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Política

Las razones de los acampados en Sol: "No tenemos nada que perder y mucho que ganar"

Las razones de los acampados en Sol: "No tenemos nada que perder y mucho que ganar"
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Rehúyen de ser etiquetados como el 'nuevo 15-M' y de las siglas políticas. Continúan llegando personas para pasar la segunda noche bajo tiendas de campaña. "Mis familiares de derechas nos dicen que resistamos", dice Carlos, al borde del desahucio Leer

Muchos son jóvenes y hablan de una vida que se aleja. De pagar la muerte a cuotas mientras sueñan con un alquiler digno, de intentar acercarse aquella vida que sus padres tuvieron a su edad. No quieren que aquello que les ha llevado hasta aquí termine convertido en una batalla más entre izquierdas y derechas. Hablan de unos y otros, de los gobiernos autonómicos y del Ejecutivo de Pedro Sánchez, e insisten en que no están aquí para defender unas siglas. Tampoco quieren que nadie los bautice como el nuevo 15-M, la etiqueta les incomoda porque creen que vuelve reconocible, manejable y digerible una protesta que pretende escapar precisamente de esas categorías. No se reconocen necesariamente en la misma ideología y aún así comparten la sensación de que, quizás, haya llegado el momento de dejar de esperar a que alguien venga a devolverles el bienestar.

El 47,3% de las personas entre 26 y 34 años en España no pueden emanciparse. Aproximadamente 3, 7 millones viven sin un régimen de tenencia seguro o bajo la amenaza directa de un desalojo. Sólo en el primer trimestre de 2026 se produjeron 4005 desahucios, 44,5 de media diaria. Carlos y Paula podrían sumarse a esta lista.

Ambos son psicólogos, tienen 30 años y desde noviembre de 2025 saben que tienen los días contados en su piso de la calle Valverde, 42. Un burofax de Vencar Capital SL -la empresa que compró el bloque entero- les advirtió de que no les renovaría el contrato. Ni siquiera les puso sobre la mesa una propuesta de subida. De las 16 viviendas y dos locales del edificio sólo quedan ocho con vecinos y un local en uso. Ellos atribuyen parte del vaciamiento a las prácticas empleadas por la propiedad para aumentar el malestar y facilitar la salida de los inquilinos, entre ellas la contratación de empresas de desokupación para advertirles, coaccionarles y amenazarles. "Es un punto de no retorno, no pararemos hasta que lo consigamos", dice Carlos, "mis familiares de derechas nos dicen que resistamos, mi abuelo está perdiendo el barrio de Salamanca [epicentro de la exclusividad] porque todos los negocios que están poniendo son prohibitivos".

La pareja ya ha participado en varias manifestaciones y esta no es su primera acampada de esta semana, ya estuvieron en la de Maricarmen Abascal el pasado miércoles. "Sales con el alma rota y el cuerpo lleno de rabia", dice Paula, "no tenemos nada que perder y mucho que ganar, estar aquí es recuperar la fe en la humanidad porque esto va más allá de a que se dedique la gente, su estilo de vida, etc". En sus consultas han visto pasar algunas de las lastres menos visibles de la crisis de la vivienda como personas incapaces de dejar relaciones violentas por la incapacidad de encontrar una solución habitacional o de hijos que no pueden emanciparse de una familia negligente o coaccionadora.

Carlos y Paula a primera hora de este domingo tras pasar la noche en la explanada de SolCedida

El problema, dicen, atraviesa la sociedad de arriba abajo. Álex, de 21 años y vecino de toda la vida de Carabanchel, ni siquiera puede emanciparse con su pareja. Para él, la clase media "no existe, es un constructo social que nos han hecho creer". La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) señala que su peso en España ha caído 15 puntos en dos décadas. "En el momento en que perder tu trabajo pueda suponer que pierdas la casa, eres clase obrera", dice.

Lleva toda la mañana entrando y saliendo de su tienda de campaña, con algunas provisiones, intentando convencer a sus amigos de que se sumen e invita a todos las personas que quieran a unirse. Le preocupa que una protesta nacida de la imposibilidad de vivir termine convertida en carne de cañón de papeleta electoral. "Me da miedo que esto se convierta en una baza a jugar por los partidos políticos para conseguir votos que es lo único que les interesa", afirma, "es triste ver a tantos quejándose de lo que está ocurriendo, del ruido que hacemos, a este paso nunca serán clase media, simplemente, son el peón de la derecha". Esta lucha, insiste, tiene que ser "del pueblo".

La falta de esperanza en poder construir una vida próspera es el motor de la rabia sobre el que se levanta esta acampada. No quieren que nadie les regale nada, ni llegar dentro de unos años a preguntarse por qué no hicieron nada cuando aún podían. Pablo (24) y Yago (22) hablan sin encenderse y no se cansan de que tantos porqués revoloteándoles por encima. "Lo hemos pensado tantas veces y creo que los políticos, en su mayoría, tienen una mala ambición y no les interesa la gente", dice Pablo. Yago encuentra otra forma de explicarlo: "Es distópico que el Estado que, se supone, tiene que velar y cuidar a los ciudadanos, sea el que provoque que todo esté mal", afirma Yago. "Es como si los políticos quisieran siempre superar el límite y ver hasta donde se puede llegar", completa, de nuevo, su colega.

Álex (21 años) sólo en la tienda de campaña esperando a que alguno de sus amigos decida acudirJavier Barbancho

Habrá quién utilice su juventud para desacreditar la legitimidad de sus exigencias. Ellos hablan, en cambio, de una conciencia que no termina en su propio bolsillo. "Puede que nosotros tengamos una situación más acomodada que otros", dice Yago. "Todo lo que ha sucedido es terrorífico", apunta Pablo, "el caso maricarmen es el de una mujer mayor, blanca y española, pero no nos imaginamos la cantidad de personas racializadas en esta situación, por ejemplo".

La movilización, creen, ha despertado a muchos "anestesiados". Ahora quieren que la protesta atraviese "la pirámide" y alcance a quienes todavía sienten que el problema queda lejos de llamar a sus puertas para escapar de esa "sensación de supervivencia".

Maite, profesora jubilada, en la acampada de Sol tras finalizar la manifestación por la Educación públicaJavier Barbancho

La pirámide con la que estos veinteañeros hablan de la sociedad española, no termina en la vivienda. Tiene tantas caras como fracturas. Ayer, en Sol, se cruzaron quienes habían llegado para protestar por el precio de un alquiler con quienes marchaban por la prevención del suicidio y con los que reclamaban unas condiciones dignas para la educación pública. Durante unas horas, la plaza fue un lugar de confluencias de problemas distintos que, al acercarse, parecían tener un mismo origen. Entre las 20.000 personas que acudieron a la movilización por la educación estaba Maite, una profesora jubilada. Había salido a la calle por los docentes que todavía ejercen, pero al encontrarse con las tiendas de campaña decidió acercarse, escuchar y apoyarles. "Mis libertades ya las conquisté hace mucho", afirma, "ahora tengo que hacerlo por los de los demás".

Su caso ejemplifica una de los objetivos que sobrevuela en esta acampada y que no es más que este problema se vuelva una preocupación compartida por su efecto dominó. "Siempre se dice que las causas sociales son de la izquierda", dice Maite. "pero ¿qué le vamos a hacer, si la derecha reniega de ellas?"

Fuente original: Leer en El Mundo - España
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