Patente de corso
La supervivencia del legionario Manolo Regala esta noticia Añádenos en GoogleArturo Pérez-Reverte
29/05/2026 a las 13:03h.Acabo de enterarme de que la OTAN organizó hace poco en España unas maniobras de fuerzas especiales para demostrar la superioridad táctica de cada país ... miembro. Y que, tras una dura selección, quedaron como finalistas un norteamericano, un francés y un español, como en los chistes que se contaban antes. El gringo era un ranger de Arkansas: armario sin empotrar con ojos de rumiante asesino y bíceps como jamones. El franchute era otro estilo: delgado, fibroso, con ese aire de intelectual que tienen algunos de allí, que cuando se ajustan el paracaídas parece que llevan un libro de Camus en la mochila. En cuanto al español, resultó ser el inevitable cabo legionario: patillas, chapiri ladeado con precisión geométrica, camisa abierta hasta el ombligo y tatuajes hasta en el prepucio. De los que salen en Málaga llevando al Cristo acojonado mientras, más que cantarle, parece que le riñen.
–Racioné cada gramo de proteína. Hasta las raspas me fui comiendo. Chupé el aceite de la lata, bebí buchitos de cocacola… Calculé el consumo energético, optimicé recursos y sobreviví gracias a mi entrenamiento. Hasta mi propia orina bebí al final, a falta de agua.
Tras una dura selección quedaron como finalistas un norteamericano, un francés y un español, como en los chistes que se contaban antes
Todos los generales asintieron satisfechos: muy bien, muy profesional, muy OTAN. Luego mandaron al francés con una lata de foie gras, cuatro rebanadas de pan Bimbo y medio litro de vino. Dieciocho días más tarde lo trajeron esquelético, barbudo, casi agonizante, el uniforme hecho harapos.
–Utilicé bolitas de fuagrás para atraer escorpiones y lagartijas –contó con un hilo de voz– y me alimenté con ellos. La última la usé para atraer a un buitre, lo degollé y bebí su sangre. Y cuando ya no pude más, utilicé la tapa metálica de la lata para hacer señales ópticas a un helicóptero.
Los generales estallaron en aplausos y elogios: admirable, elegante, técnico. Sufrimiento sofisticado y capacidad narrativa. Después llegó el turno del español: cabo legionario Manolo Cantalejo. A petición expresa de su general lo soltaron sin una gota de agua y con un chorizo de Cantimpalo como única provisión. Impasible, el cabo cogió el chorizo, saludó marcial a los generales y se perdió en el desierto a paso legionario. Viéndolo desaparecer en lontananza, el general español se enjugó una lágrima viril.
–Ahí va –dijo conmovido– el novio de la muerte.
Dos meses tardó en volver el cabo Manolo. Ya lo daban por desaparecido, en brazos de su más leal compañera, cuando llegó al cuartel de la OTAN. Venía irreconocible: gordo, bien afeitado, lustroso, peinado hacia atrás con gomina, limpio y planchado el uniforme, oliendo a colonia Nenuco y con un clavel en el chapiri. Todos los altos mandos, incluido el español, se quedaron de pasta de boniato. Y fue este último –general de división Gumersindo Ruipérez– quien formuló la candente pregunta:
–¿Cómo carajo has sobrevivido, hijo mío?
–Pues verá usía –el lejía encendió un puro Montecristo de los cuatro que traía en un bolsillo–. El primer día me zampé el chorizo entero, que estaba maravilloso…
–Qué atrevimiento, cabo –se admiraba el general–. Con qué dolor y dureza me contestas. Qué seguridad castrense.
–Después –siguió contando el lejía– cogí la cuerdecita del chorizo, me amarré bien con ella las botas y me puse a trote cochinero, pim pam, pim pam, hasta su casa de usted, mi general, que para algo el Tercio enseña orientación. Una vez allí, con el pellejo del chorizo me hice un preservativo homologado OTAN versión Villaverde Bajo, y me he pasado dos meses y medio follándome a su señora, que me ha tenido como un marajá... Y tengo que felicitarlo, mi general, por dos cosas: tiene usted una bodega de vinos cojonuda y su señora cocina de puta madre.
Les aseguro que la historia es verídica. Lo juro por el cetro de Ottokar. Me la contó el propio Gumersindo Ruipérez una noche de borrachera y confidencias, llorándome desconsolado en un hombro. La criatura.
Reportar un error