El presidente francés Emmanuel Macron visita el portaaviones francés Charles de Gaulle. Reuters
Columnas BLOC DE NOTES Las dos izquierdas y las dos derechas francesasA Emmanuel Macron y los suyos les queda un año para comprender que no es su carrera personal lo que está en juego, sino el vínculo que teje la sociedad francesa y sostiene sus instituciones.
Bernard-Henri Lévy Publicada 30 marzo 2026 01:39hEn la izquierda, la lección es ineludible.
Es la que llevo rumiando, junto con otros, desde hace casi medio siglo.
Es la que estaba en el corazón, hace ya mucho tiempo, de La barbarie de rostro humano, mi primer libro.
"La" izquierda no existe.
"La" izquierda no significa nada.
No hay una sola izquierda, sino dos, y no sólo son irreconciliables, sino homónimas [NDR: en el sentido aristotélico del término: según Aristóteles, las cosas 'homónimas' son aquellas que comparten el nombre, pero que aluden a realidades completamente distintas].
El líder de la Francia Insumisa, Jean-Luc Mélénchon, en una manifestación a favor de la dictadura venezolana. X
No existe una gran familia de la izquierda que tuviera su rama progresista, humanista, abierta hacia los demás, y su rama oscura, predicadora del odio, amiga del resentimiento, potencialmente criminal.
La única manera de que la primera triunfe es desvincularse clara y definitivamente de la segunda.
Esto es, en lo esencial, lo que acaba de ocurrir en las elecciones municipales.
Hay excepciones, claro está.
Está Roubaix, donde uno de los peores miembros de La Francia Insumisa, declaradamente antisemita, salió ganador de todas formas.
Y esta recomposición no se produjo sin vacilaciones, pequeñas y grandes cobardías, reticencias.
Del repunte de los socialistas moderados al 'pinchazo' de los extremistas: las 3 claves de las municipales en FranciaPero, en conjunto, los electores nostálgicos de Jean Jaurès y Léon Blum tuvieron la sensatez de repudiar a aquellos de sus caciques que habían predicado la alianza de la vergüenza con LFI.
Y es una buena noticia para un "pueblo de izquierda" del que ya no se sabía, a fuerza de repetirlo, qué entendía por pueblo.
¿Asamblea de ciudadanos soberanos, a la manera del demos y el populus de los Antiguos?
¿O multitud devorada, como el ochlos de Atenas o la turba de Roma, por la demagogia de baja época del nihilismo?
La clarificación está bien encaminada.
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En la derecha, el teorema de principio es el mismo.
"La" derecha no existe.
Hay dos derechas irreconciliables, homónimas.
Y no hay nada en común (salvo un nombre que también ellos se ven condenados a disputarse) entre, por un lado, los herederos del general De Gaulle, de Valéry Giscard d'Estaing o de Jacques Chirac, y, por el otro, los vociferadores de una Agrupación Nacional que prospera sobre las pasiones tristes, las iras facciosas y el racismo.
Jacques Chirac junto a Angela Merkel. UE
Algunos lo han entendido: fueron a las urnas enfrentando historia con historia, valores con valores o, al menos, sensibilidad con sensibilidad (los electores lo reconocieron y votaron por ellos).
Otros vacilaron, queriendo estar en misa y repicando, creyendo, como en París, que podía plantearse (pero sin llegar a asumirlo del todo) una "unión de las derechas" contranatura.
Y lo pagaron caro.
Otros más, como en Niza, hicieron el mismo cálculo y, lamentablemente, ganaron.
Pero estas victorias locales son victorias engañosas.
Y la lección nacional es, a fin de cuentas, globalmente la misma.
Esta "unión de las derechas" no es ni una línea ni una estrategia.
Es otra alianza de la vergüenza.
Y es, a la larga, un callejón sin salida para los auténticos republicanos.
No se puede ser heredero de Benjamin Constant, de Alexis de Tocqueville y, una vez más, del general De Gaulle, y aliarse con gente que desconoce todo de los primeros y cuyos antepasados quisieron asesinar al último.
La derecha republicana está empezando a comprenderlo: y esa es la otra buena noticia de esta elección.
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Queda el "bloque central", que sufre, por su parte, de otra enfermedad: la competición de egos, la maraña de ambiciones y, por tanto, la guerra de los jefes.
Ignoro qué es más incurable: si la confusión ideológica que difumina los puntos de referencia, disuelve las líneas de fuerza y hace los valores y proyectos indistinguibles. O la locura narcisista, la hybris, de la que los Antiguos decían que ciega a los hombres y que, cuando nada sustancial los enfrenta, cuando sólo subsisten las rivalidades miméticas y de proximidad, cuando Esquines desafía a Demóstenes, o César a Pompeyo, es la república la que corre a su perdición.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron. EFE
Les queda un año a los hijos de Emmanuel Macron para percatarse de esto.
Un año para comprender que no es su carrera personal lo que está en juego, sino el vínculo mismo que teje la sociedad francesa y sostiene sus instituciones.
Y un año también, entre paréntesis, para recordar que el balance del macronismo no merece los tergiversaciones y los procesos a los que su rivalidad los empuja. Y que, en el orden político como en cualquier otro, nunca se reescribe la historia sin consecuencias (sobre todo cuando uno mismo fue artífice de aquello que intenta renegar).
Ojalá esta tercera toma de conciencia se produzca sin demora.
Entonces, los dos extremos se verán devueltos a su verdadero lugar y privados del combustible que les ofrece la desesperación de los electores ante un paisaje político devastado.
Y entonces, la campaña presidencial que se avecina estará a la altura de un momento marcado por el retorno de las guerras, el despertar de los imperios y el incierto basculamiento de Occidente.