'Las cosas del campo' es un libro precioso, de una gran sencillez. También 'Las musarañas' y 'La gran musaraña'. Estos dos son prolongación del primero, pero el encanto que tiene 'Las cosas del campo' es único. A su autor, José Antonio Muñoz Rojas, ... se le conoce y reconoce sobre todo por el primero. Él creía que haber sido un hombre rico y un banquero le había distraído algo su condición de poeta y escritor, y el elogio que le hizo Dámaso Alonso, cuando se publicó en 1952 'Las cosas del campo', creó también, me parece, un malentendido. Las hipérboles, incluso las bienintencionadas y sinceras, propician equívocos no siempre beneficiosos.
Lo de DAlonso se ha citado mucho: «Has escrito, sencillamente, el libro en prosa más bello y emocionado que yo he leído desde que soy hombre (es decir, desde que leí 'Platero y yo')». También 'Platero' bebió de las prosas de Francis Jammes, y nadie lo recuerda ni para añadirle ni para restarle mérito. Quien lea a MRojas, condicionado, y piense después que «no es para tanto», se equivoca. Sí, es para tanto, y, en cierto modo, más.
Esos tres libros, junto a sus 'Historias de familia', acaban de reeditarse en uno de esos tomos de obras completas de Pre-Textos, tan bonitos, más que de bolsillo, de mano, porque están hechos a esa medida. Cuesta soltarlos. La edición de Sergio Suárez, amigo de Muñoz Rojas, como también Enrique Andrés Ruiz, que ha escrito el prólogo, es una gran ocasión para leer de corrido el atractivo ciclo autobiográfico de MRojas, quien reconoció haber querido escribir «el gatopardo de mis dos familias».
En un mundo en que los escritores se dan tanto pisto hablando de sí mismos, estos libros asombran por lo contrario. También por la sabiduría de ocuparse casi exclusivamente de la infancia; la gente, con los años, suele estropearse, y por escrito más.
En la sorpresa que causó 'Las cosas del campo' influyeron, en mi opinión, los buenos maestros (sí, muy JRJ, muy Azorín y, desde luego, también muy Jammes), pero más aún la mirada de un hombre sin cuentas pendientes con la Historia. Ni una mala palabra del pasado (los rojos habían asesinado a su hermano, y él tuvo que huir de Málaga para salvarse). Al contrario. Llega a decir: «Mucho había de costarles a mis inclinaciones liberales aceptar imposiciones e injusticias de mi bando no siempre justificadas por necesidades militares».
Frente a la sobreexposición de la literatura escrita bajo la sombra de la derrota o de la victoria en la Guerra Civil, 'Las cosas del campo' fue una tromba de aire fresco
Habla del campo, de aperos, de la naturaleza, de bestias, de pájaros, de landós y berlinas, góndolas y faetones, del loco errante, de la muchacha de servir, de mayorales y gañanías, del… Tiene ese libro mucho de unas 'Geórgicas' modernas. Todo lo encaja en unos textos muy breves, a veces de media cuartilla. ¿Poéticos? Esta palabra la carga el diablo. Dejémosle decirlo a él: «La belleza es un vuelo, ¿Quién lo dijo?». Frente a la sobreexposición de la literatura escrita bajo la sombra de la derrota o de la victoria en la Guerra Civil, 'Las cosas del campo' fue una tromba de aire fresco (como 'Alfanhuí', que se publicó un año antes, en 1951). Sólo celebración, nada de quejas. ¿Escapismo? Habrá quien lo miré así, pero, ¿qué buena literatura no es escapista en parte?
Y por supuesto que al libro lo atraviesan el hambre secular y la miseria de aquellos años, discreta, delicadamente («en las guerras civiles, el peor mal es la victoria», dirá justo al volver a España en 1939: si con personas como él no habría habido Guerra Civil, sin ellas la literatura española de esos años habría naufragado como, al sentir de León Felipe, había naufragado la del exilio).
Y eso que no hemos dicho nada aún de su idioma intraducible (riquísimo, sin asomo de pedantería, con una naturalidad acorde con la llaneza con que está dicho todo), que une el embeleso al asombro: no hay en él palabra escrita, por rara que parezca o fuera del drae (herriza, realenga, barcina, braván), que no la sepamos oída o hablada antes con algún hombre o mujer de aquellos campos.
A don Francisco Giner le entusiasmó 'Platero y yo', y MRojas compartió «inclinaciones liberales» con sus amigos don José Castillejo y Jiménez Fraud y «sus sueños de la tercera España en los que [yo] ingenuamente creía y de los que me hacían partícipe». Algo, y aun mucho, del espíritu institucionista se encontrará en este tomo de obras completas, hoy por hoy la mejor literatura que pueda leerse en España, algo que en este caso no tiene nada de hipérbole.
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