Dos perfiles de un mismo hombre: el cargo que encarnó autoridad durante años y la figura pública que hoy queda bajo la sombra de una causa judicial que ha provocado ceses, pesquisas internas y un temblor político. Arte E. E.
Reportajes El hombre y el cargo Las dos caras de 'Jota', el hijo del tabernero que llegó a DAO: "Era el marido ideal, volvía cada fin de semana a ver a su mujer"De La Rioja a la cúspide operativa del Cuerpo, el comisario principal construyó una carrera de orden y disciplina. Hoy, su nombre queda atado a una investigación judicial por agresión sexual a una subordinada.
Más información: El DAO de la Policía nombrado por Marlaska, investigado por supuesta violación a una agente en una vivienda de Interior.
Julio César Ruiz Aguilar Aguilar del Río Alhama (La Rioja) Publicada 21 febrero 2026 01:52hLa carretera provincial que lleva a Aguilar del Río Alhama se retuerce como si quisiera expulsar al visitante. En varios tramos no pasan dos coches a la vez. Hay que frenar, arrimarse al borde, negociar el paso. El pueblo, grandioso, aparece al final del serpenteo, compacto, de piedra clara, con el río abajo y la plaza arriba.
Es un lugar al que no se llega por casualidad. Y es, también, el pueblo de José Ángel González Jiménez —también conocido como Jota—, el comisario principal que hasta esta semana fue Director Adjunto Operativo (DAO): el número dos uniformado de la Policía Nacional, el jefe del músculo operativo, el hombre que coordina lo que se despliega y lo que se ordena.
Aquí nació en 1959. Aquí vuelve los fines de semana. Aquí tiene dos casas. Aquí están enterrados sus padres. Aquí es donde está su mujer. Aquí juegan sus nietos cuando el verano aprieta. Aquí, el exDAO no es el exDAO. Es, simplemente, José.
José Ángel González, entonces máximo responsable operativo de la Policía Nacional, durante una de las comparecencias del Comité Técnico de Gestión de la Covid-19 en Madrid, en abril de 2020. Aquel formato diario, convertido en ritual de la pandemia, terminó ese mismo año. Archivo E. E.
La caída le ha puesto un foco que no se apaga: un juzgado de Violencia sobre la Mujer de Madrid ha admitido a trámite una querella contra él por una presunta agresión sexual "con penetración" denunciada por una inspectora del Cuerpo. Él dimitió tras ser citado como investigado. Ambos están llamados a declarar el 17 de marzo de 2026.
La querella sitúa los hechos denunciados el 23 de abril de 2025 en una vivienda oficial vinculada al Ministerio del Interior, habla de una relación previa atravesada por jerarquía y sostiene que, tras el episodio, hubo llamadas, mensajes y presiones del entorno para evitar la denuncia.
Esta mañana el bar del pueblo está cerrado. No es un detalle menor: la dueña es su prima. Cuando el bar no abre, el pueblo pierde su centro de gravedad. No hay barra donde apoyarse, no hay café que haga de excusa. La conversación se derrama por las esquinas. "Lo estamos viendo por la tele", dice una mujer al salir de casa. "No sabemos qué pensar".
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En Aguilar hay poco más de 400 vecinos censados. Aquí se conoce el nombre de los padres de casi todos. Aquí, cuando alguien vuelve cada fin de semana desde Madrid, no vuelve: regresa. José regresaba. Aunque viviera en la capital y, hasta hace unos días, ocupara el cargo más alto en la cadena operativa por debajo del director general.
Un hombre de su cuadrilla de amigos de la infancia acepta hablar sin nombre. Está de pie, con las manos metidas en los bolsillos, mirando de reojo la plaza como si le diera pudor estar diciendo lo que dice. "Aquí siempre ha sido uno más. En las fiestas, cocinando, limpiando, ayudando. No se ha ido del grupo nunca".
Sonríe al recordar el apodo, como si el apodo fuera una cuerda que lo devuelve a lo fácil: "Le decimos 'Lachuli'". Se queda callado un segundo. Luego dice: "Y ahora… yo qué sé. No lo entiendo".
No formula una defensa. Más bien, una grieta. En Aguilar, el escándalo no se discute como en Madrid, con titulares y trincheras. Se discute como se discute una enfermedad ajena: con frases cortas, con el gesto de quien no quiere mirar del todo.
El acceso a Aguilar del Río Alhama, el lugar de origen del exjefe operativo de la Policía, convertido estos días en escenario involuntario del escándalo. la entrada del municipio riojano donde nació el exDAO de la Policía y al que volvía con frecuencia. Julio César R. A.
En este pueblo, la biografía se cuenta en genealogía. José es el hijo de Andrés. "Un hombre de campo", dice un vecino, y al decir "campo" señala hacia fuera, hacia esa carretera que muerde.
