Fernando Ónega, durante su última entrevista con El Español. Javier Carbajal
Política OBITUARIO La Transición llevará su nombre: últimas confesiones de Fernando ÓnegaEn su última entrevista con este periódico, en el antes y el después, el mítico periodista reveló algunas interioridades de ese milagro que fue la Transición: una agresión a Suárez, las orgías de ingenieros agrónomos en Moncloa y otras interioridades de la Transición.
Daniel Ramírez Publicada 4 marzo 2026 12:18hLas claves nuevo Generado con IA
Le pasaba con cierta frecuencia estos últimos años. Se sentaba en el despacho, en Madrid, y tenía la sensación de que al otro lado de la pared estaba la cocina de la casa del pueblo.
No era un sueño; era una especie de ensoñación. Si entornaba los ojos, estando despierto, se aparecía con nitidez esa cocina donde padres y hermanos se resguardaban del frío.
Convivían en la ensoñación los seres que amaba, todos niños. Lo mismo sus hijos –Sonsoles, Cristina y Fernando– que su hermano. Y así vivía, nos contó precisamente en su despacho hace no tanto, acostado un rato en los recuerdos y sumergido en la vertiginosidad del presente.
Solíamos visitar a Fernando Ónega como si fuéramos los chavales de Oliver Twist, con una boina, para ver si nos daba como limosna algún secreto de la Transición. Fernando ya es un mito, se ha muerto, pero era un hombre poco amigo de la mitología. Nos iba contando aquellos años con la crudeza que tuvieron.
Llegó Adolfo Suárez a Moncloa y no encontró la épica, sino un palacio destartalado donde los ingenieros agrónomos, sus habitantes anteriores, hacían "fiestas con señoritas de cobro".
–¿Orgías?
–Sí, orgías, llamadlo como queráis. Oiga, yo no estuve, que eso fue antes, ¿eh?
Pensamos nosotros ahora en esa casa del pueblo, en Lugo, adonde llegó Fernando conduciendo desde Madrid el fin de semana de las fiestas patronales. Tendría veintitantos años, no más. Había un guardia civil esperándolo en la puerta.
–¿Fernando Ónega?
–Sí, soy yo –y pensó... "Joder, qué habré hecho. Qué habré escrito".
–El presidente Suárez quiere que le escriba un discurso.
–¿Sobre qué? Habrá dado algunas indicaciones, algunas pautas.
–No sé, algo de una amnistía. Me han pedido que le traslade eso, que escriba "cosas de una amnistía".
Era el año 1977 y Suárez trabajaba ya en la amnistía que iba a ser la clave de bóveda de la Transición. Fernando escribía para Suárez desde hacía casi dos años, cuando lo fichó para que le diseñara el discurso en defensa del "derecho de asociación política". Suárez no era entonces presidente, sino ministro secretario general del Movimiento.
En el membrete de las cartas sólo ponía "ministro secretario general". Se había cargado el "Movimiento" antes de hacerlo en realidad. Porque sabía que el viento soplaba en esa dirección. Esa era la inteligencia práctica de Suárez. Y Fernando Ónega, quien mejor lo conoció, le ponía palabras.
Tal era la simbiosis –nos contó– que una vez casi se da un golpe con el coche porque, aunque las voces no se parecían en nada, salió Suárez hablando en la radio y le pareció a Fernando que era su voz.
Un desconcierto similar al que debió de sentir Suárez –esto también nos lo contó Fernando– el día que una mujer, en un mitin, se acercó y lo agarró por las pelotas. A Suárez, no a Fernando. Quería –literalmente– medir su tamaño.
Lo que son las cosas, Fernando. Suárez fue, al contrario de las últimas difamaciones, un agredido sexual, y no un agresor sexual.
Adolfo Suárez, Fernando Ónega y las gafas de Fernando Ónega, en Moncloa. Archivo personal del entrevistado
A Ónega, primero intentó ficharlo Torcuato Fernández-Miranda, el arquitecto de la Transición, también siendo ministro de Franco. Pero aquello no salió bien y se montó un pollo de narices. Fernando ponía una barrera a sus confesiones: nunca hablaba mal de nadie, y menos si estaba muerto.
Era crítico con el poder, con los vivos, pero callaba, micrófono grabando o apagado, sobre las miserias de los demás. Por eso, no nos quería contar lo de Torcuato, aunque acabó cediendo porque tampoco quedaba muy mal Torcuato.
El caso es que Fernández-Miranda lo quiso fichar como globo sonda. Quiso que Ónega, con la firma de Ónega, difundiera sus ideas, las de Torcuato, en la prensa. Entonces, Fernando se puso a escribir... hasta que la censura lo llamó a capítulo.
Lo encerraron en un despacho. Le dijeron que se había vuelto loco, que se la estaba jugando, que cómo se atrevía a escribir eso. Fernando, que era un crío, se defendió diciendo: "¡Pero si son las ideas del ministro Fernández-Miranda!". Las autoridades, creyendo que era mentira, contrastaron con don Torcuato. Y don Torcuato se enfadó.
