Málaga
Domingo, 29 de marzo 2026, 01:00
... esperanza y amenaza con condenarnos. Noelia Castillo en su noche oscura del alma en la que el sufrimiento dejó de ser herida y se convirtió en destino.La administración que debía protegerla, en este caso la Generalitat, no fue capaz de rescatarla del abuso, de la intemperie moral, de la desesperación que la empujó incluso a intentar quitarse la vida. Y lo más estremecedor es que, en el último tramo, no se conformó con fracasar en su deber de amparo, sino que ha querido convertir ese fracaso en coartada, presentar su final como una conquista, como si la muerte administrada pudiera exhibirse bajo la pulcritud burocrática de una prestación sanitaria.
Esa cultura sombría, edificada sobre el cansancio moral de una época y sobre un creciente desprecio por la vida vulnerable, es la que respira en quienes se apresuran a decir que Noelia al fin descansa y que todo terminó con sus sufrimientos. Hay una frialdad devastadora en esa forma de consuelo, como si bastara clausurar una vida para dar por resuelto el dolor, como si la compasión consistiera no en acompañar, sostener y pelear por alguien, sino en aceptar con mansedumbre que desaparezca.
La verdadera compasión no suprime, permanece. No elimina, sostiene. No pone fin a la vida, sino que se hace cargo de ella incluso cuando se vuelve frágil. No toda compasión es verdadera. Lo que se presenta como un gesto de humanidad puede convertirse, en realidad, en una forma de abandono.
Una sociedad sin Noelia es, sencillamente, una sociedad peor. Con su muerte, no sólo se apaga una vida, se oscurece también la conciencia de todos. El valor de una comunidad no se mide por cómo acompaña a los fuertes, sino por cómo sostiene a quienes se asoman al abismo. Y por eso cualquier vida, incluso las atravesadas por la noche, siguen siendo una presencia que nos mejora, nos examina y nos obliga a ser más dignos. Sin Noelia estamos más solos, más fríos y un poco más derrotados.
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