"Tenía una tabernita en su casa para los mayores. Servía vino a los jubilados. Y como con eso no llegaba, se iba con una furgoneta a vender fruta a los pueblos de alrededor".
La madre, Neli, aparece en los recuerdos con una nitidez que no suele tener la gente humilde cuando pasa el tiempo. "Ama de casa, analfabeta, pobre", dice una vecina. "Muy sencilla. Muy de aquí".
Y entonces suelta una escena mínima, de esas que funcionan como una foto guardada en un cajón: "Venía a mi casa y me pedía 'mil pesetas' para comprar pastas y leche. Me lo pedía como quien pide perdón. Y José… José era el que más lejos llegó".
El DAO de la Policía nombrado por Marlaska, investigado por supuesta violación a una agente en una vivienda de Interior"El que salió" y "el que volvía"
José fue "el que se fue". El que estudió fuera. El que entró en la Policía Nacional en 1984. El que hizo carrera en unidades operativas, con esa disciplina seca que se aprende en ciertos pasillos. El que llegó en 2018 a la cúspide operativa del Cuerpo como DAO.
El que durante la pandemia se convirtió en un rostro reconocible por sus comparecencias públicas. El que, pese a todo eso, seguía bajando los fines de semana a Aguilar. Eso es lo que el pueblo repite: que bajaba. Que estaba. Que no desapareció en Madrid. Que no se convirtió en estatua.
"Es la persona más humilde que conozco", dice otro vecino de su calle. Lo dice rápido, como si lo hubiera ensayado en silencio desde que estalló el caso. "Te lo digo de verdad. A cualquiera se le podría haber subido un cargo así. A él no. Venía aquí todas las semanas. Presente en todas las fiestas como uno más. No parecía ni policía. Menos el jefe de nadie".
En Aguilar, esa clase de frase no se dice gratis. También por eso, la frase choca con el sumario. El hombre vuelve a la escena que le duele porque es la última que tiene completa: el 17 de enero, San Antón. "Fue el último día que cenamos juntos", dice. "Estuvo con toda su familia, con nosotros, dándolo todo. Normal. Como siempre".
En el pueblo, esa fecha ha quedado clavada como un alfiler: antes de la noticia, antes de los móviles ardiendo, antes de que Aguilar fuera un pie de página nacional. En la plaza, cuando se habla de quién está pagando el golpe en carne viva, no hay dudas.
"La más afectada es su mujer", repiten varios vecinos, casi con la misma frase, como si se la hubieran pasado unos a otros para no equivocarse.
Desde que estalló el caso, dicen, no se ha visto salir a Pili de casa. Tampoco a su hermana. Las persianas permanecen bajadas más horas de lo habitual y la puerta no se abre ni para los saludos rutinarios. En un lugar donde la vida se hace de cara a la calle, desaparecer es una forma de protección.
"Esto ya pesa de por sí", explica una vecina, "pero en un pueblo pequeño pesa el doble: te miran sin querer mirarte, te preguntan sin preguntarte, te nombran aunque no estés". Otra lo dice de manera más seca: "Aquí no hay anonimato. Aquí todo se queda pegado al nombre". El golpe no es solo la noticia: es la intemperie.
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Lo que llega desde Madrid no es una pelea interna de comisaría ni un rumor de pasillo. Es una investigación judicial. Un juzgado de Violencia sobre la Mujer de Madrid ha admitido a trámite una querella por presunta agresión sexual "con penetración" contra José Ángel González.
La denunciante, inspectora del Cuerpo, sostiene que existió una relación previa marcada por una asimetría de poder y sitúa el episodio denunciado el 23 de abril de 2025 en una vivienda oficial vinculada al Ministerio del Interior.
Según la querella, aquel día estaba de servicio; hubo llamadas insistentes; se la requirió; después, el traslado al domicilio; y allí, siempre según el relato de la denunciante, la agresión. Después, llamadas, mensajes y una presión sostenida para que no denunciara. La querella incorpora audios.
En las últimas horas, además, ha tomado peso un elemento que cambia la temperatura política del caso: una grabación de cuarenta minutos en la que, según el abogado de la denunciante, se escucharían insultos y referencias explícitas al cargo: "estás gilipollas", "eres borrica", "oye, que soy el DAO".
Que el audio exista —y que se haya convertido en noticia— hace que este caso ya no sea solo el de un hombre. Es el de una institución mirándose a sí misma. Aquí, en Aguilar, esa cronología no se recita con fechas. Se recita con una frase obstinada: "Aquí siempre fue correcto".
Una vecina se apoya en la pared de la plaza. No mira a cámara. "No lo asimilamos", dice. "No digo que no sea verdad. Digo que no lo asimilo". Lo repite como si al repetirlo pudiera convertirlo en algo digerible.