Suárez olió el talento de Fernando y lo fichó. Fue cuando lo del derecho de asociación política. Encargó el discurso a cinco personas antes que a él. Ninguno le gustó. Y dijo: "Oye, ya veréis, pedídselo a ese chiquito del Arriba, lo va a hacer bien".
Felipe González, haciendo declaraciones en Moncloa. Detrás, Fernando Ónega. Archivo personal del entrevistado
Siempre había desalmados que recurrían al pasado de Fernando en el Arriba para tacharlo de fascista. Él no entraba, pero nos consta que le dolía. Tenía Fernando una foto con Franco en una recepción oficial. La tiró a la basura porque salía con la cabeza agachada.
En aquella redacción se jugaba al tiro de puntería y uno podía cagarse en Dios, pero no en Franco. Una vez, a Fernando se le atascó un teletipo y le traicionó el subconsciente. Gritó: "Me cago en Franco". Muchos compañeros le hicieron el vacío durante meses.
Nos habló de la Formación del Espíritu Nacional, de ese adoctrinamiento más sutil que el de otras dictaduras, pero que resultaba muy efectivo. Cuando te daban una beca, en el colegio mayor, seguías recibiendo esa formación. Y los únicos que podían respirar libertad eran los hijos de los ricos, que estudiaban en el extranjero.
Fernando Ónega fue un reformista que quiso libertad y que vivió, en carne propia, el cambio con naturalidad, "no como el enfrentamiento de dos almas". Sin ruptura.
La mejor imagen de la Transición, la que da prueba de su complejidad y su milagro es esta: Fernando, con menos de treinta años, saliendo de la redacción del Arriba con el encargo ¡del ministro secretario general del Movimiento! para hacer un discurso encaminado a la libertad nutrido de ideas, entre otros, de la revista comunista Triunfo.
Fue literalmente así. Compró la revista en un quiosco de la calle Alcalá. Era todo muy raro, extremadamente raro, pero natural. Lo dicen, y tienen razón, muchos ministros de la UCD: qué tiempos tan difíciles los de hoy para defender el reformismo.
Fernando Ónega. Javier Carbajal
Fernando Ónega no era tan mayor como para contar tantas cosas –las vivió muy joven– y tampoco era tan mayor como para vivir. Estaba estupendo, con el riñón trasplantado que le regaló su mujer, con 78 años, la cifra de la Constitución, y unos años bonitos por delante: los de los nietos, los homenajes y algún que otro libro.
Estábamos tratando de convencerlo estos últimos meses, ¡y casi lo habíamos convencido!, para que publicara un librito con los discursos que preparó para Suárez y un prólogo explicativo, trufado de anécdotas, como previa.
Por si algún editor lee esto: ese sería el mejor homenaje. A Ónega, a la Transición y a los lectores.
Fernando era toda España, todas las Españas. Dirigió los informativos de la Ser y los de la Cope. Después, acabó en su lugar natural, el centro, como director general de Onda Cero.
Su libro "Mis años con Adolfo Suárez" (Plaza & Janés) es un relato de la Transición crudo y vertiginoso, de extraordinaria calidad literaria. A él –nos decía– le llamaba mucho la atención, ¡tantos años después!, que Suárez lo hubiera elegido para tamañas misiones. Luego acabaría siendo su director general de Prensa.
Un colaborador del presidente se lo explicó ya muerto Suárez: "¿Sabes qué es lo que más le gustaba de ti entonces? Tu ingenuidad". Esa ingenuidad periodística que, muy poco después de llegar a Moncloa, le llevó a dimitir.
Fue el día en que le obligaron a decir que un ministro estaba enfermo cuando no lo estaba.
Ónega duró un año en el cargo. Un año apasionante en que desaparecieron "todas las estructuras represivas del franquismo, incluido el Tribunal del Orden Público". Suárez, Ónega, Torcuato, el Rey y tantos otros nos quitaron el TOP.
Fernando Ónega (Lugo, 1947) fue autor de las oraciones más importantes del tiempo más importante. "Puedo prometer y prometo". "Vamos a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de la calle es simplemente normal".
Pero Fernando Ónega –no contribuyamos a esa mitología que le enervaba– también era un cachondo; un tipo irónico y divertido. Un chaval que, para imitar a Emilio Romero, se compró unas gafas terribles, de gruesa montura negra, cuyos cristales se oscurecían con el sol. "Fuimos los primeros pastagafas".
–Te quedaban de maravilla.
–Cabrones.
–Oye, de verdad, te daban un toque...
–Cabrones.
Ha salido el sol en Madrid, en Galicia y en casi todas partes. En el trasluz, en esos cristales que se oscurecen, podemos ver a Fernando, ya sentado para siempre en la cocina de la casa del pueblo.