Jueves, 30 de julio de 2026 Jue 30/07/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Internacional

Las elecciones en Israel sacan a la luz sus contradicciones: el futuro de Netanyahu estará en manos de los partidos árabes

Las elecciones en Israel sacan a la luz sus contradicciones: el futuro de Netanyahu estará en manos de los partidos árabes
Artículo Completo 2,063 palabras
Las encuestas dan una mayoría amplia a la oposición, pero esa mayoría sólo existe si se cuentan los escaños árabes. Más información: Gadi Eisenkot, el general de hierro que aúna a los israelíes desencantados con Netanyahu: "Transmite unidad, no división"

Benjamin Netanyahu junto a su esposa Sara, el día de las elecciones generales de Israel de noviembre de 2022. Ammar Awad Reuters

Oriente Próximo Las elecciones en Israel sacan a la luz sus contradicciones: el futuro de Netanyahu estará en manos de los partidos árabes

Las encuestas dan una mayoría amplia a la oposición, pero esa mayoría sólo existe si se cuentan los escaños árabes.

Más información:Gadi Eisenkot, el general de hierro que aúna a los israelíes desencantados con Netanyahu: "Transmite unidad, no división"

Publicada 30 julio 2026 02:40h Las claves

Las claves Generado con IA

El Canal 12 israelí publicó la semana pasada una encuesta que merece varias lecturas. De entrada, el partido Yashar del exjefe del Estado Mayor, Gadi Eisenkot, se coloca primero con 24 escaños, por delante de los 23 del Likud de Benjamin Netanyahu, mientras el Beyahad de Naftali Bennett cae a 15 y los Demócratas de Yair Golan suben a 11.

El bloque opositor alcanza así 69 diputados frente a los 51 de la coalición gubernamental. Con la mayoría absoluta fijada en 61 de los 120 escaños de la Knéset, parecería una derrota inapelable del hombre que lleva tres décadas protagonizando la política del Estado hebreo.

El Parlamento de Israel fija las elecciones generales para el 27 de octubre tras completar el Ejecutivo su mandato íntegro

El problema es que esos 69 escaños no forman como tal un bloque político. Once de ellos pertenecen a los partidos de mayoría árabe, y sin ellos la oposición sionista se queda en 58: tres por debajo de los necesarios para una investidura.

El propio diario Haaretz lo formula sin rodeos en su análisis de la encuesta: los partidos judíos de la oposición siguen sin poder formar mayoría sin el apoyo de los partidos árabes.

No es un dato de esta semana, sino la constante de todos los sondeos desde hace meses. El Canal 13 daba el 9 de julio exactamente el mismo reparto —69 frente a 51, con once escaños árabes incluidos—, y una encuesta de Direct Polls para i24NEWS situaba a la oposición en 61 justos solo al contabilizar a la Lista Conjunta y a Ra'am, con la coalición pisándole los talones en 59.

Con todo, conviene medir la magnitud de la caída en el apoyo a Netanyahu. El Likud obtuvo 32 escaños en 2022, y 36 sumando el Nueva Esperanza de Gideon Saar que después se fusionó con él; hoy las proyecciones lo sitúan entre 23 y 27.

El desplome no ha ido a parar a un solo rival, sino que se ha repartido entre un archipiélago de alternativas —Eisenkot, Bennett, Golan, Avigdor Liberman— que comparten un único punto programático: que Netanyahu se vaya.

Gadi Eisenkot, en el acto de lanzamiento de la campaña electoral de Yashar, su nuevo partido político, celebrado cerca de Hod Hasharon. Amir Cohen Reuters

Es la misma aritmética que paralizó Israel entre 2019 y 2022, con una diferencia sustancial: entonces el bloque anti-Netanyahu era más pequeño y más cohesionado. Ahora es más grande, pero está más fragmentado. Y en el sistema israelí, un bloque grande y fragmentado no gobierna: bloquea.

El desgaste de Bibi

¿Cómo ha llegado hasta aquí el político más poderoso de la historia de Israel? El desgaste empezó en 2022 con su enfrentamiento con el Tribunal Supremo y se ha alimentado después de una acumulación de frentes que ninguna victoria militar ha logrado cerrar.