La casa señalada
En la acera, dos hombres hablan en voz baja. Uno de ellos, señala a EL ESPAÑOL una vivienda unifamiliar, de color blanco, aunque no muy ostentosa: "El verano pasado pusieron una piscina de esas portátiles para los nietos. Pasan mucho tiempo juntos. Era el marido ideal, volvía cada fin de semana con su mujer Pili. No lo podemos creer".
José Ángel González tiene dos hijos: una hija que vive en Logroño y un hijo que se llama como él y es militar de rango medio en el Ejército de Tierra. En Aguilar, esos datos se dicen con orgullo.Ahora se dicen con cautela. Hay vecinos que bajan la voz al nombrarlos, como si el apellido pesara de repente y el pueblo no quisiera contribuir al peso.
Desde Madrid, el caso ha sacudido la cúpula de Interior. Marlaska —que nombró a González DAO en 2018 y prorrogó su permanencia— ha asegurado que desconocía los hechos hasta que trascendieron públicamente y ha ligado su continuidad a que la víctima sienta que fue protegida.
El ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska (izquierda) habla con el DAO de la Policía Nacional, José Ángel González, en una imagen de archivo. Ricardo Rubio / EP.
La mano derecha del exDAO, el comisario Óscar San Juan, ha sido apartado tras aparecer en la querella como quien habría contactado con la denunciante para ofrecerle "elegir destino o puesto" en un contexto interpretado por la acusación como presión.
La crisis se multiplica por lo que representa el cargo. El DAO no es un despacho bonito: es el puesto desde el que se ordena el terreno. Por eso, cuando cae, no cae solo. Se abre la pregunta más incómoda para una institución jerárquica: quién sabía qué, quién calló, quién miró hacia otro lado.
En la Policía, durante años, "Jota" fue también un relato: el del mando "de botas", el que venía a limpiar "la casa" tras escándalos previos, el que no era "político". Un perfil presentado como cara noble frente a los desmanes de otras épocas.
Ese relato está ahora deformado de manera drástica, incluso para quienes lo sostenían. "La Policía está en shock", han resumido fuentes internas en distintas crónicas. En Aguilar, el shock no tiene palabras grandilocuentes. Tiene puerta cerrada y bar cerrado.
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El cese abre una nueva etapa para González: jubilación y defensa penal, el fin de la vivienda oficial, la devolución del material policial. Algunos medios han puesto el foco en su patrimonio: propiedades compartidas con su esposa entre Valladolid y La Rioja, fincas en el pueblo, el marco material del "después".
En el debate público aparece también la cuestión administrativa: si la jubilación bloquea o no un expediente disciplinario interno y si sus condecoraciones o complementos pueden revisarse.
En Aguilar, todo eso suena lejano. Aquí no hablan de pensiones máximas ni de hipotecas. Hablan de casas como se habla de la vida: "Aquí tiene dos". "Aquí está todo". "Aquí están sus muertos". La manera de decirlo ya es una postura: este pueblo no puede mudarse. "Nos están llamando de fuera", dice un vecino. "Gente que hace años que no sabemos de ellos. Para preguntarnos por José. Como si aquí tuviéramos la respuesta".
La pregunta no tiene una respuesta simple. En Aguilar conviven dos José: el del pueblo y el del sumario. Entre uno y otro hay un abismo que el proceso judicial tendrá que cruzar con pruebas. El pueblo, mientras tanto, hace lo que sabe hacer: observar, hablar en voz baja, medir cada palabra.
Plaza de España de Aguilar del Río Alhama, el centro del pueblo donde la vida se hace a la vista y el silencio también se nota: aquí se cruzan los vecinos, circulan las versiones y pesa la noticia que ha puesto el nombre del lugar en el mapa nacional. Julio César R. A.
Volver al mismo lugar
Al caer la tarde, en la plaza, un hombre barre la puerta de su casa con una paciencia que parece heredada. Otro se queda mirando el móvil como quien mira una herida: sabe que está ahí, pero no quiere tocarla.
Aguilar del Río Alhama vuelve a quedarse con sus calles cortas y su río abajo. Con su genealogía. Con sus apodos. Con San Antón todavía reciente en la memoria de una cuadrilla que no sabe en qué momento se partió el mundo.
La carretera se retuerce otra vez, igual que al llegar. Hay que frenar, arrimarse al borde, negociar el paso. Y el gesto se parece demasiado a lo que hace el pueblo entero desde que estalló el caso: intentar avanzar sin salirse, sin caer, sin decir más de lo que puede.
Porque aquí, donde todo el mundo sabe quién es hijo de quién, la noticia no es solo que un exDAO esté investigado por un juzgado de Madrid. La noticia es que José —el que volvía, el hijo de Neli y Andrés— ya no vuelve del mismo modo. Y que el ruido, por una vez, ha encontrado la manera de atravesar la sierra y entrar en la plaza.
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