".
Esto no era otra cosa que un episodio más de un enfrentamiento que había comenzado con la Constitución aprobada en 1931, en la que España se convertía en un Estado laico. Especialmente desagradable para la cúpula eclesiástica española eran asuntos como la educación religiosa y privada, pues para las Cortes Constituyentes quedaba prohibido para todas las confesiones religiosas "ejercer la industria, el comercio o la enseñanza".
Y, sobre todo, la cuestión económica, en tanto que se les obligaba a la "sumisión a todas las leyes tributarias del país" y se advertía de que "los bienes de las Órdenes religiosas podrán ser nacionalizados".
Cuenta Chaves: "Inicialmente, en la primavera de 1936 hubo una reunión entre el nuevo Presidente del Gobierno tras el triunfo electoral del Frente Popular, Manuel Azaña, e Isidro Gomá, el primado de España, para llegar a un entendimiento que no hubo en el primer bienio y que no hubiera radicalización".
Todo se precipitó, tal y como detalla el historiador, cuando Niceto Alcalá Zamora fue cesado como Presidente de la República y sustituido por el propio Azaña. Por su parte, el sucesor al frente del ejecutivo fue Casares Quiroga. "A partir de ahí se radicalizó el discurso del Gobierno. Así sucedió en cuanto a las manifestaciones religiosas, que tenían que ser controladas. Y así fue tanto con la Semana Santa como con las fiestas patronales".
"El Gobierno —afirma el autor de El águila y la sotana— pasó instrucciones a los gobernadores civiles, que digamos que eran sus representantes junto a los delegados del Gobierno, para que llevaran a cabo de forma taxativa la prohibición de las procesiones. También así con las conmemoraciones patronales. Hubo restricciones hasta extremos inusitados".
Una decisión que no gustó a buena parte de la población. "Generó una tirantez tremenda en los pueblos. Un ejemplo es el mismo Cáceres, donde el gobernador civil había prohibido la salida a la calle del paso. El alcalde, que era socialista, se opuso a esas órdenes y dijo que la Virgen de la Montaña, la patrona de Cáceres, había que bajarla a la calle sin importar lo que dijera el Gobierno".
Lo mismo sucedió en el resto de España. Numerosos curas y cofradías de todo el país, a pesar de conocer esa decisión tomada desde Madrid, solicitaron autorización a los responsables gubernamentales para poder realizarlas, pero —y así nos lo cuenta Chaves—, les fue negado el permiso.
Lorenzo Silva y el general leal a la República por el que Franco pidió clemencia: "Tenía una deuda con él"Aunque la Constitución de 1931 no prohibía las manifestaciones religiosas en público, sí que las entorpecía y regulaba. El artículo 27 de este documento rezaba: "Todas las confesiones podrán ejercer sus cultos privadamente. Las manifestaciones públicas del culto habrán de ser, en cada caso, autorizadas por el Gobierno". Así pues, y sin una restricción directa, se dejaba vía libre para que los representantes gubernamentales decidieran si el paso saldría o no a la calle en Semana Santa.
En los años anteriores, sobre todo durante el bienio progresista, ya había existido una fuerte polémica por la cuestión de las procesiones en Semana Santa. En Sevilla, por ejemplo, el Consejo de Hermandades de la ciudad decidió no procesionar en 1932 debido a los atentados que habían sufrido varias iglesias y religiosos durante los meses anteriores. La única que lo hizo fue La Estrella de Triana, que recibió varios disparos de parte de un grupo de comunistas al grito de "viva el comunismo libertario".