Una encuesta de la Universidad Hebrea de Jerusalén recogida por la agencia AFP cifra el derrumbe con crudeza: el apoyo a Netanyahu como primer ministro cayó del 40,5% en marzo al 29,4% en junio.

Y el mismo trabajo aporta el dato que mejor explica ese hundimiento en un país obsesionado con su seguridad: más del 92% de los israelíes cree que Irán ha ganado el conflicto de Oriente Próximo.

Manifestantes israelíes contra Benjamín Netanyahu en Jerusalén. Jamala Awad/ DPA

Ahí está la paradoja central del netanyahuismo tardío. La guerra contra Irán y Hezbolá contaba con el respaldo mayoritario de los israelíes judíos, pero, como señala un análisis de la consultora Steptoe, la escalada militar no se ha traducido en un dividendo político para el primer ministro; sus índices de aprobación llegaron a caer durante el propio conflicto.

La oposición ha construido su relato sobre esa grieta: puede que la acción militar fuera necesaria, pero años de gestión estratégica errática y constante cálculo político la hicieron más peligrosa y costosa de lo debido, de manera que las victorias tácticas nunca se convirtieron en logros estratégicos.

A eso se suman, por supuesto, el juicio por corrupción abierto desde 2020 por cohecho, fraude y abuso de confianza, la orden de arresto de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra en Gaza, la citada reforma judicial que fracturó al país y la crisis del reclutamiento de los ultraortodoxos, que ha llevado al veterano Moshé Gafni a proclamar el "final" del bloque histórico entre el Likud y los haredíes.

Aparte, tenemos la cuestión de Donald Trump, que era su activo y se ha vuelto su problema. Un sondeo del Israel Democracy Institute reveló que menos de la mitad de los israelíes creía que Netanyahu había contribuido al acuerdo de rehenes, frente al 85% que se lo atribuía al inquilino de la Casa Blanca.

"Aceleran la ocupación antes de las elecciones": el Gobierno de Netanyahu blinda a los colonos israelíes en Cisjordania

Los frecuentes desencuentros entre ambos líderes no ayudarán, por lo tanto, a Netanyahu. El hombre que hizo de su relación con la Casa Blanca la prueba de su indispensabilidad aparece hoy retratado como quien no supo evitar que su aliado le impusiera una paz que sus votantes no querían.

Con todo, su suelo sigue siendo formidable: la analista Dahlia Scheindlin cifra en hasta un 47% la base que "piensa que él es el mejor" y advierte de que "lleva tanto tiempo en el poder que resulta difícil imaginar a otro alcanzando su estatura".

Los 11 escaños con los que nadie quiere contar

Lo irónico de todo esto es que lo único que parece poder salvarle a corto plazo es la difícil integración de los partidos de mayoría árabe con las principales fuerzas opositoras. Ra'am, Hadash, Ta'al y Balad firmaron en enero en Sajnín un acuerdo preliminar para concurrir en una lista unificada que las encuestas sitúan entre 14 y 17 escaños, con más del 80% de los votantes árabes a favor de esa unidad. Serían, matemáticamente, los árbitros de la próxima legislatura.

Ahora bien, el 70% de los israelíes judíos se oponen a incluir a un partido árabe en el Gobierno, y los líderes opositores lo saben. En abril, Eisenkot convocó a los jefes de la oposición para articular una "mayoría sionista" y no invitó a ninguno de los dirigentes árabes. Bennett ha sido aún más explícito: "los partidos árabes no son sionistas y, por lo tanto, no nos apoyaremos en ellos".

Los familiares de las víctimas del 7-O reclaman a Israel una investigación independiente mil días después de los ataques

Lo curioso es que el precedente existe y funcionó. En junio de 2021, Ra'am se convirtió en el primer partido de mayoría árabe en integrar una coalición israelí, el llamado Gobierno del Cambio de Bennett y Yair Lapid, hasta su desmoronamiento en 2022.

Su líder, Mansour Abbas, describe hoy aquella experiencia como "un modelo que puede desarrollarse, mejorarse y perfeccionarse", y se muestra dispuesto a repetir.

En mayo, afirmó que Bennett, Eisenkot y Liberman son todos "dignos y tienen la experiencia para dirigir el próximo Gobierno", aseguró que ha trabajado con ellos, que son "responsables y con sentido de Estado", y que "al final llegaremos a acuerdos".

Desde la izquierda árabe, el diputado de Hadash, Ofer Cassif, marca una línea distinta pero convergente: "Sacar a Netanyahu es una obligación. No hay manera de que apoyemos a Netanyahu ni a ninguno de sus aliados".

La respuesta del Likud a esa posibilidad es una campaña de demolición que pone de manifiesto cómo ve el bloque gubernamental ese escenario como una salvación electoral: las redes se inundan con mensajes como "Eisenkot no tiene Gobierno sin los partidos árabes" o "No hay Gadi (Eisenkot) sin Tibi", en referencia a Ahmad Tibi.

La escalada llegó al extremo de difundir una fotografía manipulada en la que Bennett y Lapid aparecían celebrando con los líderes árabes la firma de Sajnín, bajo el pie de foto "la coalición en funciones".

Naftali Bennet y Yair Lapid comparecen para anunciar una coalición para ganar las próxmias elecciones en Israel. Gideon Markowicz Reuters.

El partido de Bennett presentó una denuncia policial y recurrió a la Comisión Electoral Central alegando que "el Estado de Israel afronta una campaña electoral crítica y por eso hay que trazar líneas rojas ya en esta fase".

Que la acusación más difamatoria que puede lanzarse contra un candidato israelí sea la de pactar con ciudadanos israelíes es tal vez la mayor contradicción de la democracia que celebra estas elecciones.

El empate como victoria

De ahí que el escenario más probable no sea la derrota de Netanyahu, sino algo mucho más parecido a la parálisis. Si la oposición sionista se queda en 58 y mantiene su veto a los árabes, mientras el bloque de derechas se queda en 51, nadie alcanza los 61 y nadie forma Gobierno.

Como afirma el columnista de Haaretz, Yossi Verter, en la retorcida lógica política de Netanyahu, solo el bloqueo electoral es una victoria. Porque en Israel el empate no expulsa al primer ministro: lo mantiene al frente de un Gobierno interino, sin plazo, mientras el país encadena convocatorias.

Es exactamente lo que ocurrió entre 2019 y 2022, cuando Israel celebró cuatro elecciones en dos años y una quinta poco después. Netanyahu sobrevivió a todas ellas precisamente por no perder ninguna con estrépito.

Israel toma nota de las lecciones de la guerra contra Irán para optimizar su 'Cúpula de Hierro' ante ataques de gran volumen

Existen, con todo, vías para romper el nudo, y todas exigen que alguien traicione su propia línea roja. La primera es que Eisenkot acepte públicamente el apoyo externo de Ra'am, al precio de perder votantes de centroderecha —el cálculo que ha impedido hasta ahora que lo diga en voz alta—.

La segunda es una gran coalición entre el Likud sin Netanyahu y el bloque opositor, una hipótesis muy poco probable, pero que puede depender del devenir judicial del primer ministro.

La tercera pasa por Liberman, que lleva meses insinuando que podría integrar una coalición sin haredíes, sin árabes y sin la izquierda, la cuadratura del círculo que buscan los votantes de derecha hartos de Netanyahu, pero incapaces de votar a nadie más.

Queda, en el fondo, una pregunta que Israel lleva siete años sin responder: si una quinta parte de sus ciudadanos puede seguir siendo tratada como una anomalía a la que se le reconoce el voto pero no la representación.

Los once o quince escaños árabes serán legítimos, elegidos por ciudadanos con pasaporte israelí, y aun así serán contabilizados por casi todos los actores del sistema como un pasivo, no como una alternativa de futuro.

El resultado es una democracia que ha decidido que le resulta preferible no tener gobierno antes que tener uno que dependa de esos escaños. Así, Netanyahu no necesita ganar el 27 de octubre. Le basta con que esa contradicción siga intacta.

  1. Benjamin Netanyahu
  2. Israel
  3. Oriente Próximo

NEWSLETTER - INTERNACIONAL

Recibe de lunes a viernes las noticias clave de lo que ocurre en el mundo Apuntarme De conformidad con el RGPD y la LOPDGDD, EL LEÓN DE EL ESPAÑOL PUBLICACIONES, S.A. tratará los datos facilitados con la finalidad de remitirle noticias de actualidad.
    Fuente original: Leer en El Español
    Compartir